Algunos actos litúrgicos poseen una antigüedad que parece haber quedado depositada en ellos como el perfume en una madera vieja. No necesitan explicación inmediata porque el cuerpo comprende antes que la inteligencia: una puerta que se atraviesa, una lámpara encendida en medio de la noche, unas manos que se imponen, el pan que se parte, un hombre que desciende al agua y vuelve a levantarse de ella. Cuando esos gestos sobreviven durante siglos, la Iglesia conserva a través de ellos una gramática, una determinada manera de comprender el misterio cristiano.
Quizá por eso me impresionó tanto contemplar recientemente la fotografía de un bautismo anglicano por inmersión. Había allí un sacerdote revestido solemnemente y un hombre adulto que descendía por completo al agua para recibir el sacramento mediante el cual sería incorporado a Cristo y a su Iglesia. La escena podía haber pertenecido a una parroquia ortodoxa griega, a una iglesia rusa, a una comunidad copta o siríaca y, sin embargo, era anglicana. Aquella imagen despertaba una pregunta que supera la curiosidad litúrgica: ¿qué hemos perdido los cristianos occidentales cuando el Bautismo dejó de experimentarse normalmente como un verdadero descenso a las aguas?
La pregunta exige cierta prudencia histórica. No existe fundamento para afirmar que solamente la inmersión constituya un bautismo verdadero, ni tampoco para imaginar una Iglesia primitiva uniformemente sumergida hasta el último cabello en grandes piscinas bautismales. La propia Didaché, uno de los testimonios cristianos más antiguos que poseemos, prescribe preferentemente el bautismo en “agua viva”, pero admite expresamente que, cuando ésta no se encuentra disponible, el agua sea derramada tres veces sobre la cabeza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La infusión no constituye, por consiguiente, una corrupción medieval inventada tardíamente, sino una posibilidad que aparece ya en los estratos más antiguos de la disciplina cristiana… una posibilidad.
Sin embargo, reconocer esta pluralidad primitiva no debería impedirnos advertir otra evidencia igualmente poderosa: durante siglos, el descenso corporal al agua constituyó una de las expresiones normales de la iniciación cristiana, mientras que la triple inmersión adquirió una enorme densidad trinitaria y pascual. Era teología hecha gesto.
La palabra misma nos conduce hacia ese mundo. Βάπτισμα (báptisma, “bautismo”, con el sentido fundamental de lavado o inmersión) designaba para los Padres el comienzo de una existencia nueva. El Bautismo recibía también el nombre de φωτισμός (phōtismós, “iluminación”), porque el neófito era iluminado por Cristo, y podía comprenderse a partir de la expresión paulina λουτρὸν παλιγγενεσίας (loutròn palingenesías, “baño de regeneración”). San Pablo, al explicar el misterio a los romanos, emplea además un verbo de enorme fuerza: συνετάφημεν (synetáphēmen, “fuimos sepultados juntamente”) lo cual está lejos de ser una metáfora secundaria que posteriormente se añadió al rito, sino una de las grandes claves apostólicas para comprenderlo.

Los Padres de la Iglesia comprendieron perfectamente la potencia de esa imagen y la desplegaron con una libertad que nuestro empobrecimiento litúrgico occidental nos hizo olvidar. San Cirilo de Jerusalén, hablando a quienes acababan de recibir los misterios, recordaba que habían sido conducidos a la piscina bautismal como Cristo había sido llevado desde la Cruz al sepulcro y añadía: “descendisteis tres veces en el agua y volvisteis a subir”. Para Cirilo, aquel triple descenso figuraba sacramentalmente los tres días de la sepultura del Señor. El catecúmeno no contemplaba desde afuera el misterio pascual; entraba corporalmente en su figura para recibir sacramentalmente su realidad.
San Basilio el Grande desarrolla la misma intuición con una belleza extraordinaria. El agua, escribe, “recibe el cuerpo como en una tumba“, mientras el Espíritu comunica la vida. La triple inmersión y la triple invocación hacen visible el misterio de la muerte y permiten que el bautizado sea iluminado en el conocimiento de Dios. El agua aparece así como frontera entre dos existencias: recibe al hombre viejo y entrega, por la acción del Espíritu, al hombre renovado. San Juan Crisóstomo conserva todavía aquella predicación corporalmente inteligible. Cuando la cabeza entra bajo el agua, enseña, “el hombre viejo es sepultado como en una tumba” y, cuando vuelve a levantarse, surge el hombre nuevo; y explica inmediatamente que el gesto se realiza tres veces para manifestar la obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. San Gregorio de Nisa, por su parte, contempla el Bautismo como una anticipación sacramental de la gran Pascua futura y habla de “ensayar de antemano en el agua la gracia de la resurrección“.
