La virginidad perpetua de María en la tradición anglicana

La virginidad perpetua de María (virginitas ante partum, in partu et post partum) pertenece a ese conjunto de afirmaciones que, más que refutadas en la modernidad, han sido progresivamente desplazadas. Se trata de una verdad que ha sido rodeada, relativizada y, finalmente, silenciada. En este sentido, el Rev. John Shelby Spong fue un verdadero maestro.

En el caso del anglicanismo, esta situación resulta particularmente significativa. Se ha difundido la idea de que la Reforma inglesa implicó necesariamente una ruptura con la mariología tradicional. Sin embargo, un examen atento de sus fuentes doctrinales, de sus principales teólogos y de su autocomprensión eclesial permite sostener una tesis más precisa: el anglicanismo ha mantenido, en su forma más profunda, la creencia ortodoxa en la virginidad perpetua de María, aun sin elevarla a la categoría de dogma obligatorio.

Este mantenimiento no responde a inercia ni a ambigüedad, sino a una estructura teológica propia, en la que la Escritura, la tradición y la razón operan en una relación dinámica, evitando tanto la absolutización como la negación.

I. Escritura y tradición: el principio de no contradicción

El marco doctrinal anglicano se articula en torno a los Thirty-Nine Articles, particularmente el Artículo VI, que afirma la suficiencia de la Escritura para la salvación. Este principio ha sido frecuentemente interpretado en clave restrictiva, como si implicara la exclusión de toda doctrina no formulada explícitamente en el texto bíblico.

Sin embargo, tal interpretación desconoce la hermenéutica anglicana clásica. En efecto, Richard Hooker, en sus Laws of Ecclesiastical Polity, establece un criterio decisivo:

“Lo que la Escritura no prohíbe, y la Iglesia universal ha recibido, puede ser conservado con seguridad.”
(Laws, V.8.2)

Este principio no introduce una excepción, sino una regla. La Escritura no agota el contenido formal de toda verdad recibida, sino que delimita el campo de lo necesario para la salvación. Dentro de ese campo ampliado, la tradición opera como memoria interpretativa. La virginidad perpetua de María se sitúa exactamente en este punto: no contradice la Escritura, ha sido recibida universalmente por la Iglesia antigua y ha sido sostenida por el consenso patrístico. Por tanto, su conservación no sólo es posible, sino teológicamente coherente.

II. Recepción patrística y continuidad reformada

El anglicanismo de los siglos XVI y XVII no se concibe como una fundación ex nihilo, sino como una reforma en continuidad, un catolicismo reformado. En este marco, la recepción de la patrística no es ornamental, sino estructural.

Lancelot Andrewes, figura central del anglicanismo clásico, afirma sin ambigüedad:

“Creemos con los Padres que María fue siempre Virgen.”
(Responsiones ad Bellarminum)

No se trata aquí de una opinión privada, sino de una explicitación del consenso recibido. De modo concordante, John Cosin sostiene:

“La Iglesia ha mantenido siempre que la bendita Virgen permaneció pura e intacta antes, durante y después del parto.”

Estas afirmaciones deben leerse en continuidad con la tradición de San Agustín y San Jerónimo, quienes habían defendido esta doctrina frente a interpretaciones literalistas. La Reforma inglesa, en este punto, no introduce una ruptura, sino una depuración de excesos, conservando intacto el núcleo doctrinal.

III. Exégesis y lenguaje: el problema de los adelphoi

El principal argumento contra la virginidad perpetua se apoya en la mención de los “hermanos de Jesús” (ἀδελφοί). La tradición anglicana clásica rechaza una lectura literalista de este término. Hooker advierte:

“No todo lo que se dice según el uso común del lenguaje debe ser interpretado con rigidez.”

El término adelphoi, en su contexto semítico, admite una amplitud semántica que incluye parientes cercanos. La Escritura, en este punto, no define una relación biológica precisa, sino una pertenencia familiar amplia.

Del mismo modo, la expresión de Mateo 1,25 (“no la conoció hasta que dio a luz…“) ha sido interpretada tradicionalmente sin implicación de cambio posterior. El “hasta” (ἕως) no introduce necesariamente una transformación subsiguiente, sino que delimita el hecho afirmado.

La exégesis patrística, asumida por el anglicanismo clásico, evita así una inferencia indebida a partir de una lectura gramatical simplificada.

IV. La dimensión cristológica: la nueva creación

Reducir la virginidad perpetua a una cuestión biológica implica desconocer su función teológica. En la tradición anglicana más profunda, esta doctrina es comprendida como una afirmación sobre la singularidad del nacimiento de Cristo. La virginidad in partu, en particular, ha sido interpretada como signo de que el Λόγος no entra en el mundo bajo las condiciones ordinarias de la generación. Lejos de negar la corporeidad, se trata de afirmar que la ἐνσάρκωσις inaugura un orden nuevo.

Aquí se inscribe una intuición central: Cristo no es el resultado de una continuidad natural, sino el principio de una nueva creación. La virginidad perpetua se convierte así en signo de esta discontinuidad ontológica. María no es sólo madre: es el lugar donde lo humano es atravesado sin ser alterado en su integridad.

V. El Movimiento de Oxford: recuperación de la memoria

En el siglo XIX, el Oxford Movement reactiva la conciencia patrística del anglicanismo. Edward Bouverie Pusey escribe:

“La reverencia hacia la Virgen bendita no es una adición tardía, sino parte de la fe recibida desde los primeros siglos.”

El movimiento lejos de introducir novedades, restituye una continuidad debilitada. La virginidad perpetua reaparece como parte del depósito tradicional, integrada en una teología sacramental más amplia.

La clave interpretativa reside en la forma en que el anglicanismo mantiene esta doctrina: ni como definición dogmática, ni como como opinión descartable, sino como verdad recibida no impuesta.

Esta forma puede parecer insuficiente desde una perspectiva confesional estricta, como lo son las propias del catolicismo romano. No obstante, responde a una eclesiología específica: la verdad no se reduce a su formulación jurídica, la tradición no necesita ser constantemente redefinida, la continuidad puede sostenerse sin coerción.

En este marco, la virginidad perpetua de María no es condición de salvación, pero es reconocida como enseñanza ortodoxa, y permanece disponible como forma legítima de fe.


VI. Conclusión: la persistencia de lo no abolido

La historia de esta doctrina en el anglicanismo no es la de una negación, sino la de una persistencia silenciosa. Ella no ha sido definida porque no es necesario, tampoco ha sido descartada. Antes bien, es conservada.

En un contexto teológico marcado por simplificaciones y rupturas, esta conservación adquiere un valor singular. La virginidad perpetua de María aparece así como la expresión coherente del misterio de la Encarnación. El anglicanismo, en su mejor versión, no la absolutiza ni la disuelve. La deja en su lugar.

Y en ese gesto, aparentemente débil, se revela una forma de fidelidad más profunda: la de una tradición que no se impone, pero tampoco se abandona.

María permanece. Siempre Virgen, como signo de una verdad que, aun sin ser exigida, resiste ser olvidada.


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