La Septuaginta edición de Rahlfs-Hanhart

Ayer subí la edición que realizara en nuestro país Guillermo Jünemann y que salió a la luz en 1928. Presentamos ahora, para su acceso a la edición en griego conocida como Rahlfs-Hanhart, por ser sus editores Alfred Rahlf y Robert Hanhart.

Se trata del trabajo que inició poco antes de la I Guerra Mundial el filólogo Alfred Rahlfs (publicado en 1935) y corregido por Robert Hanhart en el año 2006. Esta edición es conocida también como la “Septuaginta de Göttingen”. Esta edición crítica busca publicar el texto original de la versión de los Setenta (en griego antiguo).

Los animamos a visitar el sitio.

Septuaginta en Español de Guillermo Jünemann

Tengo mucha alegría de compartir esta hermosa y muy particular versión de la Biblia de los LXX, la Septuaginta. Con toda la razón esta versión es llamada “La Biblia de los Apóstoles” por tres motivos: en primer lugar fue la que empleó la primera comunidad cristiana, en segundo lugar todas las citas que se realizan en el Nuevo Testamento del Antiguo, corresponden a la versión de los LXX, y finalmente es la que predomina aún hoy en las Iglesias de Oriente.

Según una antigua historia (repetida por Filón de Alejandría hasta San Agustín), Ptolomeo Filadelfo solicitó a 70 ó 72 eruditos judíos que vertieran en griego la Torah, es decir, los cinco libros de Moisés. Esta tarea se realizó, según la misma leyenda, a la perfección. Con la difusión y el poster agregado de los demás libros de los profetas e históricos, se convirtió en el texto de uso común, tanto por los judíos de la diáspora como por los cristianos de los primeros cuatro siglos, llamándose Septuaginta, comunmente a todo el Ἡ μετάφρασις τῶν Ἑβδομήκοντα (El antiguo testamento griego).

El canon de los LXX estaba relativamente fijado hacia el primer siglo de nuestra era y es muy anterior al masorético, es decir, al “canon hebreo”. La extensión de la Septuaginta entre los primeros cristianos fue uno de los motivos por los cuales los judíos, hacia el siglo II comenzaron a fijar un nuevo canon y finalmente, rechazar el texto griego por el hebreo, previamente corregido.

La versión que aquí les dejo es la traducción del P. Guillermo Jünemann y concluida en 1928. El Nuevo Testamento se publicó ese mismo año, pero el Antiguo Testamento no salió a la imprenta hasta el año 1992. Para muchos se trata de una edición demasiado literal y un poco áspera (algo que también señalan de la que para mi es la mejor versión en español, la Nacar-Colunga). La edición de Jünemann es ideal para los académicos y también para todos aquellos que deseen realizar un estudio serio de la Sagrada Escritura.

Esta Biblia hoy es poco accesible y suele estar a un precio muy elevado, por ello creo que conviene tenerla, aunque sea en su versión digital.

El archivo que estoy poniendo a disposición de ustedes fue revisado con un antivirus y se descarga directamente sin necesidad de instalar absolutamente nada. Es un archivo ejecutable y funciona en todas las versiones de Windows, incluso en las más antiguas (lo probé en máquina virtual con un Windows 3.0). También se puede cargar en Linux utilizando Wine o algún emulador.

Para descargarlo sólo debe hacer click en este enlace.

¡Buena lectura!

La Biblia Textual

La Biblia Textual, publicada por la Sociedad Bíblica Iberoamericana, se presenta como una obra singular en el panorama contemporáneo de traducciones bíblicas. Es, en el sentido clásico del término, un testimonio. No aspira a competir con las versiones más populares ni a seducir por su estilo; aspira, más bien, a ser fiel. Y esta fidelidad se manifiesta tanto en su metodología textual como en su actitud espiritual.

Puede descargar aquí el Antiguo Testamento y de aquí el Nuevo Testamento.

La Biblia como Revelación y Confrontación

El prólogo de esta versión, que con gravedad exhorta a ser considerado por todo lector, comienza estableciendo una distinción crucial: la Biblia no es un libro más, ni siquiera el más noble de los libros; es la más grande de todas las obras del Creador. Esta afirmación es programática: define la naturaleza del texto como una Palabra que juzga, que revela, que hiere para sanar. No es el lector quien examina el texto, sino el texto quien examina al lector. En una cultura donde la interpretación se ha convertido en ejercicio de soberanía individual, esta postura resulta tan contracultural como profundamente teológica.