Lo particularmente significativo es que esta sensibilidad no pertenece exclusivamente a los Padres griegos. San Ambrosio de Milán, testigo privilegiado de la tradición latina del siglo IV, recuerda a sus neófitos la inmersión trinitaria y resume su significado mediante una fórmula admirable: “moriste al mundo y resucitaste para Dios“. Tertuliano, escribiendo mucho antes conoce igualmente la práctica trina y dice que los cristianos son sumergidos tres veces en relación con las Personas divinas. Todavía santo Tomás de Aquino, muchos siglos después, discute expresamente la inmersión, la infusión y la aspersión, reconoce la validez de las distintas abluciones y explica que la triple inmersión representa tanto la Trinidad como los tres días de la sepultura de Cristo. Lo interesante es que para el Aquinate la cuestión no pertenecía a una antigüedad extinguida: podía escribir que en muchas regiones la inmersión continuaba siendo el modo ordinario de bautizar.
Todo esto permite comprender mejor lo que ocurrió en Oriente. Allí la inmersión continuó perteneciendo a la vida ordinaria de las Iglesias. El mundo bizantino mantuvo con particular tenacidad la triple inmersión. La Orthodox Church in America, heredera en buena medida de la tradición eslava, explica todavía hoy el Bautismo como participación en la Pascua de Cristo y describe la triple inmersión como muerte al mundo y nacimiento en la resurrección del Señor; las fuentes pastorales de la Iglesia ortodoxa griega enseñan lo mismo.
Sería, sin embargo, un error reducir esta continuidad a Bizancio, porque aquí aparece uno de los testimonios más impresionantes de la catolicidad antigua. Las Iglesias ortodoxas orientales, aquellas que la historiografía occidental llamó durante mucho tiempo “no calcedonianas” y cuya cristología suele describirse con mayor propiedad como miafisita, conservaron igualmente esta manera de bautizar. La Iglesia copta ortodoxa enseña expresamente que el Bautismo se realiza mediante tres inmersiones en el nombre de la Santísima Trinidad y relaciona cada descenso con la muerte y sepultura de Cristo y cada salida con su resurrección.
Lo mismo encontramos en la tradición siríaca. El antiguo cristianismo de Antioquía desarrolló una de las liturgias bautismales más ricas de toda la Iglesia, ligada a una tradición cuyo orden recibió aportes atribuidos a san Severo de Antioquía y fue transmitido posteriormente en siríaco por Jacob de Edesa. Las Iglesias malankaras de la India, pertenecientes a esta misma familia litúrgica siríaca occidental, conservan también la inmersión en sus rúbricas bautismales. La continuidad se prolonga todavía más lejos. La Iglesia armenia apostólica bautiza tradicionalmente mediante triple inmersión y une inmediatamente Bautismo, crismación y primera comunión, preservando así aquella unidad de la iniciación cristiana que Occidente terminó distribuyendo a lo largo de varios años. La Iglesia ortodoxa etíope Tewahedo define también el Bautismo como el nuevo nacimiento realizado mediante la triple inmersión en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Incluso cuando abandonamos las familias bizantina y ortodoxa oriental y llegamos a la antigua tradición siríaca oriental, encontramos nuevamente el mismo testimonio. La Iglesia Asiria de Oriente describe su liturgia bautismal como una triple inmersión en agua consagrada después de la unción, acompañada por la invocación trinitaria. Esto significa que griegos y eslavos, coptos y etíopes, armenios, siríacos occidentales, cristianos de la India y la antigua Iglesia de Oriente, separados entre sí por controversias cristológicas, concilios, lenguas, imperios y más de quince siglos de historias divergentes, conservan, con variantes propias, una memoria litúrgica concordante.
Esta convergencia merece ser contemplada con cautela porque vuelve muy difícil sostener que la inmersión pertenece simplemente a una curiosidad arqueológica. Cuando una práctica continúa respirando en iglesias que se separaron unas de otras desde la Antigüedad tardía estamos ante una tradición verdaderamente recibida y transmitida. Precisamente por ello resulta tan interesante el caso anglicano.
