A Román, quien me enseñó el valor de la litúrgia.
Hay una pregunta que la filosofía no termina de cerrar, y quizás sea mejor que así sea. ¿Por qué existe algo en lugar de nada? No es una pregunta técnica. Es, antes bien, un vértigo. El que la formula correctamente no busca información: busca suelo bajo los pies, o descubre que no lo hay.
Heidegger la formuló con una precisión que todavía incomoda. La pregunta por el ser (die Frage nach dem Sein) no es una pregunta entre otras. Es la pregunta que hace posibles todas las demás. Cuando me pregunto por qué existe esto, ya he supuesto que el ser no es evidente, que la existencia necesita razón, que lo que hay podría no haber sido. En ese instante, el pensamiento toca algo que lo excede.
Esto es lo que los medievales llamaban la contingentia. Todo lo que existe podría no existir. Su existencia no se explica por sí misma. Santo Tomás vio en esto una puerta: si algo existe sin tener en sí mismo la razón de su existencia, entonces la recibe de otro. Y si se sigue la cadena, o se cae en un regreso infinito que no explica nada, o se llega a un ser cuya esencia es existir. Un ser que no recibe el ser, sino que lo es. (Cf. Sto Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.2, a.3; De Ente et Essentia, 4.)
Pero lo interesante está en la experiencia que lo precede.
Antes de cualquier demostración, hay una intuición que aparece en los momentos menos esperados: la extrañeza ante el hecho bruto de que algo es. No la admiración ante la belleza del mundo, que es otra cosa, sino el asombro más primitivo, casi turbador, de que el mundo esté ahí. Gabriel Marcel en Le Mystère de l’Être lo llamó la experiencia del ser como misterio, distinguiéndola del problema: el problema se resuelve con información, el misterio se habita. No se domina, se participa de él.
Esa participación es, quizás, lo más cercano que podemos estar de la trascendencia sin salir del lenguaje filosófico. Porque la trascendencia no es simplemente lo que está más allá, en un sentido espacial que ya nada significa. Es lo que, estando en el corazón de las cosas, las excede desde dentro. El ser no es un objeto entre otros. Es lo que hace que haya objetos. Y en eso se parece a lo que la tradición teológica llama Dios: no un ente supremo en la cima de una jerarquía, sino el acto puro de ser del que toda existencia participa.
Existir, entonces, no es simplemente estar ahí. Es participar de algo que nos constituye y nos trasciende simultáneamente. El ser humano es el único ente que puede preguntarse por su propio ser. Pero quizás esa capacidad misma sea ya una señal: que somos seres hechos de una pregunta que sólo puede responderse desde afuera de nosotros mismos.
Hasta aquí la filosofía puede llegar. Y es mucho. Pero hay un punto en que el pensamiento, si es honesto, reconoce que no basta con pensar la trascendencia: hay que entrar en ella. Y es aquí donde la liturgia aparece.
La liturgia es, en su raíz más profunda, el lugar donde el ser contingente se encuentra con el ser necesario. Aparece como acto, como gesto, como presencia.
La Misa romana, en su forma clásica, lo expresa con una economía que impresiona. El Introibo ad altare Dei con que comienza es una declaración ontológica. El sacerdote no sube al altar como quien sube a un escenario; sube como quien atraviesa un umbral entre dos órdenes de realidad. El latín (lengua que ya no pertenece a ningún pueblo concreto, lengua sustraída al tiempo ordinario) opera como signo de trascendencia formal: lo que se dice no es de hoy ni de ayer, pertenece a una dimensión que excede la cronología. El Canon romano, con su silencio, su inmovilidad, su centralidad absoluta en las palabras de la Institución, construye una arquitectura donde el tiempo se detiene. No metafóricamente: la teología lo afirma en sentido propio. El sacrificio de la cruz se hace presente. Lo que fue, es. La contingencia del mundo toca la eternidad de Dios en ese punto preciso.
La liturgia bizantina despliega lo mismo con otros medios, igualmente precisos. El Trisagion Ἅγιος ὁ Θεός, Ἅγιος Ἰσχυρός, Ἅγιος Ἀθάνατος está muy lejos de ser un himno de alabanza sentimental moderno. Es una proclamación de los atributos del ser divino: Santo, Fuerte, Inmortal. Tres predicados que corresponden a tres negaciones de la contingencia: Dios no es profano, no es débil, no muere. Frente a eso, el hombre que canta el Trisagion se reconoce a sí mismo como lo opuesto: vulnerable, finito, mortal. Y sin embargo, ahí está, cantando. La liturgia bizantina trabaja con la apófasis en tanto experiencia litúrgica vivida. Lo que Dios es, el lenguaje no puede encerrarlo. Por eso la liturgia acumula imágenes, cánticos, incienso, iconos: no para definir, sino para rodear el misterio desde todos los ángulos posibles, sabiendo que el centro no se nombra, se habita.
Hay además en la liturgia bizantina una conciencia cósmica que complementa admirablemente la reflexión filosófica sobre la existencia. La Anáfora de san Juan Crisóstomo comienza dirigiéndose a Dios como aquel que hizo existir al mundo de la nada: ὁ ἐκ τοῦ μὴ ὄντος εἰς τὸ εἶναι ἡμᾶς παραγαγών, el que nos llevó del no-ser al ser. La pregunta heideggeriana tiene aquí su respuesta litúrgica: algo existe en lugar de nada porque hay un acto de amor que lo trajo a la existencia. Y ese acto no pertenece al pasado; se renueva en cada liturgia.
Tanto la Misa romana como la Divina Liturgia bizantina son, en este sentido, filosofía actuada. No filosofía ilustrada ni filosofía comentada, sino filosofía vivida en el cuerpo. El que se arrodilla en el momento de la Consagración, o el que se postra ante las puertas del Rey en la liturgia oriental, no está haciendo un gesto de sumisión psicológica: está reconociendo, con todo su ser, que existe porque otro lo sostiene en el ser. Que el fundamento de su existencia no es él mismo.
El umbral del que hablábamos al principio tiene, al final, una forma concreta. Tiene altar. Tiene incienso. Tiene palabras que se repiten desde hace siglos porque la verdad que expresan no envejece.
La filosofía pregunta. La liturgia responde. Pero no con una frase: con un acto.
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