Unidad Sobrenatural y Testimonio Profético

La Biblia Textual subraya postura sobre la “unidad de las Escrituras”. Escrita en un periodo de casi dos milenios, en tres continentes, por más de cuarenta autores de contextos diversos, la Biblia (sostinen los editores) exhibe una coherencia interna que sólo puede explicarse por su carácter sobrenatural. Esta unidad es un argumento teológico: una sola mente inspira toda la Escritura. Spiritus Domini loquitur per prophetas.

Crítica Textual y Restauración del Texto Sagrado

Uno de los aportes más notables de esta obra es su compromiso con la crítica textual. Lejos de venerar ciegamente tradiciones manuscritas tardías, como el Textus Receptus, la Biblia Textual se asienta sobre las ediciones críticas de la Biblia Hebraica Stuttgartensia y el Novum Testamentum Graece. Reconoce las múltiples variantes que los manuscritos exhiben, pero afirma con convicción que ninguna de ellas afecta la estructura doctrinal de la fe cristiana. Se trata de una restauración humilde, consciente de sus límites, pero decidida a acercarse lo más posible al Verbo original.

Traducción Contextual: entre Literalidad y Fidelidad

El concepto de “traducción contextual” es aquí clave. Se trata de una metodología que busca transmitir tanto el contenido semántico, como la intención, el tono, la estructura y el ethos del original. Preserva la aspereza cuando la hay, la redundancia cuando es retórica, la simetría cuando es poética. Es una traducción que reza, no que adorna. Que escucha, no que embellece. Que sirve, no que manipula.

Una actitud espiritual ante la Escritura

Finalmente, el tono devocional del prólogo es uno de sus mayores aciertos. Se invita al lector a descalzarse ante el texto, como Moisés ante la zarza. Se habla de pies limpios del mundanal lodo de las filosofías humanas, de un corazón hecho alheña, de una actitud postrada. No es una traducción para especialistas indiferentes ni para consumidores de espiritualidad rápida. Es para quienes desean orar con el texto, ser transformados por él, habitarlo como quien habita un claustro.

Conclusión

La Biblia Textual no pretende ser la versión definitiva. Sus editores reconocen que toda traducción es perfectible y que el carácter inspirado pertenece únicamente a los autógrafos. Pero en su honestidad, en su reverencia y en su esfuerzo riguroso, esta obra se ofrece como un instrumento digno para la oración, el estudio y la contemplación. Sicut cervus desiderat ad fontes aquarum, ita desiderat anima mea ad te, Deus.

El que existe por si mismo

En el libro de Éxodo leemos que Moisés pregunta al Señor:

“Si voy a los israelitas y les digo: ‘El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros’, y si ellos me preguntan ‘¿Cuál es su nombre?’ ¿qué les diré? Dios respondió a Moisés “Yo Soy el que Soy”. (Ex 3: 13-14).

Junto con primer versículo de Génesis, éste debe ser uno de los que más atención ha reclamado de parte de los hermeneutas. Cualquier nota en una Biblia nos expone parte del interesante debate que se ha realizado, desde la Patrística sobre las contundentes palabras de Dios: “Yo Soy el que Soy”. La mayoría de los críticos (especialmente desde el siglo XVIII a la actualidad) han interpretado esta respuesta como una evasión a la pregunta de Moisés. Dios le da un hombre, YHWH el cual hasta el día de hoy los judíos herederos de la tradición rabínica (no los karaítas) se niegan a pronunciar.

En esta publicación quisiera que recuperemos la interpretación de la filosofía patrística y finalmente hacer una pequeña reflexión sobre esta nueva hermenéutica. Debemos a San Gregorio de Nisa considerar que la respuesta “Yo Soy el que Soy” como un punto de partida para la definición ontológica de Dios. Por su parte, San Gregorio Nacianceno consideró la respuesta de Dios como una revelación de la naturaleza divina:

“Los nombres más propios de la esencia de Dios son el ‘ente’ y el de ‘Dios’; y el mas propio de estos es el nombre de ‘ente’, no sólo porque Dios mismo lo enseñó a Moisés (…) sino porque por él buscamos decir la naturaleza que tiene por sí el ser mismo y que no lo une con otra cosa” (Discursos teológicos IV, 18).

