Silencio en tiempos de confusión: reflexiones ante el drama en la Comunión Anglicana

Un acontecimiento eclesial reciente me ha llevado a suspender, por un tiempo, la publicación regular de entradas en este sitio y a volver el corazón (y la inteligencia) hacia una reflexión que no admite ligereza. Me refiero a la nominación de la señora Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury y jefa de la Comunión Anglicana. Este hecho, que algunos han querido leer únicamente en clave simbólica o sociopolítica, ha reabierto una herida eclesiológica más antigua: la que sangra cada vez que se trivializa la sucesión apostólica, se disloca el orden sacramental o se relativiza la fidelidad a la Tradición católica, entendida no como costumbre, sino como don recibido, preservado y ofrecido.

Este nombramiento ha provocado reacciones diversas: celebraciones entusiastas en sectores que confunden inclusión con revelación, y también un rechazo lúcido en comunidades que, no sin razón, se preocupan por la integridad teológica de sus órdenes y por la continuidad ontológica de la Iglesia. Yo mismo, en este espacio, he procurado trazar algunas líneas de discernimiento. Pero reconozco que este umbral eclesial me impulsa ahora a revisar, en oración y con temblor, muchas de mis convicciones. Porque no todo lo nuevo es evolución, ni toda fidelidad es nostalgia.

A la luz de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia y de la historia viva de la catolicidad, se impone una reflexión que rehúya tanto el dogmatismo vacío como la acomodación al zeitgeist. La teología, si ha de ser verdaderamente católica, no puede pensarse desde la lógica de lo útil o lo aceptable. Ha de pensarse desde el Λόγος ἐνσάρκος, cuya sabiduría desbarata toda pretensión de soberanía secular.

Por respeto a ese μυστήριον he decidido reducir, al menos durante un tiempo, la frecuencia de publicaciones. No por desinterés, sino por reverencia. Porque hay un tiempo para enseñar y otro para callar; un tiempo para emitir juicios, y otro para escuchar lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Apoc 2:7).

El panorama eclesial no es halagüeño. El catolicismo romano, en sus formas más institucionales y en sus expresiones tradicionalistas, parece detenido en una angustia circular, atrapado entre la repetición de viejos gestos y la esterilidad de los nuevos. Las iglesias “continuantes” proclaman fidelidad, pero muchas veces han perdido la frescura de la Tradición viva. Las llamadas Iglesias Nacionales, hijas de la ICAB, han heredado la misma parálisis sacramental de su origen.

Y junto a ellas, no podemos dejar de mencionar a las iglesias protestantes históricas que hoy se precipitan con pasmosa docilidad hacia el absurdo: aceptando toda forma de reingeniería antropológica con tal de no perder el favor del mundo. En su afán de ser contemporáneas, han olvidado que la Iglesia no está llamada a agradar, sino a santificar.

El riesgo es mayúsculo: que la teología se disuelva, que pierda su densidad metafísica, que se convierta en un mero subproducto del consenso cultural. Una teología sin sacramento, sin escatología, sin doxología… es apenas sociología bautizada.

¿Estamos, pues, presenciando el fin del pensamiento teológico serio? ¿O será esta crisis el umbral de una gracia más profunda, que nos llama a redescubrir la fuente verdadera de la teología, escuchado en la Escritura, celebrado en la liturgia, vivido en comunión y contemplado en la oración?

Reducere ad fontes. Volver a las fuentes. A la Palabra que no pasa. A la Tradición que arde sin consumirse. A la oración, que es el único lenguaje donde la teología se vuelve obediencia. Que en medio del estruendo secular, el Señor nos conceda el don del discernimiento.

Domine, dirige nos.

Fructus amari: el “acuerdo táctico” con Roma y la dispersión anglocatólica

En los años que siguieron al gran reacomodamiento postconciliar, no fueron pocos los que, seducidos por las sedas púrpuras y el canto suave de la obediencia institucional, abandonaron el antimodernismo para integrarse, con fórmulas diplomáticas y concesiones ambiguas, a las estructuras de la Iglesia Romana. Buscaban y n algunos casos obtuvieron una capilla ritualista en una catedral liberal y progresista. Mediante acuerdos cuya naturaleza era más táctica que doctrinal, numerosos grupos lograron obtener un lugar dentro del aparato diocesano, funcionando con cierta tolerancia canónica, en posiciones periféricas, sin el oprobio del cisma, pero también sin la claridad del testimonio.

