En la tradición cristiana el tiempo es un recibido. Cada año que comienza nos es confiado como una oportunidad para ordenar la vida, examinar el corazón y volver, sin estridencias, a lo que es verdadero.
No debemos adentramos en un año nuevo como quien huye del pasado, sino más bien como quien ofrece a Dios lo vivido: lo bueno y lo fallido, lo comprendido y lo todavía oscuro. La fe es habitar el tiempo con responsabilidad, paciencia y esperanza. En medio de un mundo fatigado por el ruido y la urgencia, el comienzo de un año es una invitación al recogimiento, a la claridad moral y a la caridad concreta. No para buscar certezas absolutas, levantar banderas, muchas veces apenas comprendidas, sino para vivir con fidelidad lo que nos fue entregado, confiando en que la gracia actúa, principalmente, cuando no la vemos.
Que este año nos encuentre trabajando con diligencia, pensando con honestidad y viviendo con sobriedad de espíritu. Que sepamos discernir lo que edifica, resistir lo que vacía y perseverar en aquello que da fruto.
Y que, al recorrer los días que se abren ante nosotros, aprendamos a caminar humildemente con nuestro Dios (Miq 6:8), sostenidos por la misericordia y guiados por la esperanza.
En mis años, tanto como historiador y bibliófilo, he tenido el honor de explorar y estudiar innumerables obras literarias. Sin embargo, entre las páginas desgastadas de mi colección personal de libros antiguos y “raros”, una edición en inglés de “Walden” de Henry David Thoreau brilla con un esplendor especial. Adquirida durante uno de mis viajes, esta reliquia literaria ha dejado una marca indeleble en mi alma y ha dejado una huella profunda en mi vida como ningún otro libro lo ha hecho.
El viaje que emprendí para adquirir esta antigua edición de “Walden” fue en sí mismo una experiencia memorable. Ese día en particular, un frío penetrante se adueñaba del lugar mientras yo deambulaba por las calles. Mis manos temblaban ligeramente mientras buscaba refugio de las inclemencias del tiempo. Fue entonces cuando mis pasos me llevaron a una pequeña librería de segunda mano, un respiro de calor en medio de la gélida jornada. Una vendedora amable y atenta, envuelta en una bufanda gruesa, me dio la bienvenida con una sonrisa cálida. con una mirada aguda y ojos centelleantes, notó mi interés por explorar el lugar. Me permitió recorrer cada rincón de la librería a mi propio ritmo. Los estantes, repletos de libros desgastados por el tiempo y con las páginas amarillentas, emitían un aroma característico y evocador. El olor a libro viejo es difícil de definir, pero es una mezcla de madera envejecida, tinta, polvo y nostalgia. Era un aroma que, para un bibliófilo como yo, representaba la promesa de descubrimientos literarios extraordinarios. Así, mientras exploraba los tesoros escondidos en esa librería, me encontré con esa edición en inglés de “Walden”. Sus páginas gastadas y amarillentas parecían contener siglos de sabiduría y reflexión. Fue un encuentro que cambió mi vida y que me transportó a un mundo de introspección, espiritualidad y conexión con la naturaleza, tal como lo había descrito Thoreau en su propia experiencia junto al lago Walden.
La encuadernación gastada y las páginas amarillentas hablaban de las muchas manos que habían sostenido esta obra a lo largo del tiempo. Su antigüedad era evidente, y eso solo añadía a su encanto.
Desde el momento en que abrí las páginas de “Walden”, me sumergí en un mundo de reflexión profunda y conexiones espirituales. Cada palabra escrita por Thoreau resonaba en mi ser como un eco de verdades eternas. Su narración de la vida en la cabaña junto al lago Walden me permitió “vivir” esos momentos a través de sus palabras. Pude sentir la brisa fresca que acariciaba su rostro mientras contemplaba las aguas tranquilas del lago y escuchaba el susurro de las hojas en los árboles cercanos.
La imagen del lago Walden en la obra de Thoreau se convirtió en un faro en mi vida. Hace años, durante un viaje a El Chaltén, en la hermosa Patagonia argentina, tuve el privilegio de presenciar un paisaje que me recordó poderosamente a las descripciones de Thoreau. Las majestuosas montañas, los lagos cristalinos y la inmensidad de la naturaleza me transportaron de nuevo a las páginas de “Walden”. Fue en ese momento cuando comprendí plenamente el impacto que este libro había tenido en mi alma y en mi percepción del mundo.
“Walden” no es simplemente una obra literaria; es una filosofía de vida. A través de las palabras de Thoreau, fui inspirado a cuestionar las convenciones sociales y a buscar una conexión más profunda con la naturaleza y mi propia espiritualidad. Me enseñó la importancia de vivir deliberadamente, de simplificar mi existencia y de buscar la verdad y la autenticidad en un mundo lleno de distracciones y superficialidades.
En cuanto a su relación con la filosofía trascendentalista, “Walden” encarna los principios centrales de este movimiento literario y filosófico. El trascendentalismo, que floreció en la América del siglo XIX, enfatiza la importancia de la intuición, la espiritualidad individual y la conexión con la naturaleza como vías para alcanzar la verdad y la sabiduría. Thoreau abraza estos principios al abogar por una vida simple y una profunda conexión con la naturaleza como medios para encontrar la verdad y la autenticidad.
