Algunos actos litúrgicos poseen una antigüedad que parece haber quedado depositada en ellos como el perfume en una madera vieja. No necesitan explicación inmediata porque el cuerpo comprende antes que la inteligencia: una puerta que se atraviesa, una lámpara encendida en medio de la noche, unas manos que se imponen, el pan que se parte, un hombre que desciende al agua y vuelve a levantarse de ella. Cuando esos gestos sobreviven durante siglos, la Iglesia conserva a través de ellos una gramática, una determinada manera de comprender el misterio cristiano.
Quizá por eso me impresionó tanto contemplar recientemente la fotografía … Continuar con la lectura