Dios es ante todo ente, eso significa “Dios Es”. Ahora bien, Dios le dice a Moisés “Yo soy el que soy”, es decir, Es Él Mismo, no un ser que se confunde con otro, sino un Ser que en sí mismo existe, que existe por sí mismo, no es creado, no fue formado, sino que es auto-existente y es consciente de esa auto-existencia. De esta manera se define el primer atributo de la divinidad: la Existencia sin dependencia de ningún ser, porque es el primero y también el ser por el cual los demás pueden existir. ¡Hermosa revelación a la inteligencia limitada de los hombres que no podemos escapar del proceso de causa-consecuencia! Pensemos que en la filosofía griega esta propiedad de la divinidad era absolutamente desconocida. Recordemos: el Demiurgo de Platón coexiste con la materia, las ideas y el tiempo. “Yo soy el que soy”, es decir, “el que existe por sí mismo”. Por eso San Gregorio Nacianceno concluye que Dios es el único ser propiamente con calidad de tal, ya que no está circunscripto a nada que le sea anterior ni posterior. San Hilario, continuando en esta línea afirma “nada es más propio de Dios que ‘el Ser’”.

Retomamos, la respuesta de la Divinidad al hombre que, temeroso se asomó a ver el asombroso hecho de la zarza que ardía sin consumirse es la obscura luz de la Naturaleza Divina, que no podemos comprender si no es con el auxilio de la Gracia, y aún así sólo llegaremos a un conocimiento limitado a nuestra inteligencia humana, mortalmente herida por el pecado original. Dios nos eleva de nuestra miserable condición para que podamos conocerle y amarle, nos restituye aquello que perdimos con la caída de los Padres. Allí está la verdadera apocatástasis de aquellos cuyo nombre está inscripto en el Libro de la Vida y que podrán contemplar al Creador cara a cara.

Pero no podemos concluir este breve examen de Éxodo 3, 14 sin referirnos a la moderna hermenéutica. La misma sostiene que la respuesta de Dios a Moisés no es una revelación ontológica, sino, únicamente una evasión. Dios no le dice “Yo soy el que existe por sí mismo”, no afirma ser el único Dios, y por lo tanto el único Ser propiamente definible como tal… por el simple hecho de que la mentalidad hebrea es primitiva y no había alcanzado aún (de ser histórico tal suceso, algo que los más modernos “críticos” niegan) tal desarrollo de la filosofía. ¿Qué implica esto? Implica la imperfección de la revelación y que la misma está sujeta a un crecimiento, a una evolución. Volvemos aquí a los errores kantianos sobre la imposibilidad de conocer la esencia de las cosas, aún con nuestra inteligencia herida mortalmente, sino únicamente los fenómenos, es decir, el revestimiento externo, y por lo tanto, un conocimiento perfectible y mudable. Un conocimiento, volvemos, evolutivo. ¿Por qué Dios no podía decirle a Dios que Él Es el Que Existe por Sí Mismo? Por que los griegos nunca llegaron a esa idea. Sinceramente se trata de una respuesta carente de toda lógica. La filosofía profana, como todo conocimiento que no provenga de Dios es limitado y circunscripto a la contigencia humana; pero el conocimiento que proviene de Dios, es decir, el que es infundido por el Creador tiene como fin ordenar todo a Dios. Un argumento comparable es el que utilizan aquellos que defienden la ordenación de mujeres al sacerdocio cuándo pretextan que Cristo no eligió a mujeres entre los apóstoles por las convenciones sociales e históricas de su tiempo. ¿Acaso está Cristo atado a la temporalidad y a las leyes del hombre? ¿Acaso Dios, volviendo, se encuentra limitado a la inteligencia humana? En distintos momentos históricos Dios decidió levantar a los hombres de su miserable condición para que le conocieran y le amaran, estableciendo así sucesivos pactos.

Limitar el significado del texto bíblico, haciéndolo mero accidente de una época no es otra cosa que negar que se trate de el Único Texto que tiene por autor al Mismo Dios. Nosotros como católicos estamos obligados a creer que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. En ella, Dios se nos revela como se le reveló a Moisés en el Monte. Cuándo Dios se revela a Moisés des-vela su majestad. Moisés recibió por voluntad de Dios la ousía de la Divinidad y fue comisionado a transmitirla junto con el mensaje de liberación. De la misma manera nosotros, fieles de la Iglesia Católica estamos obligados a transmitir la Verdad, que es Cristo Mismo. Moisés se enfrentó a la incredulidad de los Israelitas y el poderío del Faraón.