Carl G. Jung: El hombre y sus símbolos

El 8 de febrero del 2023 estábamos con Lily en Santa Clara del Mar, para quienes no conocen es una ciudad balnearia a sólo dieciocho kilómetros de Mar del Plata, dentro del municipio de Mar Chiquita. En la Avenida Acapulco hay dos librerías en las que es posible hacerse de tesoros a muy bajo precio. Ese día, por la noche, entramos a “Alfonsina libros” y compré El hombre y sus símbolos de Carl Gustav Jung. Se trata de la edición de la Biblioteca Universal Contemporánea de 1984… es obvio que estamos ante una reimpresión.

El libro es en realidad una compilación que cuenta con una introducción de John Freeman en la que se relata el origen del mismo y como se delineó el trabajo y cuál era el objetivo original del mismo. Está dividido en cuatro secciones, cada una a cargo de un autor diferente: la primera corresponde a Jung y se titula “Acercamiento al inconsciente”, la segunda “Los mitos antiguos y el hombre moderno” por Joseph Henderson; la tercera parte fue escrita por Marie-Louise von Franz, “El proceso de individuación”; el cuarto capítulo de Aniela Jaffé se llama “El simbolismo en las artes visuales” y el quinto, “Símbolos en un análisis individual”, por Jolande Jacobi. La conclusión es de Marie-Louise von Franz (“La ciencia y el inconsciente”).

Esta obra, publicada por primera vez en 1964, es el último trabajo de Jung, ya que murió poco después de terminar su escrito y revisar las otras colaboraciones en 1961.

Se trata de un libro imperdible y de una riqueza conceptual única, con una sencillez que merece ser imitada por quienes pretenden tratar estos mismos temas. A continuación, un a versión digital de este imperdible texto.

La Comunión de los Santos y la Devolución de lo Sagrado

En un mundo que ha aprendido a concebir la realidad como un conjunto de entidades separadas —alma y cuerpo, sagrado y profano, individuo y comunidad, historia y eternidad— la fiesta de Todos los Santos es una interrupción. No una memoria, sino una fisura ontológica en el tiempo secularizado: un recordatorio de que la creación nunca fue abandonada a la autosuficiencia de lo meramente natural.

Los santos no son “excepciones morales” dentro de un orden neutral. Son el signo de que la gracia es más real que la naturaleza tal como la modernidad la concibe. No perfeccionan una autonomía humana: revelan que nunca hubo autonomía, porque toda existencia es participación, don, relación. La santidad no es una categoría ética, sino ontológica: es criatura que vuelve a transparentar la gloria de su Creador.

La Iglesia no los “posee” ni los administra. Más bien, la Iglesia es lo que es porque los santos existen, porque la comunión de los redimidos es la forma concreta en que la humanidad es injertada en la vida del Dios trinitario.Si la Eucaristía es el Cuerpo de Cristo, entonces la Comunión de los Santos es su extensión en la historia y más allá de la historia. No hay Iglesia sin santos, ni santos sin Iglesia: no una institución humana purificada, sino una participación real en el Cristo total.La teología moderna intentó reducir la santidad a virtud privada o a ejemplo moral. La teología liberal la volvió metáfora.Pero la verdadera tradición católica —oriental, occidental, anglicana en su raíz no modernista— sabe que la santidad no es actitud, sino transfiguración: anticipo de la nueva creación.Por eso, cuando confesamos “creo en la comunión de los santos”, no enunciamos una doctrina marginal, sino la refutación radical del individualismo moderno.El santo no es solista espiritual: es persona en el sentido trinitario, es existencia convertida en relación, es “ser-en-comunión”.

En la fiesta de hoy, la Iglesia militante contempla su propia verdad escatológica: no una suma de creyentes, sino una polis litúrgica donde la historia se curva hacia la eternidad y la eternidad se vuelve hospitalaria hacia el tiempo.Allí donde los santos están, la lógica del mundo ya no gobierna: el martirio vence al poder, la virginidad vence al consumo, la oración vence al ruido, la caridad vence al cálculo.Cristo reina, y los santos no están muertos: son más vivos que nosotros.Porque el verdadero realismo no es el secular, sino el eucarístico.Y la verdadera política no es el Estado, sino la comunión de quienes han sido incorporados al Cordero.En ellos vemos lo que fuimos creados para ser: hombres y mujeres cuya existencia es alabanza.

