Apokatastasis: justicia y misericordia en la naturaleza de Dios

Hace unas semanas una alumna planteó en clase, sin muchos rodeos, cómo Dios podría soportar el tormento eterno de sus criaturas. La referencia al universalismo, o mejor dicho a la αποκαθιστώ – apokatastasis fue muy poco disimulada, al tiempo que mostraba una importante pericia en alguien tan joven. Podríamos decir, de forma muy sucinta que se trata de la idea de la restauración o renovación final de todas las cosas. Se trata entonces de una narrativa de esperanza y potencialidad abierta en el kosmos teológico. Este concepto desafía las estructuras metafísicas tradicionales al proponer una visión de la realidad como un tejido interconectado de posibilidades y narrativas en constante flujo. Así, el universo es inherentemente dinámico y creativo, y que la redención y la restauración son fuerzas que operan en todos los niveles de la existencia.1

El tema da para largo y la discusión puede ser muy interesante, pero quisiera ahora limitarme sólo a un aspecto: la relación entre justicia y misericordia de Dios. Existen momentos en los que es mejor callarnos, existen momentos en los cuales lo mejor es el silencio, reconociendo que no podemos acceder a toda la verdad, por lo menos no en esta vida, en esta condición en la que nos encontramos ahora. Nuestra inteligencia está limitada y herida por el pecado, la luz que nos permite ver no es plena, sino que está filtrada por nuestra condición. San Pablo alude a esto en 1 Corintios 13: 12:

Porque ahora vemos como en espejo, oscuramente; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como también soy conocido. (BAC)

Decir que Dios es justo y misericordioso es poco, es incompleto, porque en Dios esa dualidad no puede existir: Dios es la Justicia y la Misericordia al mismo tiempo, es la forma pura, es el Ser-en-Si-Mismo, es potencia y acto, es el que existe por sí mismo y en ese mismo sentido, sólo él y en él, esos dos conceptos no son conceptos sino realidad.

Nosotros vemos la justicia de Dios como limitada por la misericordia, pero en realidad, en Dios ambas se conjugan como parte de su esencia de una manera que para nosotros no es accesible.2 Este Νουμηνικός Θεός es un Ente (el verdadero y el único por definición, mientras que los demás lo somos por participación)3 permanece inaccesible para nosotros, sino sólo a las representaciones y concepciones limitadas.

Por lo tanto, en vez de eirigirnos como hermeneutas autorizados, quizás sería conveniente reconocer nuestra limitación en un mundo caído y como seres que han caído, y que sólo por una restauración de nuestra naturaleza podremos llegar a la Theosis y entonces, sólo entonces Apocalipsis 22: 4 se hará una realidad:

Y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.


Notas

1Remitimos al fundamental Ramelli, Ilaria, The Christian Doctrine of Apokatastasis, Leiden – Boston, Brill, 2013.

2Kant, Immanuel, Crítica de la razón pura. Edición bilingüe. Traducción, estudio preliminar y notas de Mario Caimi. México: FCE, UAM, UNAM; 2009.

3Rodríguez Velasco, Edwin Leonardo, Fundamentos tomistas para una filosofía del hombre, Autoreseditores, 2023.

Ilaria L.E. Ramelli: “The Christian Doctrine of Apokatastasis” texto para descargar

Es un placer presentar el monumental y admirable trabajo de la brillante académica Ilaria Ramelli The Christian Doctrine of Apokatastasis, que ustedes pueden leer desde este mismo sitio o bien descargarlo. Al final del archivo traemos una breve reseña.

La autora

Ilaria Ramelli nació en Italia en 1970. Su trayectoria académica ha sido una sinfonía magistral de exploración intelectual y erudición exquisita, que ha iluminado las sendas del conocimiento en las más prestigiosas instituciones académicas del mundo.

Su obra se distingue por un enfoque meticuloso y multidisciplinario, donde las complejidades del cristianismo primitivo, la patrística y la filosofía neoplatónica se entrelazan en un tapiz intelectual de una riqueza inigualable. Ramelli ha desempeñado un papel destacado en la Universidad Católica del Sagrado Corazón en Milán, Italia, donde su sabiduría ha nutrido las mentes jóvenes ávidas de conocimiento. El aura de su erudición ha trascendido fronteras, llevándola a ocupar roles distinguidos en instituciones de renombre mundial. Su paso por la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, ha sido un testimonio de su excelencia académica, mientras que su estancia como investigadora visitante en la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, ha sido un tributo a su reconocida maestría en los dominios del conocimiento.

