Hay palabras que se gastan no por el tiempo, sino por el abuso. “Arte” es hoy una de ellas. Se la pronuncia con una seguridad alarmante porque todo puede ser arte: el objeto dispuesto sin medida, el gesto elevado por el discurso, la provocación que se sostiene en su propia vaciedad. Y, sin embargo, cuanto más se amplía su alcance, más difícil resulta reconocer aquello que verdaderamente merece ese nombre.
En Martin Heidegger puede encontrarse una orientación que permite volver a plantear la cuestión en su raíz. El arte no es, para él, un objeto estético ni una expresión subjetiva, sino el lugar donde la verdad acontece. La obra no representa algo que ya está dado sino que lo hace surgi, en otras palabras, abre un mundo. Allí donde hay obra, hay un desocultamiento (ἀλήθεια), una irrupción de sentido que no puede reducirse a la intención del artista ni a la percepción del espectador. El arte es, en este sentido, un acontecimiento, no una cosa.
Esta afirmación tiene consecuencias que suelen evitarse. Si el arte es aquello en lo que la verdad se pone en obra, entonces no todo lo que una época denomina arte participa de ese carácter. Puede haber producción estética, invención formal, incluso sofisticación conceptual, sin que por ello tenga lugar ese desocultamiento. La obra auténtica no se define por su novedad ni por su aceptación institucional, sino por su capacidad de abrir un espacio en el que algo se muestre en su ser. Allí donde no hay tal apertura, donde todo se reduce a signo, a comentario o a efecto, el arte se ha retirado, aunque su nombre permanezca.
Es en este punto donde la relación entre arte y sacralidad deja de ser una cuestión secundaria. No porque toda obra deba tratar temas religiosos, sino porque la experiencia misma del desocultamiento implica una forma de trascendencia. La verdad que acontece en la obra no es una información, ni un concepto, ni un mensaje. Es una presencia que excede al sujeto y lo sitúa ante algo que no domina. Por eso, históricamente, el arte ha estado ligado a lo sagrado como una afinidad esencial. La catedral, el icono, el canto litúrgico no son simplemente expresiones de una fe previa; son los lugares donde esa fe se hace mundo, donde lo invisible adquiere una forma habitable.
Decir que el arte es en su esencia sacro no implica reducirlo a una función cultual, sino reconocer que su verdad está unida a esa dimensión de apertura hacia lo que supera lo meramente disponible. Cuando esa apertura se pierde, lo que queda puede ser interesante, incluso ingenioso, pero ya no tiene la gravedad de la obra. Se vuelve decorativo, discursivo o instrumental. La pérdida de lo sagrado no elimina la producción artística; la vuelve indiferente.
La modernidad aparece, en este sentido, como un momento de ruptura. El mundo común que sostenía la obra se fragmenta. El arte ya no puede apoyarse en una tradición viva que le otorgue su lugar. Se vuelve entonces hacia la subjetividad, hacia la experimentación, hacia la búsqueda de un fundamento que ya no está dado. Pero esta ruptura no es unívoca. En algunos casos, el arte moderno conserva, en medio de la disolución, una tensión auténtica. En Vincent van Gogh, la pintura es una forma de exposición radical a lo real. El color y la materia se vuelven el lugar de una experiencia que no puede ser reducida a estilo. En Wassily Kandinsky, la abstracción es el intento de alcanzar una dimensión espiritual que ya no encuentra formas heredadas.
En estos casos, el arte moderno no abandona la verdad, aunque ya no disponga de un mundo que la sostenga. Se vuelve, por ello, trágico. La obra no se inscribe en una totalidad compartida, sino que intenta abrirla desde la fractura. Hay en ella una búsqueda que no se satisface, una inquietud que impide su clausura.
Otra cosa ocurre con buena parte de lo que se denomina arte contemporáneo. Allí donde la ruptura se convierte en programa y la ausencia de fundamento en principio, la obra deja de buscar. Se instala en la reflexión sobre sí misma, en el comentario de sus condiciones, en la ironía que neutraliza toda pretensión de verdad. El objeto ya no abre un mundo, sino que remite a un discurso que lo legitima. La experiencia queda subordinada a la explicación. La obra necesita del texto que la acompaña, del marco institucional que la reconoce, del gesto que la señala como tal. En ese desplazamiento, el arte se disuelve en un sistema de referencias que ya no remiten a nada fuera de sí.
No se trata de oponer simplemente lo moderno a lo contemporáneo, ni de establecer una jerarquía cronológica. La diferencia es más sutil y más exigente. El arte moderno, incluso en su ruptura, conserva la pregunta por la verdad. El arte contemporáneo, en muchos casos, ha dejado de formularla porque la considera irrelevante.
Si el arte ha de ser pensado nuevamente debe serlo a partir de su esencia. Allí donde una obra, sea cual sea su forma, vuelve a abrir un espacio en el que algo se desoculta, allí el arte acontece. Y ese acontecimiento, en la medida en que expone al hombre a una presencia que no controla, tiene siempre un carácter que no puede llamarse de otro modo que sagrado.
No porque pertenezca a una religión determinada, ni porque remita a un contenido doctrinal, sino porque sitúa al hombre ante aquello que no puede reducir a objeto. En ese sentido, el arte no es un lujo ni un adorno de la cultura. Es una de las formas en que la verdad se hace habitable. Cuando esa forma se pierde, lo que queda puede seguir llamándose arte, pero ya no lo es.
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