«Sed santos», no como mandato imposible, sino como revelación de vuestro origen.La santidad no nos aleja del mundo: lo devuelve a Dios.Y sólo lo que es devuelto a Dios permanece.

Oremos.

Dios omnipotente y eterno,
que nos has unido en un solo Cuerpo
con aquellos que en la tierra luchan,
aquellos que en el paraíso descansan,
y aquellos que en gloria ya contemplan tu rostro:

concédenos, te rogamos,
perseverar en la carrera que nos has puesto delante,
sostenidos por la intercesión de tus santos,
inflamados por su ejemplo,
y hechos partícipes de la luz que ellos ya poseen.

Para que, al final de nuestra jornada,
seamos hallados dignos de compartir con ellos
la herencia eterna de tu Reino,
donde Cristo vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo,
un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

La nostalgia y la esperanza cristiana

Las cosas no son como solían ser”.

¿Por qué el mundo se está volviendo tan malo? El crimen está en aumento”.

“Me alegro de no tener que criar a mis hijos en estos días“. 

Pero así es como creo que Qohéleth respondería a las personas que dicen cosas como esta: si crees que estás viviendo en un mundo donde las cosas empeoran todo el tiempo, entonces anímate, al menos estarás muerto antes Las cosas se ponen realmente mal. Después de a muerte de mi padre empecé a pensar de esta manera, no lo voy a negar.

Quizás el pasado fue mejor que el presente (frase inmortalizada por Jorge Manrique). Pero cuando uno no se empieza a preguntar, “¿Por qué fue mejor el pasado?” Estás negando la realidad de la presencia de Dios en el presente. Si crees que las cosas están peor, ¿crees que Dios ya no tiene el control? Entonces ¿Quién lo tenía antes? ¿Crees que Dios no te ha llevado al punto donde estás ahora y que ya no te ama o tiene planes o propósitos para ti? Vayamos a Esclesiastés 7: 10, donde leemos:

Nunca digas: ¿Por qué los tiempos pasados fueron mejores? porque nunca preguntarás esto sabiamente.

¿Alguna duda? Veamos el texto en su lengua original y según la traducción griega:

אל־תאמר מה היה שׁהימים הראשׁנים היו טובים מאלה כי לא מחכמה שׁאלת על־זה׃

μὴ εἴπῃς Τί ἐγένετο ὅτι αἱ ἡμέραι αἱ πρότεραι ἦσαν ἀγαθαὶ ὑπὲρ ταύτας; ὅτι οὐκ ἐν σοφίᾳ ἐπηρώτησας περὶ τούτου.

Creo que no queda duda. A menudo cuando decimos esto somos ciegos ante las cosas buenas del presente. Olvidamos lo que está escrito:

Ahora bien: sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados. Porque a los que de antemano conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también llamó; y a los que llamó, a ésos los justificó; y a los que justificó, a ésos también los glorificó. (Rom 8: 28-30)

No lo olvidemos: la Biblia es infalible. Quienes disminuyen la inspiración en alguno de los pasajes es porque no creen en la Biblia, son modernistas. Hay varias “palabras claves” en este pasaje, palabras muy interesantes para analizar en un escrito fututo, pero no nos desviemos.

La Nostalgia nos engaña
La nostalgia es a menudo una forma de escapismo, es como si tomáramos vacaciones refugiándonos en el pasado en lugar de lidiar con el presente o mirar con fe hacia el futuro.

La nostalgia nos afecta a todos, no solo a las personas mayores que miran con nostalgia a su juventud. Quizás nos ponemos nostálgicos por los edificios o lugares; nos traen nostalgias las fotos en las que vemos personas que amamos sonriendo, sentimos ese dolor que tiene un nombre tan difícil de pronunciar cuando vemos esa silla vacía…

¿Alguna vez te has detenido a pensar en la sensación de nostalgia y en qué es realmente?

CS Lewis dijo que la nostalgia es la emoción especial del anhelo, y siempre es agridulce. Cuando sentimos nostalgia, experimentamos un sentimiento de algo perdido. Al mismo tiempo, es una hermosa percepción de lo que se ha perdido, por lo que lo anhelamos. La nostalgia a menudo es fugaz, y sin embargo, si hay algún dolor, también hay una especie de anhelo satisfactorio como parte de ello. Ahora, esto es lo que dice Lewis: solo los niños o los inmaduros emocionalmente piensan que lo que anhelan es en realidad lo que anhelan.

