Cultura teológica y Radical Orthodoxy

El concepto de “cultura teológica”, desde la perspectiva de la escuela llamada “Radical Ortodoxy“, se vuelve central. En efecto, esta escuela de pensamiento busca ir más allá de comprometerse con varias disciplinas, incluidas la filosofía, la política, la literatura y la cultura, desde una perspectiva teológica; por el contrario, la Radical Ortodoxy propone el regreso de la Teología como disciplina rectora.

En esencia, la Teología no debe limitarse a discusiones confinadas dentro de la Iglesia institucional, sino que debe impregnar y dar forma a discursos culturales más amplios. Esta idea desafía la secularización de la cultura moderna y aboga por el “reencantamiento del mundo” a través de un retorno a una comprensión teológica profundamente arraigada.

Es entonces que damos paso a la cultura teológica. Dentro del marco de la Radical Ortodoxy esta implica la integración de ideas, principios y prácticas teológicas en todos los aspectos de la existencia humana. Busca recuperar las dimensiones trascendentes y espirituales de la vida, reconociendo que todas las facetas de la cultura, ya sea arte, política, ciencia o educación, pueden ser enriquecidas y elevadas por la reflexión teológica.

Autores como Graham Ward o Catherine Pickstock señalan rechazan la noción de compartimentar las creencias religiosas en una esfera privada, sino que insiste en la importancia de reconocer la interconexión entre teología y cultura. La teología es vista como el fundamento que da significado y propósito a las actividades humanas y actividades intelectuales. Al infundir a la cultura valores teológicos, la Radical Ortodoxy tiene como objetivo desafiar los supuestos seculares que prevalecen en las sociedades modernas y presentar una visión alternativa para enfrentar los desafíos contemporáneos.

Además, esta corriente critica la marginación de la teología del discurso intelectual y piden una reafirmación del papel de la fe en la formación de valores culturales. La cultura teológica no es una forma de imperialismo intelectual o un retorno a una sociedad teocrática, sino más bien un alegato a favor de una cosmovisión más inclusiva e integrada, que reconozca las importantes contribuciones de las tradiciones religiosas en la formación de la historia y la cultura humanas.

La nostalgia y la esperanza cristiana

Las cosas no son como solían ser”.

¿Por qué el mundo se está volviendo tan malo? El crimen está en aumento”.

“Me alegro de no tener que criar a mis hijos en estos días“. 

Pero así es como creo que Qohéleth respondería a las personas que dicen cosas como esta: si crees que estás viviendo en un mundo donde las cosas empeoran todo el tiempo, entonces anímate, al menos estarás muerto antes Las cosas se ponen realmente mal. Después de a muerte de mi padre empecé a pensar de esta manera, no lo voy a negar.

Quizás el pasado fue mejor que el presente (frase inmortalizada por Jorge Manrique). Pero cuando uno no se empieza a preguntar, “¿Por qué fue mejor el pasado?” Estás negando la realidad de la presencia de Dios en el presente. Si crees que las cosas están peor, ¿crees que Dios ya no tiene el control? Entonces ¿Quién lo tenía antes? ¿Crees que Dios no te ha llevado al punto donde estás ahora y que ya no te ama o tiene planes o propósitos para ti? Vayamos a Esclesiastés 7: 10, donde leemos:

Nunca digas: ¿Por qué los tiempos pasados fueron mejores? porque nunca preguntarás esto sabiamente.

¿Alguna duda? Veamos el texto en su lengua original y según la traducción griega:

אל־תאמר מה היה שׁהימים הראשׁנים היו טובים מאלה כי לא מחכמה שׁאלת על־זה׃

μὴ εἴπῃς Τί ἐγένετο ὅτι αἱ ἡμέραι αἱ πρότεραι ἦσαν ἀγαθαὶ ὑπὲρ ταύτας; ὅτι οὐκ ἐν σοφίᾳ ἐπηρώτησας περὶ τούτου.

Creo que no queda duda. A menudo cuando decimos esto somos ciegos ante las cosas buenas del presente. Olvidamos lo que está escrito:

Ahora bien: sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados. Porque a los que de antemano conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también llamó; y a los que llamó, a ésos los justificó; y a los que justificó, a ésos también los glorificó. (Rom 8: 28-30)

No lo olvidemos: la Biblia es infalible. Quienes disminuyen la inspiración en alguno de los pasajes es porque no creen en la Biblia, son modernistas. Hay varias “palabras claves” en este pasaje, palabras muy interesantes para analizar en un escrito fututo, pero no nos desviemos.

La Nostalgia nos engaña
La nostalgia es a menudo una forma de escapismo, es como si tomáramos vacaciones refugiándonos en el pasado en lugar de lidiar con el presente o mirar con fe hacia el futuro.

