El sacramento velado: una hipótesis de trabajo

“Se les abrieron los ojos y lo reconocieron al partir el pan, pero él desapareció de su vista.”
(Lc 24,31)

Existe en la tradición litúrgica una antigua y persistente intuición: que el Verbo, cuando se entrega a los suyos en el Sacramento, no se exhibe, al contrario se vela. Lejos de ser una ausencia se trata de una forma singular de presencia, una presencia que, al estilo del Logos encarnado, prefiere el silencio, la pobreza del signo, el temblor del pan partido.

Los Padres hablaban del sacramentum, no como concepto lógico, sino como epifanía velada, como aquello que se manifiesta precisamente en su ocultamiento. San Gregorio de Nisa, San Cirilo de Jerusalén, incluso Ambrosio, sugieren —más por la vía de la adoración que de la definición— que el Sacramento no debe ser “explicado” sino “recibido”.

¿Y si la humildad del pan no fuese una limitación, sino precisamente la forma eucarística de la kenosis del Hijo, que “no retuvo el ser igual a Dios como una posesión”, sino que eligió el anonadamiento? ¿No es eso lo que ocurre también aquí, cuando el Cristo glorificado se entrega no como visión, sino como alimento?

Tal vez no haga falta multiplicar teorías ni fijar en mármol los contornos de un misterio que, por su misma naturaleza, se ofrece para ser adorado, no poseído. Lo importante no sería cómo se da, sino que se da realmente, y se da por amor. Y ese amor —como toda presencia divina— elige ocultarse para ser buscado.

La kenosis en Newman: humildad encarnada y forma eclesial

En el núcleo de la teología de John Henry Newman, profundamente eclesial y matizada, subyace una idea que, aunque rara vez expresada con el lenguaje técnico del cristianismo oriental, se manifiesta con fuerza en su concepción de la santidad, la misión y la verdad de la Iglesia: la kenosis/κένωσις como forma espiritual del cristianismo.​

Para Newman, la fe nunca es un asentimiento abstracto, ni la Iglesia una estructura doctrinal impersonal. Ambas son expresiones históricas de un Misterio que se descendó —ἐκένωσεν— por amor. En su predicación, meditación y visión de la vida cristiana, podemos observar la convicción de que el camino del Verbo encarnado es esencialmente un camino de despojamiento, de obediencia silenciosa y de entrega confiada hasta el extremo. Por ello, la κένωσις es una clave hermenéutica del Evangelio y de la misma Iglesia.​

En su sermón “La cruz de Cristo, medida del mundo” (The Cross of Christ the Measure of the World), predicado el 9 de abril de 1841, Newman reflexiona sobre la crucifixión como la clave para interpretar el mundo y sus valores. Afirma que la cruz de Cristo otorga su verdadero valor a todo lo que vemos, desafiando las nociones mundanas de poder y prestigio. Este sermón destaca cómo la humildad y el sufrimiento de Cristo revelan el verdadero carácter de Dios y sirven de modelo para la vida cristiana. ​

Esta idea resuena de manera especialmente elocuente en su lectura de la historia eclesial. En The Church of the Fathers, Newman contempla con veneración cómo los mártires, santos y doctores de la Iglesia primitiva vivieron la fe no desde el poder, sino desde la marginalidad, la pobreza y el sufrimiento. Lo que confiere autoridad a los Padres (ergo, a la tradición católica) no es su influencia cultural, sino su fidelidad al misterio del Cristo humillado. Por ello, el desarrollo doctrinal legítimo no es el que avanza por acumulación de saber, sino aquel que se purifica en el crisol de la entrega, en la escuela de la Cruz. ​

La κένωσις en Newman, se convierte así en una forma eclesiológica: la verdadera Iglesia es la que participa del despojo de su Señor. Es la Iglesia que no busca triunfar según los criterios del mundo, sino que, como María al pie de la cruz, permanece en silencio, entregada, fecunda desde el abismo. Esta visión se radicaliza aún más en sus Meditaciones y Devociones, especialmente en los textos donde contempla la Pasión de Cristo. Allí, la kenosis no es solo un momento de la economía divina, sino el modelo perfecto del alma que ama. Newman escribe: “Ser ignorado, ser despreciado, ser callado; esta es la vida del siervo de Dios”.