La obra de Ilaria L.E. Ramelli, “The Christian Doctrine of Apokatastasis“, emerge como una brillante exploración que desafía las convenciones teológicas establecidas, adentrándose en un viaje intelectual hacia las profundidades del pensamiento cristiano.

En el corazón de la obra de Ramelli late una hipótesis audaz y provocadora: el resurgimiento de la doctrina de la apokatastasis como una corriente vital en el torrente del pensamiento cristiano. Este concepto, arraigado en la tradición neo-platónica, se alza como una visión redentora que desafía las narrativas lineales y binarias, y postula la restauración universal a través de la gracia divina. La autora nos guía a través de un laberinto de textos sagrados y tratados teológicos, tejiendo una narrativa que abarca desde los orígenes de la doctrina en el Nuevo Testamento hasta su resplandor en el pensamiento de Eriugena en la Edad Media. En este viaje, desentrañamos los matices de la apokatastasis, explorando su evolución a través de las corrientes del tiempo y del espacio teológico.

En su análisis crítico, Ramelli no teme cuestionar las narrativas establecidas y desafiar las ortodoxias teológicas cuestionando las dicotomías simplistas del bien y el mal, la salvación y la condenación, y nos invita a considerar nuevas posibilidades de redención y restauración en un mundo fragmentado y complejo.

Esta exploración trasciende lo puramente intelectual, adentrándose en el abismo de las implicaciones metafísicas y éticas de la apokatastasis. ¿Qué significan estas reflexiones para nuestra comprensión del sufrimiento humano, la justicia divina y la naturaleza del cosmos? ¿Cómo podemos habitar este espacio intermedio entre la esperanza y el desespero, entre la gracia y el juicio?

Un aspecto fascinante de la obra de Ramelli es su exploración de la hermenéutica de la apokatastasis. ¿Cómo interpretamos los textos sagrados a la luz de esta doctrina? ¿Qué implicaciones tiene para nuestra comprensión del amor divino y la redención universal? Ramelli nos desafía a reconsiderar nuestras metodologías hermenéuticas y a abrirnos a nuevas posibilidades interpretativas.

Este libro también plantea preguntas importantes sobre el papel de la apokatastasis en el diálogo interreligioso. ¿Cómo se relaciona esta doctrina con otras tradiciones religiosas y filosóficas? ¿Hay puntos de convergencia o divergencia que merecen nuestra atención? Ramelli nos invita a explorar estas cuestiones con mente abierta y corazón receptivo.

En última instancia, “The Christian Doctrine of Apokatastasis” de Ilaria L.E. Ramelli emerge como un llamado apasionado a la reimaginación teológica en un mundo postmoderno. A través de su análisis profundo y perspicaz, Ramelli nos desafía a abandonar las seguridades de las narrativas establecidas y a abrazar la complejidad y la ambigüedad de la fe cristiana. En un mundo fracturado y fragmentado, la apokatastasis resuena como un eco de esperanza, una visión de redención universal que trasciende las limitaciones de nuestro entendimiento humano.

Sagrada intimidad

Existen múltiples expresiones de la oración: una que se despliega en la esfera pública, como la liturgia eclesial, y otra, más íntima y reservada, que se manifiesta en la comunión individual con lo divino. La liturgia, aunque esencial para la vida comunitaria, deja de lado la singularidad del diálogo personal con lo trascendente, esa conversación íntima que el apóstol alude en Filipenses 3:20:

«ἡμῶν δὲ τὸ πολίτευμα ἐν οὐρανοῖς ὑπάρχει, ἐξ οὗ καὶ σωτῆρα ἀπεκδεχόμεθα κύριον Ἰησοῦν Χριστόν

La manera en que nos relacionamos con lo divino es una experiencia profundamente íntima y sagrada. La oración, en su esencia, es una expresión de nuestras necesidades ante lo trascendente. Sin embargo, ¿por qué orar si Dios ya conoce nuestras necesidades antes de que se las comuniquemos? La respuesta no reside en informar a Dios, sino (como explica San Agustín en Confesiones X, 29) en abrirnos a recibir lo que ya ha sido preparado para nosotros. Es esta apertura del alma lo que define la oración.

Siempre he sostenido la convicción de que compartir la experiencia de la oración es, de alguna manera, profanarla. Esto es lo que hacen los predicadores mediáticos, que convierten el diálogo íntimo con lo divino en un espectáculo público, muchas veces chabacano. La oración, sin embargo, es un momento de desnudez ante lo divino, donde exponemos nuestras vulnerabilidades más profundas y nuestras inquietudes más genuinas.

