El futuro del anglicanismo ortodoxo: una comunión entre ruinas, liturgia y promesa

The Future of Orthodox Anglicanism, editado por Gerald R. McDermott y publicado por Crossway en 2020, es una recopilación de ensayos sobre el porvenir del anglicanismo conservador. Evidencia un síntoma: el testimonio de una comunión que se sabe fracturada, desplazada de su viejo eje imperial y obligada a preguntarse si su identidad depende todavía de Canterbury o de algo más profundo: la Escritura, los credos, la liturgia, los sacramentos y la catolicidad reformada.

El volumen fue publicado por Crossway, editorial evangélica sin fines de lucro con sede en Wheaton, Illinois, conocida por editar la English Standard Version y por producir literatura teológica “gospel-centered” y “Bible-centered”. Esa procedencia editorial no es secundaria: el libro respira un clima evangélico conservador, aunque intenta abrirse a una sensibilidad más amplia, sacramental, patrística y litúrgica. Crossway se define como ministerio cristiano editorial centrado en el Evangelio y en la Biblia; por eso, aun cuando el libro hable de sacramentos, tradición y catolicidad, su centro de gravedad no deja de ser la autoridad bíblica.

El editor, Gerald R. McDermott, fue profesor de Divinidad Anglicana en Beeson Divinity School y ha trabajado sobre historia doctrinal, religiones del mundo, anglicanismo y Jonathan Edwards. Su perfil es importante porque explica el tono del libro: no se trata de un anglocatolicismo romántico ni de una apología puramente estética del Book of Common Prayer, sino de una recuperación del anglicanismo como forma cristiana antigua, reformada, bíblica, litúrgica y misionera.

El libro reúne once ensayos y tres respuestas de obispos, teólogos, historiadores y líderes eclesiales. Entre los autores figuran Eliud Wabukala, Mouneer Hanna Anis, Ephraim Radner, Foley Beach, John W. Yates III, Barbara Gauthier, Gerald Bray, Andrew Pearson, Timothy George y R. R. Reno. El índice muestra una arquitectura deliberada: perspectivas regionales, perspectivas vocacionales y perspectivas eclesiásticas; es decir, el anglicanismo visto desde África, Medio Oriente, Canadá, Norteamérica, la parroquia, la historia, la teología, el episcopado y aun desde observadores bautistas y católicos.

La tesis central del volumen es clara: el futuro del anglicanismo ortodoxo no estará en el Norte liberal, sino en el Sur global; no será principalmente blanco, inglés ni culturalmente heredero del establishment británico; será bíblico, misionero, mayoritariamente no occidental y, al menos en la intención de sus autores, más fiel a la Gran Tradición que muchas de sus iglesias matrices. McDermott afirma que el anglicanismo es la tercera comunión cristiana más grande del mundo, con unos 85 millones de fieles, y que su nuevo centro de gravedad se encuentra en el Sur global, donde predomina una orientación más ortodoxa.

El punto de quiebre histórico que atraviesa todo el libro es 2018: por un lado, GAFCON en Jerusalén, donde sectores ortodoxos declararon que no necesitaban la aprobación de Canterbury para representar la continuidad viva del anglicanismo; por otro, la decisión de la Iglesia Episcopal norteamericana de imponer el acceso al matrimonio igualitario aun en diócesis con obispos ortodoxos. Para McDermott, ese episodio es la señal de que una parte del anglicanismo occidental ha abandonado la ortodoxia cristiana clásica.

Uno de los conceptos más interesantes del libro es el de “catolicidad reformada”. El anglicanismo aparece allí como una realidad doble: católica por su liturgia, sus sacramentos, su episcopado, su apelación a los Padres y su amor por la continuidad; reformada por su subordinación a la Escritura, su recepción de los Treinta y Nueve Artículos y su insistencia en el Evangelio. Esta fórmula permite evitar dos reducciones: la de convertir al anglicanismo en un protestantismo ceremonial, y la de imaginarlo como un catolicismo romano sin Papa.

El ensayo de Eliud Wabukala, desde África oriental, es quizá uno de los más potentes. Allí el anglicanismo no aparece como nostalgia inglesa, sino como una forma misionera que llegó con escuelas, hospitales, alfabetización bíblica y una comprensión integral de la vida cristiana. Wabukala sostiene que el anglicanismo es católico y protestante a la vez: católico por sus sacramentos y su culto; protestante por su devoción a la Palabra de Dios.