En tiempos de crisis o controversia, Newman siempre vuelve a esta actitud interior de Cristo como criterio de discernimiento. Frente al orgullo de la razón moderna o el autoritarismo religioso, propone la humildad de Cristo como único camino auténtico: una razón creyente que se arrodilla ante el misterio, una autoridad que se entiende como servicio.​

Por ello, aunque Newman no desarrolla una teología formal de la κένωσις al modo de los Padres griegos, su obra entera puede leerse como una espiritualidad kenótica: una llamada a entrar en la verdad por la vía de la humildad. En él la κένωσις deja de ser un concepto teológico para volverse forma de vida. El cristianismo, cuando es verdadero, no busca afirmarse, sino entregarse. Y solo entregándose se revela.

Dar la vida: hacia una teología del martirio como don radical del ser

El martirio es, ante todo, un misterio. No simplemente un acto heroico ni un hecho biográfico. Es un gesto que excede las categorías morales y que desafía incluso el aparato conceptual de la metafísica clásica, pues en él se juega no sólo una ética, sino una ontología: la del don de sí mismo como revelación. El mártir no es el que muere por una causa, sino el que vive y muere como causa revelada. El martirio, en definitiva no es ni un suicidio sacralizado ni una militancia espiritualizada, sino un abandono total que, sin violencia, consuma la forma cristiana del ser.

I. La figura del mártir en la Iglesia antigua: entre Λόγος y gloria

Desde los primeros siglos, la Iglesia reconoció en el martirio la cumbre de la existencia cristiana. Orígenes de Alejandría, en su Exhortación al martirio, no sólo defiende el valor espiritual del testimonio hasta la muerte, sino que presenta esta entrega como una forma de μυστικὴ ἕνωσις (unión mística) con el Λόγος. En la lógica origeniana, el martirio no es mera pasividad ante el mal, sino una respuesta teologal, una “imitatio Christi” que alcanza su perfección precisamente cuando el alma se une al Verbo no sólo por la fe, sino por la sangre.

Para Orígenes, el martirio implica una participación directa en la κένωσις de Cristo. Es obediencia, pero sobre todo es incorporación: “Si el Verbo se hizo carne, es para que nuestra carne, transida por el sufrimiento, se haga verbo encarnado“. En esta clave, el martirio es la forma sacramental de la entrega: el cuerpo mismo del testigo se convierte en texto, en exégesis viva del Evangelio. El mártir interpreta con su carne lo que la Escritura revela con palabras. Y más aún: en su desfiguración, figura lo que aún no ha sido plenamente dicho.

San Gregorio de Nisa, en su homilía sobre los Cuarenta Mártires de Sebaste, prolonga esta línea mística pero introduce una dimensión que luego resonará en la teología medieval: el martirio es transformación. Allí donde Orígenes ve la unión, Gregorio contempla la transfiguración. El fuego, el hielo, la tortura: todos estos elementos, en la visión niseana, no son pruebas físicas, sino instrumentos teológicos. La carne doliente del mártir es cocida por la gloria, y en esa cocción sufre una segunda creación.

Como buen platónico cristiano, San Gregorio de Nisa, percibe que el sufrimiento del justo no es nunca pérdida. Al contrario, es el único medio a través del cual el alma puede purificarse de todo residuo de lo sensible. “Los cuerpos de los santos se ofrecieron como templos a la gloria”, escribe. En su concepción el martirio es epifanía: hace visible la verdad escondida de lo cristiano. De este modo, el mártir no sólo muere como testigo: él se vuelve testimonio mismo. Lo que dice con su sangre es lo que el mundo se rehúsa a oír: que Dios ha vencido por la debilidad, que el poder reside en el amor oblativo, y que el ser más pleno se revela cuando el ego desaparece.