El mismo Cristo nos insta a preservar esta intimidad en la oración privada:

Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán escuchados. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.” (Mateo 6:6-8)

San Jerónimo, por su parte, nos recuerda la importancia y el poder de la oración:

La oración [privada] es un escudo para el alma, un refugio para el cuerpo, un freno para los vicios, un aliado de la virtud, un guía para la vida, un consuelo para la muerte. La oración purifica de los pecados, ahuyenta las tentaciones, aplaca la ira de Dios, asegura el bienestar y fortalece la fe.” (Hom. 6: Sobre la oración).

En última instancia, la oración es un vínculo místico que conecta al individuo con lo divino. Es un acto que trasciende el lenguaje y penetra en la esencia del ser. A través de la oración privada, nos sumergimos en la profundidad del alma, confiando en la presencia amorosa y sabia del Creador. Esta experiencia sagrada debe ser preservada y protegida como un tesoro espiritual, apartada del escrutinio público y cultivada en el silencio del corazón. Que cada momento de oración nos lleve a una mayor comunión con lo divino y fortalezca nuestra fe en el misterio del amor de Dios.

John Meyendorff: The Primacy of Peter. Essays in Ecclesiology and the Early Church

En tiempos en que la discusión sobre el primado de Roma suele estar teñida de polémica o de simple recelo, la reedición de este volumen de ensayos constituye un verdadero acontecimiento. The Primacy of Peter, aparecido inicialmente en 1963 y reimpreso en 1992, recoge voces mayores de la teología ortodoxa contemporánea (Meyendorff, Afanassieff, Schmemann, Kesich, Koulomzine) y las pone a dialogar con la tradición bíblica y patrística. El resultado es un libro de sorprendente actualidad: no un panfleto antirromano, sino una búsqueda seria de cómo entender hoy, a la luz de la Iglesia indivisa, el papel de Pedro y de Roma. Me gustaría, además de dejar el libro para su descarga, relizar un repaso por sus capítulos, que etsoy seguro, será de utilidad para los lectores.

El mérito de volver a las fuentes

El volumen abre con Nicholas Koulomzine, quien examina “el lugar de Pedro en la Iglesia primitiva”. Su lectura de los Hechos de los Apóstoles es fina y respetuosa: Pedro es claramente el primero entre los Doce, pero no un monarca. Su primacía está inseparablemente unida a Pentecostés, a la comunidad apostólica y al carácter irrepetible de aquella Iglesia de Jerusalén. Koulomzine subraya lo obvio y lo olvidado: Pedro nunca habla ni actúa aislado, sino siempre en comunión.

Veselin Kesich continúa con un estudio de los textos neotestamentarios y de la tradición antigua. Se percibe aquí la firmeza con que el cristianismo primitivo reconoció en Pedro una voz singular, pero también la ausencia de cualquier noción de jurisdicción universal. Kesich logra un equilibrio admirable: reconoce la centralidad del apóstol sin forzar los textos ni pretender deducir de ellos un modelo posterior.

Bizancio y la memoria petrina

El propio Meyendorff ofrece un ensayo sobre la recepción de Pedro en la teología bizantina. Se aprecia su capacidad de síntesis: Bizancio nunca negó un primado, pero lo entendió como primado de honor, no de dominio. El obispo de Roma, en la visión oriental, debía presidir en la caridad, no gobernar en soledad. Para quienes, vemos muchas veces en Bizancio un espejo más cercano al cristianismo indiviso, este capítulo es de una claridad luminosa.

Afanassieff y la eclesiología eucarística

Uno de los textos más valiosos es, sin duda, el de Nicholas Afanassieff: La Iglesia que preside en el amor. Aquí aparece la célebre noción de eclesiología eucarística, según la cual cada Iglesia local, reunida en torno al obispo y a la Eucaristía, es plena y católica en sí misma. Sin embargo, Afanassieff no se refugia en un localismo autosuficiente: reconoce que puede y debe existir una presidencia de amor que garantice la comunión entre todas. La grandeza de este planteo radica en que permite pensar el primado de manera positiva, no solo como rechazo al papado romano.

Schmemann y los desafíos internos de la Ortodoxía

El ensayo de Alexander Schmemann, La idea de primacía en la eclesiología ortodoxa, es quizás el más profético. Con valentía, denuncia el riesgo de que la ortodoxía, en su reacción al papado, termine cayendo en el nacionalismo eclesiástico y en la fragmentación. La ausencia de un principio de unidad visible, temido por parecer demasiado “romano”, puede convertirse en debilidad mortal. Schmemann reclama una primacía auténticamente ortodoxa, que supere la mera suma de iglesias nacionales y que encarne la catolicidad de la Iglesia en su conjunto.