Hoy deseo volver la mirada hacia un capítulo menos atendido por los tradicionalistas: el de los anglocatólicos, almas sinceras que desean vivir la plenitud de la fe católica, pero que han sido dispersadas como ovejas sin pastor, atrapadas entre las estrcturas modernas de la Iglesia Católica y su propia tradición litúrgica e intelectual.

Tras la euforia inicial provocada por la constitución Anglicanorum Coetibus —gesto generoso, sí, pero también políticamente calculado—, el desengaño no tardó en manifestarse. Muchos de los que ingresaron en los Ordinariatos personales, una vez pasada la solemnidad del rito de entrada, se encontraron en una situación ambigua, eclesialmente marginal y doctrinalmente tensa. La promesa de integración se convirtió para algunos en un nuevo exilio.

Hace un tiempo, un antiguo miembro de uno de estos Ordinariatos me escribió con una sinceridad que conmueve. En su carta, relataba cómo varios de sus cofrades, ante el desamparo doctrinal y litúrgico, le propusieron recurrir al Patriarcado de Moscú. Él, con dolorosa lucidez, respondió: “No dejé de ser un hereje para ser un cismático, pero tampoco tenemos a dónde ir.

Su angustia es genuina, y sin embargo, incomprendida por muchos en el mundo tradicionalista, quienes, demasiado centrados en sus propias disputas internas, han desatendido a los anglocatólicos que podrían haber sido —y aún podrían ser— una fuerza viva en la defensa de la Tradición en Occidente.

La raíz del abandono de los Ordinariatos es clara: el rechazo frontal del Concilio Vaticano II. La conciencia anglocatólica, forjada en una comprensión católica del anglicanismo no pudo tolerar los desvíos litúrgicos, doctrinales y morales de Canterbury, especialmente tras la ordenación de mujeres por parte de la Iglesia Episcopal. Fue entonces cuando nació el llamado continuismo anglicano, cuyo impulso fue precisamente reafirmar la catolicidad —no protestante— del patrimonio anglicano.

Roma, percibiendo esta orientación, respondió inicialmente con gestos de acogida: permisos individuales para sacerdotes anglocatólicos, autorizaciones para celebrar el venerable Rito de Sarum como forma extraordinaria. Luego vino el salto hacia la incorporación colectiva, pero allí comenzaron las dificultades. Al consolidarse los Ordinariatos, Roma exigió aceptación plena del Concilio Vaticano II y sus reformas. Muchos anglocatólicos, formados al margen de dicho concilio, no pudieron sino chocar con una Iglesia que ya no era, en su experiencia, la misma.

Quienes se negaron a firmar este pacto doctrinal buscaron refugio entre comunidades tradicionalistas. La mayoría no encontró acogida. Entonces, algunos recurrieron a las Iglesias orientales para recibir reconocimiento sacramental. Así nació, silenciosa, dispersa, pero real, una Resistencia Anglocatólica, firmemente enraizada en la Tradición de la Iglesia, fiel a los XX Concilios Ecuménicos, y contraria a las reformas postconciliares. Estos sacerdotes celebran la Misa de San Pío V, o bien el Rito de Sarum, amparados en la Bula Quo Primum, que garantiza la legitimidad de los ritos consagrados por la historia.

No todos siguen una misma línea eclesiológica. Algunos se inspiran en la “prudencia estratégica” de Marcel Lefebvre; otros, con mayor severidad, adoptan el sedevacantismo. Pero muchos cayeron en la trampa de la Anglicanorum Coetibus, un acuerdo en el que lo doctrinal fue dejado de lado por razones tácticas. Abstrahamus doctrinam, pareció decirse. ¿Le suena conocida esta fórmula?

Y los frutos fueron amargos. Fructus amari. Comunidades divididas, sacerdotes arrepentidos que abandonan Roma Conciliar, vocaciones frustradas, fieles escandalizados, estudiantes confundidos. Lo que prometía ser un puente se convirtió en un callejón sin salida. Y sin embargo, los anglocatólicos deben ser considerados con atención: no sólo como víctimas de un experimento eclesiológico, sino como testimonio viviente de lo que ocurre cuando se sacrifica la verdad por la inclusión.