II. El sufrimiento como justicia: el eco de San Anselmo

Este mismo misterio del martirio como transformación ontológica se encuentra también, aunque desde una perspectiva más jurídica, en San Anselmo de Canterbury. En su Cur Deus homo, el sufrimiento redentor de Cristo es presentado como una restitución objetiva del orden violado por el pecado. Pero detrás de esta racionalidad satisfactoria se esconde una teología del amor que puede iluminar, indirectamente, la lógica del martirio.

El mártir, como el Cristo de San Anselmo, no busca el sufrimiento como fin, sino que acepta la muerte como respuesta al desorden del mundo. El mártir repara, no con violencia, sino con obediencia. Su entrega no tiene función penal, sino restauradora: “satisface” al mostrar que el amor no se deja vencer ni por la injusticia ni por la muerte. Si Dios se hizo hombre para redimir desde dentro, el mártir se hace ofrenda para testimoniar que esa redención es efectiva, no sólo en el orden invisible del alma, sino en la visibilidad cruda del cuerpo sufriente.

San Anselmo, al subrayar la necesidad de que la satisfacción sea proporcional a la ofensa, abre un espacio teológico para entender el martirio como acto justo. Pero esta justicia no es simétrica: es la justicia del don, la que se desborda más allá del cálculo. El mártir, como Cristo, no paga, sino que da. Y al dar más de lo que se le exige —su propia vida— restablece, en el corazón del caos, una medida nueva: la medida del amor sin medida.

III. El mártir como signo escatológico: Newman y la lógica del testimonio

Es en este punto donde conviene introducir la figura de John Henry Newman, quien en The Church of the Fathers reconoce en el martirio el testimonio radical de la verdad revelada. Para Newman, los mártires no son meros héroes religiosos, sino profetas encarnados. Ellos no discuten la verdad; la encarnan. No argumentan contra el error; lo exponen al morir sin odio.

Newman, influido por la sensibilidad patrística y la conciencia moderna, entiende que la Iglesia es más creíble por sus mártires que por sus argumentos. En el martirio, la verdad se hace carne en la carne herida del testigo. La fe ya no es sólo adhesión intelectual, sino acontecimiento existencial. El martirio es el sacramento del Reino: anticipa, en la forma del fracaso, la victoria definitiva del amor.

Y sin embargo, advierte Newman, el martirio no se busca. No es deseo narcisista de gloria ni pulsión de muerte disfrazada de piedad. El mártir auténtico no muere por su causa, sino por Alguien. Su vida ha sido configurada por una verdad que lo excede, y que por tanto lo arrastra. “La sangre de los mártires es semilla de la Iglesia”, dice la antigua máxima. Pero para Newman, es más que semilla: es revelación esjatológica. Es anuncio, aquí y ahora, de un mundo que sólo podrá venir cuando el yo haya sido entregado como oblación.

IV. Dar más allá del ser: Marion y el martirio como exceso

Es aquí donde Jean-Luc Marion, en su obra Dios sin el ser, ofrece una categoría crucial para pensar el martirio como don radical del yo. Marion, siguiendo la estela de la fenomenología post-heideggeriana, propone que Dios no se revela como ente supremo ni como fundamento del ser, sino como don absoluto que irrumpe más allá de toda economía ontológica.

Este “Dios sin el ser” no se posee, no se define, no se contiene. Se da. Se da hasta el extremo. Y el sujeto que recibe este don, si quiere verdaderamente acogerlo, no puede hacer otra cosa que responder con una donación análoga. El mártir es, por tanto, el que ha recibido la gracia del exceso, y que sólo puede responder con un exceso semejante: dar el ser que ha recibido, sin reservas.

El martirio, desde esta perspectiva, es un acto sin retorno. No es cálculo ni contrato, sino abandono. Es un sí absoluto a un Llamado que no se explica ni se justifica, pero que arrastra. En el lenguaje de Marion, el mártir es un “fenómeno saturado”: un sujeto que, al darlo todo, excede incluso la capacidad de ser comprendido. Por eso el martirio desconcierta: porque pone en crisis nuestras categorías más básicas de sentido, utilidad y justicia.

