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Raúl Amado

Historiador · Teólogo · Director del Museo Parlamentario

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La majestad de Dios y los límites de la mente humana: Teología y Creación

Posted on 30 septiembre, 202518 septiembre, 2025 by Raúl Amado

La naturaleza divina, en su esplendor eterno, no puede ser conocida a la perfección por el hombre. Tal es nuestra condición: criaturas caídas, herederas de una inteligencia fragmentada por el ἁμαρτία de nuestros primeros padres. Con la sola luz de nuestra razón no llegamos al conocimiento pleno de Dios; apenas —y esto por gracia— logramos vislumbrar los resplandores de su gloria. Sabemos, por revelación, que Él es omnipotente —παντοκράτωρ— pero no comprendemos lo que eso significa en su totalidad. Sabemos que es sabio, infinitamente sabio —σοφώτατος— pero su saber no puede compararse al nuestro, limitado, fluctuante, sujeto al tiempo y al accidente. Dios, en cambio, no está ni en el tiempo ni en el espacio. Él es. Qui est.

El Λόγος, segunda Persona de la Trinidad, es acción purísima. Por Él —como nos dice San Juan— “todo fue hecho, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” (Jn 1:3). Él no sólo ejecuta la voluntad del Padre, sino que la manifiesta en el tiempo sin estar limitado por él. Preguntamos con torpeza humana: ¿Qué había antes de Dios? Pero esta pregunta yerra en su formulación, porque presupone el tiempo. Dios no tiene un “antes”. Él es anterior a todo antes, porque es anterior al ser creado. Fuera de Dios no hay “algo”: hay nada. Pero, ¿qué es la nada? Aquí tropezamos.

Nos creemos capaces de concebirla, pero estamos en error. La μηδέν, la nada absoluta, no es el vacío que podemos imaginar ni una suerte de oscuridad preexistente. Es aquello que no es. Nuestro universo, con toda su materia y energía, su espacio y sus fuerzas, es contingente. Tiene límites. Y sin embargo, repugna a nuestra mente aceptar que más allá del límite no hay nada. La imaginación se rebela. Como un viajero que camina hacia el borde de un círculo, intentamos mirar más allá, pero sólo podemos volver sobre nuestros pasos. El tiempo y el espacio no sólo condicionan nuestro cuerpo: moldean también nuestro pensamiento. Dios no está constreñido por esos límites.

Los filósofos de la antigüedad —honrados sean en su búsqueda— no llegaron al misterio de la creatio ex nihilo. Platón, en su Timeo, habla del Demiurgo que modela el cosmos a partir de una materia preexistente, en conformidad con las Ideas eternas. Pero aquí no hay creación verdadera: hay ordenación, organización. Esa materia caótica coexiste con el Demiurgo como si fuese su igual. No así en las Escrituras.

La Sacra Pagina, cuyo autor es el mismo Dios vivo, nos enseña otra cosa. El Dios altísimo —ὁ ὢν— por un acto libre, voluntario, amoroso, dijo: “Fiat.” Y fue. El universo no brota de una necesidad divina ni de una lucha de principios, sino del querer soberano de un Dios que no tiene necesidad de nada. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y era bueno en gran manera.” (Gn 1:31).

He aquí el asombro. Dios es distinto de su creación; no se confunde con ella. La trasciende. La determina. El tiempo mismo es criatura suya. Nada le afecta. Nada le limita. Todo lo que ha sido hecho por Él es bueno, y el hombre mismo fue creado en estado de bienaventuranza, colocado en el jardín del Edén, sin dolor, sin pena, sin muerte.

Mas vino la transgresión. El hombre, queriendo ser como Dios, se alejó de Dios. Quiso alcanzar por sí mismo lo que sólo puede recibirse como don. Y, sin embargo, el Señor no lo ignoró. Porque aunque está fuera del tiempo, nada escapa a su Providencia. Como nos enseña el Doctor Angélico, Dios permite el mal sólo porque sabe sacar de él un bien mayor. No por indiferencia, sino por economía salvífica.

Nosotros, débiles y limitados, con el alma sometida a la temporalidad, con la memoria herida por el pecado, ¿podemos entonces comprender la majestad de la Creación? No. Pero en ese no hay una gracia secreta. El reconocer que no comprendemos es ya un acto de humildad, un abrirse a la Sabiduría eterna. Un acto de fe tan grande como aquel que brota, de rodillas, en la Elevación del Cuerpo del Señor: “Señor mío y Dios mío.”

Ahí, entre lo infinitamente grande de su Majestad y lo infinitamente pequeño de nuestra fe, se manifiesta el Misterio. Y el Misterio, cuando se adora, se deja tocar.

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