No son una nota al pie. Son un espejo. Una advertencia. Y acaso, también, una esperanza.

Una profunda experiencia en una iglesia

Con mi esposa tuvimos el privilegio de visitar Brasil el verano del 2024. De todas las hermosas experiencias que tuvimos, quisiera hacer referencia una sola: la tarde que entramos a una Iglesia.

El ambiente estaba en una semipenumbra y entre las sombras nos deslizamos por la austera nave de la capilla. Eramos dos almas buscando respuestas, preguntándonos cómo y por qué Dios nos había llevado a tal lugar, a tal hora y estando solos. No creo en las casualidades, mi mujer tampoco, ella es persona de ciencia, yo por mi parte tengo una visión agustiniana de la Historia. En aquella capilla el altar, perfectamente dispuesto, se desplegaba como un lienzo de antiguas promesas, los cirios esperaban ser encendidos y el eco de las antiguas oraciones llegaban a nosotros como un susurro espiritual.

Allí estábamos, fuera del tiempo, fuera del espacio. Suspendidos entre este mundo y el de las promesas eternas.

El templo estaba limpio y ordenado, la luz del sagrario generaba un efecto único al que pocas veces había prestado atención. El azul, el blanco y color de la piedra, conjugados con la obscuridad creaban un ambiente de melancolía, de tristeza, de recuerdos y de esperanza. El olor a incienso impregnaba el aire y actuaba como un faro que guiaba los corazones errantes. Cerca del techo estaba la imagen tradicional del Espíritu Santo, descendiendo, recordatorio de la epiclesis.

Cerré los ojos y pude imaginar al sacerdote, adornado con vestiduras que relataban la Historia Sagrada, como un guía entre las dimensiones, entre lo humano y lo divino, puente entre lo mortal y lo inmortal, entre nuestro presente y la Eternidad.

Sentados, tomados de la mano, donde la fe titubea, una oración dejó de ser barrera y se convirtió en el lenguaje que acunaba la verdad, como si cada palabra fuera un cerrojo que saltaba ante la llave que abría paso a la manifestación de lo divino.

Allí, sentados, tomados de la mano no hubo más incertidumbre “… el velo del Templo se rasgó en dos”.

Apokatastasis: justicia y misericordia en la naturaleza de Dios

Hace unas semanas una alumna planteó en clase, sin muchos rodeos, cómo Dios podría soportar el tormento eterno de sus criaturas. La referencia al universalismo, o mejor dicho a la αποκαθιστώ – apokatastasis fue muy poco disimulada, al tiempo que mostraba una importante pericia en alguien tan joven. Podríamos decir, de forma muy sucinta que se trata de la idea de la restauración o renovación final de todas las cosas. Se trata entonces de una narrativa de esperanza y potencialidad abierta en el kosmos teológico. Este concepto desafía las estructuras metafísicas tradicionales al proponer una visión de la realidad como un tejido interconectado de posibilidades y narrativas en constante flujo. Así, el universo es inherentemente dinámico y creativo, y que la redención y la restauración son fuerzas que operan en todos los niveles de la existencia.1

El tema da para largo y la discusión puede ser muy interesante, pero quisiera ahora limitarme sólo a un aspecto: la relación entre justicia y misericordia de Dios. Existen momentos en los que es mejor callarnos, existen momentos en los cuales lo mejor es el silencio, reconociendo que no podemos acceder a toda la verdad, por lo menos no en esta vida, en esta condición en la que nos encontramos ahora. Nuestra inteligencia está limitada y herida por el pecado, la luz que nos permite ver no es plena, sino que está filtrada por nuestra condición. San Pablo alude a esto en 1 Corintios 13: 12:

Porque ahora vemos como en espejo, oscuramente; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como también soy conocido. (BAC)

Decir que Dios es justo y misericordioso es poco, es incompleto, porque en Dios esa dualidad no puede existir: Dios es la Justicia y la Misericordia al mismo tiempo, es la forma pura, es el Ser-en-Si-Mismo, es potencia y acto, es el que existe por sí mismo y en ese mismo sentido, sólo él y en él, esos dos conceptos no son conceptos sino realidad.