El niño piensa que su recuerdo de esa hermosa ladera le da una sensación encantadora, por lo que si pudiera regresar a esa ladera, tendría la sensación encantadora de nuevo y mientras permaneciera allí. No, dice Lewis, eso es simplemente imprudente. Cuando maduras, te das cuenta de que la nostalgia te engaña. Intensifica tus emociones. Cuando creces, te das cuenta de que si pudieras volver a la ladera, podría ser agradable, podría ser encantador, pero también sería normal en algunos aspectos, y simplemente volver a él no reproduciría esa intensidad de sentimiento. ¿No tendrá el tradicionalismo bastante de nostalgia? O peor aún, como dice un cantante popular, de la peor de todas “añorar lo que nunca jamás ocurrió”? ¿Cuantas prácticas tradicionalistas y ritualistas jamás existieron, y provienen en realidad de una forma particular de catolicismo francés, exportado por Monseñor Lefebvre y sus discípulos? Creo que vale la pena pensarlo.

Hace unos años leí el hermoso texto de Lewis The Weight of Glory, and Other Addresses, el cual pueden descargar aquí.

The books or the music in which we thought the beauty was located will betray us if we trust to them; for it was not in them, it only came through them, and what came through them was longing. These things—the beauty, the memory of our own past—are good images of what we really desire; but if they are mistaken for the thing itself, they turn into dumb idols, breaking the hearts of their worshipers. For they are not the thing itself; they are only the scent of a flower we have not found, the echo of a tune we have not heard, news from a far country we have not yet visited.

Cuando experimentas nostalgia, tu corazón anhela una persona más bella de lo que jamás hayas conocido o un lugar más hermoso de lo que jamás hayas conocido. Crees que anhelas el pasado, pero el pasado nunca fue tan bueno como tu mente te dice que fue. Y, dice Lewis, Dios te está dando en ese momento una de las visiones más profundas de la intensidad de la perfección y la belleza que aún no has visto. De hecho, lo que está tirando de las cuerdas de su corazón es el futuro: es el cielo, es su sentido de pertenencia y hogar que acaba de romper la superficie de su vida, por un momento, y luego se ha ido.

La eternidad en nuestros corazones
Esta perspectiva encaja perfectamente con el mensaje de Eclesiastés.  Ahí vemos que Dios ha puesto la aeternitas en nuestros corazones.

Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. (Ecl 3: 11)

Estamos construidos para el hogar, para un lugar que aún no podemos ver; aquel de que habló Jesucristo. De todas las traducciones, me gusta mucho como traduce las palabras la Edición Textual:

No se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si no, os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.  Y cuando me vaya y os prepare lugar, vengo otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde Yo estoy, vosotros también estéis. (Jn 14: 1-3)

Las personas sabias entienden que Dios nos hizo anhelarlo a él y al cielo. Lo dice San Agustín “Inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te” (Conf 1, 1). No miran hacia atrás cuando se vuelven nostálgicos. No son como la esposa de Lot, que salió de Sodoma, Sodoma no salió de ella. Hay que guardar los mandamientos de Dios y tener la fe de Jesús. No pocos confunden la pureza del rito con la pureza del corazón. Pero la verdadera Tradición no se conserva en el formalismo, sino en la obediencia amorosa que mira hacia la Ciudad Celestial.
Nosotros, miremos al cielo. Miremos al hogar, a la verdadera Patria (Filp 3: 20)

Desafiando las Creencias Tradicionales: ‘Raising Hell’ y la Reevaluación de la Doctrina del Infierno

Terminé de leer con mucho entusiasmo el libro “Raising Hell” de Julie Ferwerda. Leí el libro de un tirón en su versión en inglés, aunque también hay una versión en español.

Es un libro provocativo que arroja una luz reveladora sobre la doctrina del infierno y cuestiona las creencias tradicionales que han prevalecido durante siglos. Con una mirada crítica y perspicaz, la autora nos invita a cuestionar las aparentes contradicciones y dudas que rodean la idea del tormento eterno y a explorar una visión radicalmente diferente del propósito amoroso de Dios para la humanidad.
Desde el inicio, Ferwerda plantea una serie de preguntas impactantes que han desconcertado a generaciones de creyentes. ¿Es posible que los padres amen más a sus hijos que a Dios? ¿Por qué se nos pide perdonar a nuestros enemigos cuando Dios parece no hacer lo mismo? ¿Es justo ser castigado por toda la eternidad por pecados cometidos en una vida breve? Estas interrogantes, entre otras, forman el punto de partida para una exploración profunda y valiente.
El libro de Ferwerda no se limita a plantear preguntas incisivas, sino que también ofrece un análisis histórico, filosófico y bíblico convincente que desafía la doctrina del tormento eterno. Examina por qué el infierno no se menciona en el Génesis ni en el Antiguo Testamento, y por qué figuras como el apóstol Pablo no abordaron este tema. Además, cuestiona cómo la posición ortodoxa de la Iglesia primitiva evolucionó durante siglos después de Cristo y cómo los teólogos aún debaten si somos salvos por elección o libre albedrío.