Quien contempla un bautismo anglicano por inmersión podría imaginar que se encuentra frente a una influencia bautista o evangelica contemporánea. Sin embargo, el Book of Common Prayer de 1662 conservó expresamente la posibilidad de sumergir al niño en el agua, dejando la infusión como alternativa cuando las circunstancias físicas desaconsejan hacerlo, y el rito para quienes han llegado a la edad de responder personalmente mantiene igualmente ambas posibilidades. No estamos, entonces, ante una práctica que el anglicanismo haya debido importar desde las iglesias de creyentes adultos, sino ante una posibilidad perteneciente a su propio patrimonio litúrgico occidental.
El artículo XXVII de los Treinta y Nueve Artículos afirma que el Bautismo es un signo de regeneración o nuevo nacimiento por el cual quienes lo reciben debidamente son incorporados a la Iglesia. Por eso una escena como la que motivó estas reflexiones puede poseer una fisonomía tan inequívocamente católica: un sacerdote revestido, el agua bautismal, la profesión de la fe trinitaria, el descenso, la emersión y el ingreso sacramental en la Iglesia que se proclama una, santa, católica y apostólica.
Entonces llegamos inevitablemente a Roma, y es aquí donde la cuestión se vuelve para mí más melancólica. Sería históricamente injusto decir que Roma rechazó la inmersión. Tampoco puede sostenerse que la Iglesia latina la considere actualmente sospechosa o impropia. El derecho canónico establece expresamente que el Bautismo puede conferirse por inmersión o por infusión. La paradoja es difícil de ignorar. Roma conserva doctrinal y jurídicamente la inmersión, reconoce su antigüedad y llega incluso a describirla como la expresión más plena del signo, pero en buena parte del catolicismo latino contemporáneo un fiel puede vivir toda su existencia sin verla jamás. La pérdida, entonces, no ha sido dogmática y ni siquiera propiamente ritual, pues los libros todavía permiten lo que las parroquias rara vez realizan. Ha sido una pérdida de memoria corporal.
A lo largo de la Edad Media occidental, la infusión fue extendiéndose hasta convertirse progresivamente en el modo habitual de administrar el Bautismo. La transición no ocurrió en una fecha única ni debe imaginarse como una revolución litúrgica deliberada. Las modalidades coexistieron durante siglos; incluso la arqueología bautismal occidental muestra formas diversas de inmersión parcial, descenso a piscinas y derramamiento de agua. Lo que finalmente ocurrió fue que la gran fuente capaz de recibir un cuerpo cedió casi enteramente su lugar a una pila pequeña sobre la cual podía inclinarse la cabeza de un niño. La doctrina permaneció; el signo se hizo físicamente menor.
Es precisamente aquí donde conviene recuperar una distinción que he utilizado otras veces en Sursum Corda: la que existe entre la fe católica y aquello que he llamado, deliberadamente la “fe barroca”. Me refiero, a una deformación de la conciencia tradicional por la cual aquello que un católico latino conoció entre los siglos XVII y XX termina identificándose retrospectivamente con “lo que la Iglesia hizo siempre”. En otros textos señalé precisamente ese peligro: convertir formas devocionales o costumbres occidentales relativamente tardías en la medida universal de la catolicidad, hasta olvidar que la Tradición es mucho más extensa y diversa que el pequeño mundo religioso heredado por nosotros.
La “fe barroca” tiene entonces una extraña relación con la Tradición: puede amar apasionadamente lo antiguo y, sin embargo, conocer muy poco de la Antigüedad cristiana. Puede defender la misa latina de un determinado período como si fuera la única forma concebible del culto católico, mientras ignora Antioquía, Alejandría, Armenia, Constantinopla o Edesa; puede imaginar que la pila bautismal pequeña pertenece a la esencia del catolicismo mientras contempla con cierta sospecha a un sacerdote que introduce completamente al neófito en el agua, aunque san Cirilo, san Basilio, san Juan Crisóstomo, san Ambrosio y santo Tomás comprendieran perfectamente el lenguaje de aquel gesto.
Esto permite formular una pregunta algo incómoda para ciertas formas del tradicionalismo occidental. Cuando un sacerdote latino decide celebrar un Bautismo por inmersión porque sus propios libros litúrgicos se lo permiten, ¿está introduciendo una novedad o está recuperando una tradición? Y cuando alguien rechaza esa práctica porque “parece protestante”, ¿quién de los dos está siendo realmente tradicional?