Nosotros vemos la justicia de Dios como limitada por la misericordia, pero en realidad, en Dios ambas se conjugan como parte de su esencia de una manera que para nosotros no es accesible.2 Este Νουμηνικός Θεός es un Ente (el verdadero y el único por definición, mientras que los demás lo somos por participación)3 permanece inaccesible para nosotros, sino sólo a las representaciones y concepciones limitadas.

Por lo tanto, en vez de eirigirnos como hermeneutas autorizados, quizás sería conveniente reconocer nuestra limitación en un mundo caído y como seres que han caído, y que sólo por una restauración de nuestra naturaleza podremos llegar a la Theosis y entonces, sólo entonces Apocalipsis 22: 4 se hará una realidad:

Y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.


Notas

1Remitimos al fundamental Ramelli, Ilaria, The Christian Doctrine of Apokatastasis, Leiden – Boston, Brill, 2013.

2Kant, Immanuel, Crítica de la razón pura. Edición bilingüe. Traducción, estudio preliminar y notas de Mario Caimi. México: FCE, UAM, UNAM; 2009.

3Rodríguez Velasco, Edwin Leonardo, Fundamentos tomistas para una filosofía del hombre, Autoreseditores, 2023.

¿Estamos en una sociedad post-cristiana o pre-cristiana?

Muchas veces me he preguntado si vivimos en una “sociedad post-cristaniana”. Quienes lo afirman sostienen que la sociedad moderna se caracteriza por una disminución importante de la influencia del cristianismo en la vida política, económica, social y cultural; las normas, los valores y las prácticas que se asocian al cristianismo pierden sus preeminencia y pasan a ser irrelevantes, a la vez que ceden terreno a otras filosofías y corrientes culturales, muchas veces, anticristianas.1

Una sociedad post-cristiana no es, necesariamente, una sociedad atea. Al contrario, la inmensa cantidad de grupos y afiliaciones de carácter espiritual, de pensamiento positivo nos demuestran que en realidad vivimos en una de las épocas más religiosas de la historia. La gente busca una “religión”, es decir, una forma de volver a unir lo humano con lo divino bajo la consciencia de que hay una “interferencia”. Llámela como quiera, pero existe un “ruído” una “separación”, una “cuarenta”, para emplear el lenguaje de algunos textos religiosos modernos.2

Esto lleva a los hombres modernos a buscar nuevas prácticas espirituales enfatizando, sobre todo, una espiritualidad de carácter personal e individual, como nunca antes vimos. Mientras que tradicionalmente, la religión era algo social, hoy es algo puramente individual, pero también del desarrollo personal:3 la meditación, el yoga, la visualización, la oración contemplativa, el crecimiento personal, e incluso el “minimalismo” tienden a una espiritualidad holística que pone el acento en el bienestar integral (cuerpo, mente, espíritu) del individuo.4

A veces pienso que no estamos realmente en una sociedad postcristiana, sino en una sociedad pre-cristiana, dónde los valores éticos y morales han regresado a una etapa inmediatamente anterior a la irrupción del cristianismo, eun un imperio corrupto, hedonista, entropocéntrico y moralmente decadente, en una sociedad que se entretenía viendo como dos hombres se mataban, que sabía de la existencia de la esclavitud (laboral, sexual, la que usted imagine) y se aprovechaba de eso. De una sociedad donde los rostros, por más bellos que parecieran reflejaban el estado de las almas: bellezas muertas, ojos inexpresivos.

Creo que esta es la descripción del mundo que vivimos hoy.


NOTAS

1Recomiendo al respecto la lectura de Jones, Michael, Libido dominandi. Liberación sexual y control político, Fidelidad, Bella Vista, 2023; ver también el interesante trabajo de Charles Taylor, A Secular Age, Harvard, Belknap Press, 2007.

2El término “separación” aparece en el contexto de Un curso de milagros (y derivados como Un curso de amor), mientras que el de “cuarentena” en El libro de Urantia.

3Me he preguntado muchas veces si esto no es consecuencia del principio protestante de la “salvación personal”.

4Wilber, Ken, El cuarto giro, Barcelona, Kairós, 2016.