La nostalgia nos afecta a todos, no solo a las personas mayores que miran con nostalgia a su juventud. Quizás nos ponemos nostálgicos por los edificios o lugares; nos traen nostalgias las fotos en las que vemos personas que amamos sonriendo, sentimos ese dolor que tiene un nombre tan difícil de pronunciar cuando vemos esa silla vacía…

¿Alguna vez te has detenido a pensar en la sensación de nostalgia y en qué es realmente?

CS Lewis dijo que la nostalgia es la emoción especial del anhelo, y siempre es agridulce. Cuando sentimos nostalgia, experimentamos un sentimiento de algo perdido. Al mismo tiempo, es una hermosa percepción de lo que se ha perdido, por lo que lo anhelamos. La nostalgia a menudo es fugaz, y sin embargo, si hay algún dolor, también hay una especie de anhelo satisfactorio como parte de ello. Ahora, esto es lo que dice Lewis: solo los niños o los inmaduros emocionalmente piensan que lo que anhelan es en realidad lo que anhelan.

El niño piensa que su recuerdo de esa hermosa ladera le da una sensación encantadora, por lo que si pudiera regresar a esa ladera, tendría la sensación encantadora de nuevo y mientras permaneciera allí. No, dice Lewis, eso es simplemente imprudente. Cuando maduras, te das cuenta de que la nostalgia te engaña. Intensifica tus emociones. Cuando creces, te das cuenta de que si pudieras volver a la ladera, podría ser agradable, podría ser encantador, pero también sería normal en algunos aspectos, y simplemente volver a él no reproduciría esa intensidad de sentimiento. ¿No tendrá el tradicionalismo bastante de nostalgia? O peor aún, como dice un cantante popular, de la peor de todas “añorar lo que nunca jamás ocurrió”? ¿Cuantas prácticas tradicionalistas y ritualistas jamás existieron, y provienen en realidad de una forma particular de catolicismo francés, exportado por Monseñor Lefebvre y sus discípulos? Creo que vale la pena pensarlo.

Hace unos años leí el hermoso texto de Lewis The Weight of Glory, and Other Addresses, el cual pueden descargar aquí.

The books or the music in which we thought the beauty was located will betray us if we trust to them; for it was not in them, it only came through them, and what came through them was longing. These things—the beauty, the memory of our own past—are good images of what we really desire; but if they are mistaken for the thing itself, they turn into dumb idols, breaking the hearts of their worshipers. For they are not the thing itself; they are only the scent of a flower we have not found, the echo of a tune we have not heard, news from a far country we have not yet visited.

Cuando experimentas nostalgia, tu corazón anhela una persona más bella de lo que jamás hayas conocido o un lugar más hermoso de lo que jamás hayas conocido. Crees que anhelas el pasado, pero el pasado nunca fue tan bueno como tu mente te dice que fue. Y, dice Lewis, Dios te está dando en ese momento una de las visiones más profundas de la intensidad de la perfección y la belleza que aún no has visto. De hecho, lo que está tirando de las cuerdas de su corazón es el futuro: es el cielo, es su sentido de pertenencia y hogar que acaba de romper la superficie de su vida, por un momento, y luego se ha ido.

La eternidad en nuestros corazones
Esta perspectiva encaja perfectamente con el mensaje de Eclesiastés.  Ahí vemos que Dios ha puesto la aeternitas en nuestros corazones.

Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. (Ecl 3: 11)

Estamos construidos para el hogar, para un lugar que aún no podemos ver; aquel de que habló Jesucristo. De todas las traducciones, me gusta mucho como traduce las palabras la Edición Textual:

No se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si no, os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.  Y cuando me vaya y os prepare lugar, vengo otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde Yo estoy, vosotros también estéis. (Jn 14: 1-3)

Las personas sabias entienden que Dios nos hizo anhelarlo a él y al cielo. Lo dice San Agustín “Inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te” (Conf 1, 1). No miran hacia atrás cuando se vuelven nostálgicos. No son como la esposa de Lot, que salió de Sodoma, Sodoma no salió de ella. Hay que guardar los mandamientos de Dios y tener la fe de Jesús. No pocos confunden la pureza del rito con la pureza del corazón. Pero la verdadera Tradición no se conserva en el formalismo, sino en la obediencia amorosa que mira hacia la Ciudad Celestial.
Nosotros, miremos al cielo. Miremos al hogar, a la verdadera Patria (Filp 3: 20)

¿Estamos en una sociedad post-cristiana o pre-cristiana?