“Raising Hell” es una obra que desafía a los lectores a cuestionar sus creencias arraigadas y a considerar una perspectiva más inclusiva y compasiva. Julie Ferwerda abre la puerta a una visión radical de las “Buenas Nuevas” y presenta argumentos sólidos sobre por qué la doctrina del tormento eterno podría ser uno de los engaños más perjudiciales de la Iglesia moderna.
En resumen, “Raising Hell” es un libro valiente que invita a la reflexión y la reevaluación de creencias profundamente arraigadas. A través de preguntas incisivas y un análisis convincente, Julie Ferwerda desafía la doctrina tradicional del infierno y ofrece una perspectiva que busca un Dios compasivo y amoroso para toda la humanidad. Este libro es esencial para aquellos que desean explorar una visión más inclusiva y misericordiosa de la espiritualidad y las creencias religiosas. Una obra que promete abrir los ojos y cambiar la forma en que entendemos el concepto del tormento eterno en la fe cristiana.

El libro se puede descargar de forma gratuita de la página que preparó la autora https://raisinghellbook.com/. Allí el lector encontrará tres versiones: una versión completa en inglés, otra abreviada en el mismo idioma y finalmente una traducción al español realizada por José Soto Puerta y Eva Vigouroux titulada “Controversia infernal”. Recomiendo también a los interesados visitar el canal de Youtube de la autora.

Un viaje a través de ‘Walden’ de Thoreau

Portada de la edición de 1910 de Walden, de Thoreau.
Edición de Macmillan, 1910 de Walden

En mis años, tanto como historiador y bibliófilo, he tenido el honor de explorar y estudiar innumerables obras literarias. Sin embargo, entre las páginas desgastadas de mi colección personal de libros antiguos y “raros”, una edición en inglés de “Walden” de Henry David Thoreau brilla con un esplendor especial. Adquirida durante uno de mis viajes, esta reliquia literaria ha dejado una marca indeleble en mi alma y ha dejado una huella profunda en mi vida como ningún otro libro lo ha hecho.

El viaje que emprendí para adquirir esta antigua edición de “Walden” fue en sí mismo una experiencia memorable. Ese día en particular, un frío penetrante se adueñaba del lugar mientras yo deambulaba por las calles. Mis manos temblaban ligeramente mientras buscaba refugio de las inclemencias del tiempo. Fue entonces cuando mis pasos me llevaron a una pequeña librería de segunda mano, un respiro de calor en medio de la gélida jornada. Una vendedora amable y atenta, envuelta en una bufanda gruesa, me dio la bienvenida con una sonrisa cálida. con una mirada aguda y ojos centelleantes, notó mi interés por explorar el lugar. Me permitió recorrer cada rincón de la librería a mi propio ritmo. Los estantes, repletos de libros desgastados por el tiempo y con las páginas amarillentas, emitían un aroma característico y evocador. El olor a libro viejo es difícil de definir, pero es una mezcla de madera envejecida, tinta, polvo y nostalgia. Era un aroma que, para un bibliófilo como yo, representaba la promesa de descubrimientos literarios extraordinarios. Así, mientras exploraba los tesoros escondidos en esa librería, me encontré con esa edición en inglés de “Walden”. Sus páginas gastadas y amarillentas parecían contener siglos de sabiduría y reflexión. Fue un encuentro que cambió mi vida y que me transportó a un mundo de introspección, espiritualidad y conexión con la naturaleza, tal como lo había descrito Thoreau en su propia experiencia junto al lago Walden.

La encuadernación gastada y las páginas amarillentas hablaban de las muchas manos que habían sostenido esta obra a lo largo del tiempo. Su antigüedad era evidente, y eso solo añadía a su encanto.