Un volumen coral, no unánime

La riqueza del libro está precisamente en que no ofrece una “línea oficial”, sino un mosaico de aproximaciones. En todos los casos, sin embargo, late una convicción común: el primado no es un accidente histórico ni una pretensión ilegítima, sino una dimensión intrínseca de la vida eclesial. Lo que se discute es su forma, su ejercicio.

Conclusión

The Primacy of Peter es una llamada a la honestidad teológica y al realismo eclesial. Meyendorff y sus colegas nos recuerdan que el debate sobre Pedro no es un vestigio medieval, sino la clave para toda verdadera unidad cristiana. La alternativa no es entre aceptar sin más el papado romano o resignarse al aislamiento confesional: existe la posibilidad de un primado en el amor, de un servicio a la unidad que no borre la identidad de cada Iglesia.

Para quienes soñamos con una Christianitas reconciliada (ni uniformidad romanista, ni tribalismo eclesial), este volumen es lectura indispensable. No ofrece soluciones fáciles, pero sí abre horizontes. Y, sobre todo, nos enseña que la figura de Pedro, el apóstol que cayó y se levantó, sigue siendo hoy el espejo de la Iglesia entera: frágil, pero llamada a presidir en la verdad y en la caridad.

Sobre la Esperanza que no defrauda: una reflexión a partir de Patristic Universalism de David Burnfield

En el océano, no siempre apacible, de la reflexión teológica contemporánea, ocasionalmente emerge una voz que, sin estridencias, nos invita no a tomar partido en la arena de las polémicas, sino a arrodillarnos ante el Misterio y a escuchar lo que la Iglesia primitiva, en su aliento aún fresco de Pentecostés, tuvo que decir. Tal es el caso del libro de David Burnfield, Patristic Universalism: An Alternative to the Traditional View of Divine Judgment, cuya lectura gratuita –providencial, podríamos decir– me fue concedida en días recientes.

Burnfield no se aproxima al tema como quien desenfunda una espada, sino como quien enciende una lámpara de aceite en el atrio del templo. Su propuesta, aunque no enteramente nueva, reviste una particular dignidad: se trata de un retorno vivificante a las fuentes patrísticas, aquellos testigos venerables de la fe indivisa que, en sus disputas y consensos, dieron forma al lex credendi de la Iglesia.

El autor se adentra, con cierto pudor intelectual, en la cuestión de la apokatástasis –esa esperanza de restauración final de todas las cosas, tan cara a figuras como Orígenes y san Gregorio de Nisa– y lo hace sin incurrir en los excesos de quienes han querido, desde ciertas veleidades románticas, extender tal restauración incluso a las potestades caídas. Non sic, nos dicen los Padres. Y Burnfield, con honradez académica, les concede la última palabra.

Más que respuestas, lo que su obra ofrece son preguntas cuidadosamente formuladas, nacidas no del capricho, sino del asombro. Preguntas que revelan cuán frágil puede ser, a veces, el andamiaje sobre el que se sostienen ciertas concepciones contemporáneas de la salvación. Es aquí donde el autor se distingue de otros –pienso, inevitablemente, en el voluminoso manifiesto de David Bentley Hart–: mientras este último polemiza, Burnfield invita. Su tono es pastoral, casi confesional, y por ello más accesible para el alma que busca, no debatir, sino orar.

El volumen se presenta como una alternativa a la visión tradicional del juicio divino. Y en su introducción, que es casi un testimonio, el autor relata su tránsito desde una rígida concepción bautista del infierno como castigo eterno, hacia una comprensión más matizada del amor divino, cuyo deseo de salvar a todos (cf. 1 Tim 2,4) no puede, sin contradicción, ser frustrado por la obstinación de una criatura. ¿Acaso el pecado de Adán fue más eficaz que la cruz de Cristo? ¿No sería esto, como él mismo sugiere con temblor reverente, una forma de herejía soteriológica?

A lo largo del texto, Burnfield recurre a los testigos primeros, a los Padres, como una brújula que señala el norte en el confuso mapa de la teología contemporánea. Su universalismo no es sentimental ni ideológico, sino filológico, exegético, eclesial. Parte de la Escritura, pero no la aísla. La interpreta a la luz de quienes vivieron más cerca del Resucitado que nosotros. Antiqua sapientia, nova luce refulget.

En suma, este libro no es un panfleto, ni un manifiesto incendiario, sino una invitación. A leer. A pensar. A orar. A considerar la posibilidad de que la justicia divina sea, en su hondura última, inseparable de la misericordia. Y que, tal vez, cuando todas las cosas sean recapitularas en Cristo, podamos decir con san Pablo: Ubi peccatum abundavit, superabundavit gratia. (Rom 5:20-21).