Muchas veces me he preguntado si vivimos en una “sociedad post-cristaniana”. Quienes lo afirman sostienen que la sociedad moderna se caracteriza por una disminución importante de la influencia del cristianismo en la vida política, económica, social y cultural; las normas, los valores y las prácticas que se asocian al cristianismo pierden sus preeminencia y pasan a ser irrelevantes, a la vez que ceden terreno a otras filosofías y corrientes culturales, muchas veces, anticristianas.1

Una sociedad post-cristiana no es, necesariamente, una sociedad atea. Al contrario, la inmensa cantidad de grupos y afiliaciones de carácter espiritual, de pensamiento positivo nos demuestran que en realidad vivimos en una de las épocas más religiosas de la historia. La gente busca una “religión”, es decir, una forma de volver a unir lo humano con lo divino bajo la consciencia de que hay una “interferencia”. Llámela como quiera, pero existe un “ruído” una “separación”, una “cuarenta”, para emplear el lenguaje de algunos textos religiosos modernos.2

Esto lleva a los hombres modernos a buscar nuevas prácticas espirituales enfatizando, sobre todo, una espiritualidad de carácter personal e individual, como nunca antes vimos. Mientras que tradicionalmente, la religión era algo social, hoy es algo puramente individual, pero también del desarrollo personal:3 la meditación, el yoga, la visualización, la oración contemplativa, el crecimiento personal, e incluso el “minimalismo” tienden a una espiritualidad holística que pone el acento en el bienestar integral (cuerpo, mente, espíritu) del individuo.4

A veces pienso que no estamos realmente en una sociedad postcristiana, sino en una sociedad pre-cristiana, dónde los valores éticos y morales han regresado a una etapa inmediatamente anterior a la irrupción del cristianismo, eun un imperio corrupto, hedonista, entropocéntrico y moralmente decadente, en una sociedad que se entretenía viendo como dos hombres se mataban, que sabía de la existencia de la esclavitud (laboral, sexual, la que usted imagine) y se aprovechaba de eso. De una sociedad donde los rostros, por más bellos que parecieran reflejaban el estado de las almas: bellezas muertas, ojos inexpresivos.

Creo que esta es la descripción del mundo que vivimos hoy.


NOTAS

1Recomiendo al respecto la lectura de Jones, Michael, Libido dominandi. Liberación sexual y control político, Fidelidad, Bella Vista, 2023; ver también el interesante trabajo de Charles Taylor, A Secular Age, Harvard, Belknap Press, 2007.

2El término “separación” aparece en el contexto de Un curso de milagros (y derivados como Un curso de amor), mientras que el de “cuarentena” en El libro de Urantia.

3Me he preguntado muchas veces si esto no es consecuencia del principio protestante de la “salvación personal”.

4Wilber, Ken, El cuarto giro, Barcelona, Kairós, 2016.

Los vagabundos del Dharma y el silencio que ruge

Hay libros que uno posterga no por desinterés, sino por respeto. The Dharma Bums fue, para mí, uno de esos. Compré una hermosa edición de Anagrama hace más de dos años y la dejé reposar en la biblioteca, esperando quizá no el tiempo oportuno, sino la disposición del alma. Sospechaba que su lectura me interpelaría con una intensidad que no estaba aún en condiciones de recibir. Volver a Kerouac era, en cierto modo, volver a una parte de mí que había quedado en suspenso, disimulada bajo los hábitos del presente.

La primera vez que leí On the Road estaba en la universidad. Me deslumbró. A esa edad, no buscaba todavía una doctrina sino una forma de respirar. Y la encontré en la voz beat, en ese ritmo errante que hacía del deseo una forma legítima de conocimiento. Por entonces me fascinaban Ginsberg, Ferlinghetti, Snyder. Recitábamos versos en voz alta, como quien invoca. Soñaba con subirme a un camión y recorrer mi país de punta a punta.

Volver ahora a The Dharma Bums ha sido, en cambio, una lectura madura, melancólica. Hay algo en ese texto que ya no busca epifanías a la velocidad del motor, sino algo más simple, más íntimo: la amistad, la montaña, la taza de té. Ray Smith, el protagonista, vive escindido entre la vida urbana, festiva y desbordada, y una necesidad de retiro que no es fuga, sino búsqueda. Ese desgarramiento —ese doble llamado de la comunión y la soledad— me resulta hoy profundamente reconocible. Kerouac, sin renunciar al hambre de absoluto, parece haber comprendido que ni la ciudad ni el monte salvarán al hombre, pero ambas pueden consolarlo.

No soy budista. Pero hay momentos en que la voz del silencio —esa que él describe como un “rugido misterioso”, un Shhhh primordial— me resulta tan familiar como una oración que uno ha olvidado decir, pero que aún resuena. En un pasaje que subrayé con emoción, escribe:

“El silencio es tan intenso que puedes oír tu propia sangre rugir en tus oídos, pero mucho más fuerte que eso es el rugido misterioso que siempre identifico con el diamante de la sabiduría, el rugido misterioso del silencio mismo, que es un gran Shhhh que te recuerda algo que pareces haber olvidado en el estrés de tus días desde que naciste.” (p. 119)

Durante la lectura, me senté en un banco, en el amplio jardín de la casa que fuera de mis padres, y ahora e smía. Respiré el aire de junio. Nada más. Kerouac me recordó que la vida no exige hazañas, sino atención. Que desear lo efímero —el fuego, el amor, una buena novela que termina— no es una falla, sino un signo de que todavía amamos.