Conclusión: el cuerpo entregado, la verdad revelada

El mártir es una grieta en el presente, un umbral por donde irrumpe el Reino. En él se revela lo más profundo del cristianismo: sólo se gana lo que se entrega, sólo se vive lo que se muere, sólo se conoce la verdad cuando se está dispuesto a ser herido por ella.

Desde Orígenes hasta Marion, la tradición ha intuído que el martirio no es una anomalía, sino el punto de máxima coherencia de la fe cristiana. El lugar donde la teología se hace carne y la carne se hace revelación. Donde el amor deja de ser palabra, y se vuelve sangre.

El martirio está lejos de ser el fin de la vida: es su forma plena. No es interrupción, sino consumación. Y por eso, en un mundo que mide todo en función de su utilidad, el mártir aparece como escándalo. Pero también, y sobre todo, como promesa.

La eclesiología implícita en “La Iglesia de los Padres” de John Henry Newman


Publicada por primera vez en 1840, The Church of the Fathers reúne una serie de ensayos escritos entre 1833 y 1836 por John Henry Newman para The British Magazine, en el contexto del Movimiento de Oxford. Si bien la obra fue concebida como un conjunto de retratos piadosos y narraciones devocionales, resulta posible identificar en su interior una visión eclesiológica coherente, aunque no sistemática.

Leída con atención, la obra ofrece una imagen de la Iglesia primitiva que responde a una sensibilidad doctrinal precisa: Newman propone una Iglesia visible, santa, jerárquica y tradicional, cuya vida espiritual y estructura interna se articulan orgánicamente. La intención de este artículo es exponer esta eclesiología implícita, reconstruyéndola exclusivamente desde el contenido del libro.

La Iglesia: una realidad espiritual y visible
La constante elección de personajes concretos (San Basilio, San Gregorio Nacianceno, San Antonio, San Atanasio, etc) indica que la santidad, para Newman, es siempre encarnada. No existe una Iglesia invisible y puramente espiritual, sino una Iglesia concreta, histórica, que se manifiesta en vidas personales, en estructuras visibles y en decisiones públicas. El martirio, la defensa de la fe, la vida ascética y la participación litúrgica son pruebas de una espiritualidad que se vive en la carne.

Como afirma Newman respecto a San Antonio, “he was the founder of a new state of life, which has left its mark upon the Church in every age”. La Iglesia no se reduce a ideas o estructuras, sino que se manifiesta en formas de vida.

Ahora, esta realidad visible y sensible que es la Iglesia ¿Cómo está estructurada? Todos los protagonistas de la obra son obispos o figuras en estrecha relación con el episcopado. San Basilio de Cesarea, San Gregorio de Nacianzo, y San Ambrosio de Milán son retratados no solo por sus virtudes personales, sino por su rol institucional. Newman no discute la necesidad del episcopado: la presenta como un hecho constitutivo de la Iglesia.

La autoridad episcopal se define como servicio, pero también como firmeza doctrinal y discernimiento espiritual. San Atanasio, por ejemplo, aparece como el guardián de la ortodoxia en medio del arrianismo: “the guardian of the truth committed to the Church, when the world was against him”. La sucesión apostólica está implícitamente afirmada en la continuidad entre doctrina, cargo y testimonio personal.

La liturgia como alma de la Iglesia y su vínculo con la ortodoxia
En el ensayo titulado The Discipline of the Church, Newman describe con detalle la preparación catecumenal, el sentido reverente de los sacramentos y la solemnidad del culto. La liturgia no es un accesorio, sino la expresión ritual de la fe viva. Su belleza refleja la belleza espiritual del cuerpo eclesial.

Este tratamiento responde también a una intención polémica velada: frente al racionalismo y la desritualización del protestantismo, y en especial del protestantismo del siglo XIX Newman revaloriza la forma externa como expresión del contenido espiritual. La lex orandi se asocia aquí directamente con la lex credendi.