El aporte de Mouneer Hanna Anis, desde Egipto, corrige otra tentación: pensar que ser anglicano equivale a ser inglés. Su perspectiva recuerda que el cristianismo africano y norafricano precede y sostiene muchas intuiciones de la Reforma inglesa. Desde allí, el anglicanismo puede ser visto como una iglesia que escucha la Escritura, pero que no desprecia la tradición.

Ephraim Radner introduce una nota mucho más trágica. Profesor de teología histórica en Wycliffe College, Radner ha sido sacerdote episcopal y ha trabajado en contextos misioneros como Burundi y Haití. Su mirada sobre el anglicanismo es menos triunfal: lo ve como una realidad moribunda, unida más por procesos históricos que por una teología compartida.

Foley Beach, entonces arzobispo de la Anglican Church in North America, representa la voz más combativa. La ACNA informa que Beach fue elegido arzobispo en 2014 y que también fue obispo de la Anglican Diocese of the South; en 2018 fue elegido presidente del Primates Council de GAFCON. Su capítulo denuncia lo que llama “anglicanismo neopagano”: una forma eclesial que conserva vocabulario cristiano pero redefine Escritura, Dios, Cristo, Espíritu Santo, evangelización y moral sexual. La acusación es fuerte, pero ayuda a entender la fractura interna: para los autores de este libro, la crisis anglicana no es administrativa sino doctrinal.

Gerald Bray, historiador y teólogo anglicano, aporta una advertencia saludable. Bray, investigador en Beeson Divinity School y autor prolífico en historia de la Iglesia y teología histórica, recuerda que el anglicanismo siempre tuvo dificultades para definirse como sistema teológico cerrado. Su planteo obliga a matizar el entusiasmo identitario: quizá el anglicanismo no sea una “teología” en sentido estricto, sino una forma eclesial, litúrgica y disciplinada de habitar la fe cristiana.

Los observadores externos, Timothy George y R. R. Reno, son especialmente valiosos. George, desde el bautismo, reconoce que ciertos evangélicos empiezan a buscar una catolicidad más profunda: credos, concilios, sacramentos, oración común. Reno, desde el catolicismo romano y desde su experiencia como exanglicano, ve en el anglicanismo una via media con una grandeza y una debilidad: puede conservar la objetividad de la gracia en formas visibles, pero también puede degenerar en un centrismo sin principios.

Desde mi perspectiva el libro acierta cuando percibe que el futuro cristiano no será decidido por las burocracias del Norte global. También acierta cuando entiende que la liturgia, el sacramento y la belleza no son adornos opcionales, sino condiciones de posibilidad para una fe que resista la disolución moderna. Donde resulta más débil es en cierta dependencia del lenguaje evangélico norteamericano: a veces la “ortodoxia” parece reducirse excesivamente a la cuestión sexual y a la autoridad bíblica, sin desarrollar con igual profundidad una eclesiología sacramental, una teología del episcopado o una verdadera doctrina de la tradición.

Sin embargo, esa tensión es precisamente lo que vuelve interesante al libro. The Future of Orthodox Anglicanism muestra un anglicanismo que ya no puede refugiarse en la ambigüedad elegante. La vieja amplitud anglicana (esa capacidad de alojar low church, broad church y high church bajo un mismo techo) se enfrenta a una pregunta inevitable: ¿puede existir comunión sin doctrina compartida? ¿Puede haber liturgia común cuando ya no hay fe común? ¿Puede una iglesia seguir siendo “católica” si pierde la obediencia a la revelación recibida?

Para un lector católico, ortodoxo o anglocatólico, el libro tiene un valor adicional: permite ver el drama del cristianismo occidental desde una zona fronteriza. El anglicanismo, cuando es fiel a sí mismo, no es simplemente protestantismo con ropaje antiguo. Es una memoria herida de la Iglesia indivisa, una tentativa de conservar Escritura, sacramento, oración común, episcopado y misión sin someterse a Roma. Su tragedia es que esa misma elasticidad que alguna vez le dio belleza hoy amenaza con disolverlo.

El futuro del anglicanismo ortodoxo, según este volumen, será africano, asiático, bíblico, litúrgico, misionero y conciliar. Tal vez. Pero su verdadera prueba no será sólo resistir al liberalismo occidental. Será demostrar que la ortodoxia no es mera reacción moral, sino plenitud de vida eclesial; que la Escritura no se opone a la tradición; que la Reforma no destruye la catolicidad; que la belleza de la santidad puede ser todavía una forma de evangelización.

En ese sentido pregunta por el futuro de toda forma cristiana que quiera sobrevivir a la modernidad sin convertirse en museo, secta o partido ideológico. Y allí reside su mayor interés.


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