El final del libro deja una pregunta que todavía me acompaña:

¿Somos todos ángeles caídos que no quisieron creer que nada es nada y por eso nacimos para perder a nuestros seres queridos y amigos queridos uno a uno, y finalmente nuestra propia vida, para verlo demostrado? ¿Adónde nos llevaría todo esto sino a una dulce eternidad dorada, para demostrar que todos nos hemos equivocado, para demostrar que demostrarlo en sí mismo era inútil? (p. 183)

Quizás esa dulce eternidad dorada sea, al fin, el verdadero hogar que buscamos en cada viaje.

Del catecismo a los reels: anatomía de una fe sin raíces

Desde la distancia —y desde cierta nostalgia— observo con preocupación la deriva doctrinal de muchos sectores del catolicismo romano, en especial entre quienes se dicen “tradicionalistas” o “conservadores”. Lo hago no como un adversario, sino como un separated brother que aún bebe de las mismas fuentes: la Escritura, los Padres, la Liturgia indivisa.

Y sin embargo, no puedo dejar de ver —con tristeza y cierta exasperación— los perfiles deformados de una fe que alguna vez fue católica en el pleno sentido del término: universal, enraizada, sapiencial. La misma que describía John Henry Newman.

El primero es el canonista doméstico, obsesionado con el Código Pío-Benedictino. En su mundo, toda verdad parece resolverse con un canon. No necesita evangelios ni concilios; basta con citar el parágrafo correcto. Es una Sola Codicis que reemplaza a la Sola Scriptura, un fariseísmo jurídico con ribetes piadosos.

El segundo perfil es el más entrañable y, tal vez, el más vulnerable: el católico de catecismo. Vive aferrado al pequeño volumen de San Pío X, como si allí residiera toda la plenitud de la fe. No lee la Escritura. No conoce a los Padres. No contempla la Liturgia. Repite con fidelidad, pero sin inteligencia. No por mala voluntad, sino porque nadie le enseñó que la Tradición es un río, no una fórmula. Es, paradójicamente, la víctima ideal del modernismo y del emocionalismo protestante. Si se le pide que fundamente un sacramento desde la Escritura, se turba. Si alguien cita a San Agustín o a Orígenes, sospecha de herejía. Su fe es sincera, pero frágil. Pende de un resumen.

Luego está el intelectual mediocre, ese clérigo o laico “formado” que ha leído a los comentaristas de Santo Tomás, pero no a Tomás; a los glosadores de Agustín, pero no La Ciudad de Dios. Cita a Garrigou‑Lagrange como quien invoca un tótem. Habita en una cronología segura: siglo XIX y nada más. Ni demasiado atrás (la patrística da vértigo), ni demasiado adelante (ahí empieza el Concilio). Es prudente hasta la asfixia. Esta figura es común en capillas tradicionalistas: son hombres respetables, piadosos, pero doctrinalmente tímidos. Han aprendido que pensar es peligroso. Por eso enseñan sin riesgo y forman sin profundidad. Y cuando un fiel curioso se atreve a leer a San Ireneo, lo miran con suspicacia.

Finalmente, emerge la nueva figura: el católico de redes sociales. Ya no necesita catecismo, ni código, ni tomismo. Le basta una cuenta en Instagram o Facebook, con placas piadosas y frases descontextualizadas de Papas, santos y gurúes clericales. Confunde visibilidad con verdad, estética con ortodoxia, autoridad con viralidad. Si un sacerdote sonríe en TikTok diciendo una herejía en tono suave, lo considera un maestro. Si otro hace una crítica patrística, lo acusa de divisivo. Este no reza, reacciona. No estudia, comparte. No piensa, repite. Su liturgia es vertical y su teología, algorítmica. Y sin embargo, se cree más ortodoxo que los santos Padres, más fiel que la Iglesia indivisa.

Doctrina Antiquae Romae semper mihi admiranda est. Pero lo que observo hoy es una forma de catolicismo sin raíces: sin Biblia, sin Padres, sin pensamiento. Un catolicismo reducido al mandato, al eslogan, al perfil digital.

Un recordatorio: la fe verdadera exige razón, memoria y belleza. La Tradición no se recita, se vive y la autoridad sin profundidad es tiranía espiritual. Volvamos a las fuentes, que lejos de ser un peligro, son la única posibilidad de renovación.