Uno de los ensayos más significativos está dedicado a San Atanasio. Su lucha contra el arrianismo no es presentada como una controversia académica, sino como una defensa espiritual de la verdad revelada. Esa misma verdad que encuentra su lugar en la liturgia. Newman afirma que San Atanasio “suffered banishment again and again, but never wavered in his confession”.

La ortodoxia es entendida como fidelidad viva a la verdad de Cristo, transmitida y defendida por la Iglesia a lo largo del tiempo. La herejía no aparece como una mera desviación intelectual, sino como ruptura con la vida misma del cuerpo eclesial. La fe es siempre una tradición, la herejía una innovación, una discontinuidad, un intento de empezar desde cero.

Conclusión: la Iglesia como contemplación encarnada
The Church of the Fathers no presenta una eclesiología definida en términos conceptuales, pero sí ofrece una visión integrada de la Iglesia: una comunidad santa, visible, apostólica, litúrgica y escatológica. Newman no desarrolla una doctrina sistemática, pero retrata la Iglesia como un organismo vivo que se encarna en los santos, se expresa en la liturgia, se organiza en la jerarquía y se preserva en la fidelidad doctrinal.

Leída como conjunto, la obra constituye una intuición poderosa de la Iglesia como misterio encarnado, anticipando desarrollos posteriores que, sin embargo, ya están contenidos en germen en esta temprana meditación histórica y espiritual. En estos momentos en los que historiadores, filósofos, sociologos y teólogos se preguntan sobre la Iglesia, podemos volver los ojos a Newman y como él, explorar en la Patristica las respuestas a los problemas de la actualidad.

Saepius officio: la respuesta anglicana a la Apostolica Curae

Hace varios años que converso con el obispo Antonio Duarte Santos Rodrigues, de la Igreja Católica Apostólica Brasileira (ICAB). Es un amigo, por lejos uno de mis mejores amigos, y a lo largo del tiempo he tenido el honor de compartir charlas sobre diversas cuestiones teológicas, litúrgicas y escriturísticas. Nuestro intercambio ha sido siempre fecundo, permitiéndonos explorar en profundidad temas que van desde la interpretación patrística hasta los desafíos contemporáneos de la teología sacramental.

Este verano, mientras permanecía en su casa, surgió en la conversación el tema de las órdenes anglicanas, una cuestión que ha sido objeto de intensos debates desde la promulgación de la bula Apostolicae Curae de León XIII en 1896. Tanto Dom Duarte como la ICAB sostienen firmemente que las órdenes anglicanas no son válidas, adhiriendo así a la enseñanza tradicional católica sobre este asunto. Esto cobra aún más relevancia si consideramos que algunos sectores del anglicanismo han intentado recuperar un lenguaje más cercano a la teología sacramental católica, aunque sin éxito en disipar las dudas sobre la validez de su sucesión apostólica.

Uno de los puntos que comentamos fue la respuesta que los obispos anglicanos Frederick Temple (Canterbury) y William Maclagan (York) dieron a Apostolicae Curae. Es un hecho innegable que pocos han leído con detenimiento este documento y que, con el paso del tiempo, muchos aspectos de la respuesta anglicana han quedado obsoletos, particularmente debido a la evolución de la teología sacramental en el anglicanismo contemporáneo, que ha llevado a prácticas como la ordenación de mujeres y, en algunos casos, una visión más protestante de los sacramentos. No obstante, la declaración de Temple y Maclagan sigue siendo un documento histórico de gran valor, no solo por la argumentación que presentan, sino porque nos invita a reflexionar con rigor sobre la naturaleza de la sucesión apostólica y la validez sacramental en las tradiciones cristianas.

En definitiva, el estudio de estos textos, aunque sus conclusiones sean irreconciliables con la doctrina católica, nos ofrece una perspectiva fundamental para entender el desarrollo histórico y doctrinal del anglicanismo y su intento de diálogo con Roma. Reflexionar sobre ello no solo fortalece nuestra comprensión de la tradición católica, sino que nos permite apreciar la importancia de la claridad teológica en la transmisión de la fe y en la integridad de la sucesión apostólica.

Invitamos a los lectores a repasar estas páginas y sacar sus propias conclusiones.