Desde el momento en que abrí las páginas de “Walden”, me sumergí en un mundo de reflexión profunda y conexiones espirituales. Cada palabra escrita por Thoreau resonaba en mi ser como un eco de verdades eternas. Su narración de la vida en la cabaña junto al lago Walden me permitió “vivir” esos momentos a través de sus palabras. Pude sentir la brisa fresca que acariciaba su rostro mientras contemplaba las aguas tranquilas del lago y escuchaba el susurro de las hojas en los árboles cercanos.

La imagen del lago Walden en la obra de Thoreau se convirtió en un faro en mi vida. Hace años, durante un viaje a El Chaltén, en la hermosa Patagonia argentina, tuve el privilegio de presenciar un paisaje que me recordó poderosamente a las descripciones de Thoreau. Las majestuosas montañas, los lagos cristalinos y la inmensidad de la naturaleza me transportaron de nuevo a las páginas de “Walden”. Fue en ese momento cuando comprendí plenamente el impacto que este libro había tenido en mi alma y en mi percepción del mundo.

“Walden” no es simplemente una obra literaria; es una filosofía de vida. A través de las palabras de Thoreau, fui inspirado a cuestionar las convenciones sociales y a buscar una conexión más profunda con la naturaleza y mi propia espiritualidad. Me enseñó la importancia de vivir deliberadamente, de simplificar mi existencia y de buscar la verdad y la autenticidad en un mundo lleno de distracciones y superficialidades.

En cuanto a su relación con la filosofía trascendentalista, “Walden” encarna los principios centrales de este movimiento literario y filosófico. El trascendentalismo, que floreció en la América del siglo XIX, enfatiza la importancia de la intuición, la espiritualidad individual y la conexión con la naturaleza como vías para alcanzar la verdad y la sabiduría. Thoreau abraza estos principios al abogar por una vida simple y una profunda conexión con la naturaleza como medios para encontrar la verdad y la autenticidad.

El cristianismo también aparece en el texto de “Walden”, aunque de una manera más crítica y selectiva. Thoreau reconoce la influencia del cristianismo en la cultura de su época, pero al mismo tiempo critica las instituciones religiosas y la falta de espiritualidad genuina en la sociedad. Argumenta que la verdadera espiritualidad se encuentra en la conexión directa con la naturaleza y la búsqueda personal de la verdad, en lugar de seguir dogmas religiosos convencionales. Pienso que Thoreau está criticando el racionalismo fariseísta del cristianismo occidental de su época, ese puritanismo vacío y hueco que nos muestra un esqueleto allí dónde debería existir la vida.

Además del cristianismo, Thoreau incorpora elementos espirituales de otras religiones en su obra. Explora conceptos budistas de meditación y contemplación, así como la idea de vivir deliberadamente, que tiene similitudes con las filosofías orientales de la simplicidad y la autenticidad. También muestra interés en las enseñanzas de figuras espirituales como Confucio y Lao-Tsé, destacando la universalidad de las verdades espirituales más allá de las fronteras religiosas.

En cuanto a la paz, Thoreau aboga por la paz interior y la armonía con la naturaleza como una vía para alcanzar la verdadera tranquilidad. Él ve la naturaleza como un refugio de paz y un espejo en el que el individuo puede reflejar su propia esencia. Thoreau encuentra la paz al simplificar su vida, alejarse de las distracciones materiales y vivir en armonía con los ciclos naturales. Para él, la verdadera paz no se encuentra en la agitación de la sociedad, sino en la serenidad de la vida en la naturaleza.

Este libro no solo marcó mi vida, sino que también influyó en la manera en que comprendo la historia y la literatura. A través de la lente de Thoreau, he llegado a apreciar la profundidad de la experiencia humana y la búsqueda constante de significado en medio de la vorágine de la sociedad. Su enfoque en la simplicidad, la introspección y la resistencia pacífica ha dejado una huella imborrable en mi enfoque de la historia y mi comprensión de la condición humana.

En resumen, “Walden” es mucho más que un libro antiguo en mi colección; es una joya literaria que se ha apoderado de mi alma y ha enriquecido mi vida de maneras inimaginables. A través de sus páginas amarillentas y desgastadas, he encontrado una conexión profunda con la naturaleza, la espiritualidad y la búsqueda de la verdad. Esta obra maestra de Thoreau continúa iluminando mi camino, recordándome la importancia de vivir deliberadamente y encontrar la paz interior en medio de las turbulencias del siglo XXI. Su influencia trasciende el tiempo y sigue inspirando a hombres y mujeres en busca de significado y autenticidad en un mundo en constante cambio.