La pregunta se vuelve todavía más incisiva si contemplamos a las Iglesias de Oriente. Resultaría extraño decirles a un sacerdote copto, a un párroco ruso, a un monje etíope o a un cristiano armenio que sumergir tres veces a un niño en el agua constituye “arqueologismo”. Esas Iglesias nunca necesitaron excavar un baptisterio del siglo IV para descubrir la práctica, porque simplemente la recibieron de sus padres, quienes la habían recibido de los suyos. Allí no existe regreso alguno: existe continuidad. ¿Sería diferente si un latino decidiera recuperarla? Rstaurar una práctica que jamás dejó de pertenecer al patrimonio de la Iglesia, que permanece viva en enormes regiones del cristianismo apostólico, que fue conservada por el anglicanismo clásico y que la propia Iglesia romana continúa autorizando y calificando como especialmente expresiva no puede confundirse seriamente con un capricho arqueológico.
Quizá, por el contrario, haya aquí una oportunidad para que Occidente vuelva a aprender algo que Oriente nunca olvidó: que la liturgia cristiana tiene peso, temperatura, perfume y movimiento; que la materia sacramental no es un soporte accidental de una fórmula correcta, sino parte del lenguaje mediante el cual Dios quiso acercarse a la criatura corporal. El agua del Bautismo debe tocar verdaderamente al hombre porque la salvación cristiana no consiste en escapar de la carne, sino en que la carne participe del misterio de Cristo.
La antigua fuente bautismal hablaba de esto incluso antes de que comenzara la catequesis. El catecúmeno se desvestía, renunciaba al antiguo señorío, descendía al agua y desaparecía por un instante en aquello que los Padres podían contemplar simultáneamente como sepulcro y seno materno. El τάφος (táphos, “sepulcro”) y la ἀνάστασις (anástasis, “resurrección”) se encontraban en la misma agua. Morir y nacer quedaban separados apenas por un movimiento. Cuando el neófito emergía, era revestido de blanco porque había revestido a Cristo, ungido porque había recibido el Espíritu y conducido a la mesa porque la iniciación comenzada en el agua tendía naturalmente hacia la Eucaristía.
Hay en todo ello una belleza que no deberíamos abandonar con ligereza. Existe una riqueza mistagógica incomparable en contemplar cómo un hombre desaparece bajo el agua mientras sobre él es invocado el nombre de la Trinidad y vuelve después a respirar como quien retorna de una sepultura. Por eso me emociona contemplar aquella fotografía anglicana y, de manera semejante, los bautismos ortodoxos. En el agua que cubre al neófito hay algo que parece atravesar las divisiones de nuestra historia: Jerusalén y Constantinopla, Moscú y Alejandría, Antioquía y Armenia, Etiopía, la India cristiana, la antigua Iglesia de Oriente y, discretamente, también Canterbury conservan todavía aquella memoria. Roma que no la ha condenado ni olvidado en sus libros, cerró a sus hijos latinos los ojos para que así no pueden verla.
Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos por qué. No para fingir que los siglos intermedios no existieron, ni para convertir el siglo IV en una nueva edad de oro imaginaria, sino precisamente porque la verdadera Tradición no teme reconocer toda su propia historia. Si la Iglesia romana afirma todavía que la triple inmersión expresa de manera particularmente plena el misterio bautismal; si el derecho latino continúa permitiéndola; si los Padres la contemplaron como sepultura y nacimiento; si las grandes Iglesias apostólicas de Oriente la conservaron como una herencia viva y si incluso el Prayer Book anglicano se negó a olvidarla, resulta difícil comprender qué perderíamos recuperándola.

Sabemos, en cambio, lo que podríamos recuperar: el agua como sepulcro y matriz, el Bautismo como Pascua corporalmente celebrada, la Trinidad escrita litúrgicamente sobre el cuerpo y aquella intuición antiquísima según la cual el cristiano no se limita a recordar que Cristo murió y resucitó, sino que es introducido sacramentalmente en esa muerte para comenzar a vivir de aquella resurrección. Quizá regresar a las aguas no signifique retroceder. Quizá signifique recordar hasta dónde llegan realmente nuestras raíces.
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