El cristianismo también aparece en el texto de “Walden”, aunque de una manera más crítica y selectiva. Thoreau reconoce la influencia del cristianismo en la cultura de su época, pero al mismo tiempo critica las instituciones religiosas y la falta de espiritualidad genuina en la sociedad. Argumenta que la verdadera espiritualidad se encuentra en la conexión directa con la naturaleza y la búsqueda personal de la verdad, en lugar de seguir dogmas religiosos convencionales. Pienso que Thoreau está criticando el racionalismo fariseísta del cristianismo occidental de su época, ese puritanismo vacío y hueco que nos muestra un esqueleto allí dónde debería existir la vida.
Además del cristianismo, Thoreau incorpora elementos espirituales de otras religiones en su obra. Explora conceptos budistas de meditación y contemplación, así como la idea de vivir deliberadamente, que tiene similitudes con las filosofías orientales de la simplicidad y la autenticidad. También muestra interés en las enseñanzas de figuras espirituales como Confucio y Lao-Tsé, destacando la universalidad de las verdades espirituales más allá de las fronteras religiosas.
En cuanto a la paz, Thoreau aboga por la paz interior y la armonía con la naturaleza como una vía para alcanzar la verdadera tranquilidad. Él ve la naturaleza como un refugio de paz y un espejo en el que el individuo puede reflejar su propia esencia. Thoreau encuentra la paz al simplificar su vida, alejarse de las distracciones materiales y vivir en armonía con los ciclos naturales. Para él, la verdadera paz no se encuentra en la agitación de la sociedad, sino en la serenidad de la vida en la naturaleza.
Este libro no solo marcó mi vida, sino que también influyó en la manera en que comprendo la historia y la literatura. A través de la lente de Thoreau, he llegado a apreciar la profundidad de la experiencia humana y la búsqueda constante de significado en medio de la vorágine de la sociedad. Su enfoque en la simplicidad, la introspección y la resistencia pacífica ha dejado una huella imborrable en mi enfoque de la historia y mi comprensión de la condición humana.
En resumen, “Walden” es mucho más que un libro antiguo en mi colección; es una joya literaria que se ha apoderado de mi alma y ha enriquecido mi vida de maneras inimaginables. A través de sus páginas amarillentas y desgastadas, he encontrado una conexión profunda con la naturaleza, la espiritualidad y la búsqueda de la verdad. Esta obra maestra de Thoreau continúa iluminando mi camino, recordándome la importancia de vivir deliberadamente y encontrar la paz interior en medio de las turbulencias del siglo XXI. Su influencia trasciende el tiempo y sigue inspirando a hombres y mujeres en busca de significado y autenticidad en un mundo en constante cambio.
Llegué al Abbé Henri Stéphane de pura casualidad allá por el año 2003 o 2004. Uno de sus textos estaba publicado en un sitio web que ya no existe y del que pude guardar algunas publicaciones por el simple hecho de que, entonces, no tenía internet en mi casa y recurría a un “ciber”, donde además de revisar mi correo descargaba contenido para leer más tranquilo en mi hogar. Con el tiempo pude ir recogiendo, siempre desde Internet, otros escritos, no siempre completos, y finalmente los imprimí y mandé a anillar. Así “reconstruí” lo que, luego de una importante operación —por lo menos para mí— hoy llegó a mis manos en su forma definitiva: los dos volúmenes de Introduction à l’Esotérisme Chrétien, publicados por la editorial Dervy, el primero en 1979 y el segundo en 1983.
El Abbé Henri Stéphane es el nombre bajo el cual escribió André Gircourt, quien también firmó algunos textos como André Bertilleville. Sacerdote católico y profesor de matemáticas, en 1943 conoció la obra de René Guénon y Frithjof Schuon, hecho que marcó un verdadero giro epistémico en su pensamiento. De allí en adelante se adentró en el estudio comparado de las tradiciones religiosas, particularmente el hinduismo y el islam, con la convicción de que el cristianismo, en su profundidad simbólica y sacramental, participa plenamente de lo que Guénon llamó la “Tradición primordial”.
Lo notable de los escritos del Abbé Stéphane es que no fueron concebidos para la publicación. Se trataba de lecciones, apuntes y meditaciones compartidas en un círculo reducido, que finalmente fueron editadas gracias al trabajo de sus discípulos y amigos, entre ellos François Chénique. La edición de Dervy se abre y se cierra con los textos del profesor Jean Borella, quien aporta un prefacio y un epílogo que sitúan al Abbé dentro de la corriente del “esoterismo cristiano”, en diálogo con la metafísica guenoniana y la teología cristiana de corte místico.
En sus páginas, Introduction à l’Esotérisme Chrétien ofrece una exploración de la dimensión interior de la fe, esa capa profunda en la que los sacramentos, los símbolos litúrgicos y la oración se convierten en puerta de acceso a los misterios divinos. Stéphane insiste en que el cristianismo, lejos de ser una religión meramente moral o institucional, es ante todo un camino de unión con lo divino que debe ser comprendido desde dentro. En este sentido, el Abbé se suma a la línea de pensadores que buscan mostrar la continuidad entre la mística cristiana y la sabiduría universal de las religiones.
La obra tiene el mérito de abrir un horizonte espiritual poco frecuentado: invita a releer el cristianismo desde su simbolismo sacramental, su teología del misterio y su conexión con la Tradición. Por supuesto, no es un libro fácil: sus páginas presuponen familiaridad con el lenguaje metafísico de Guénon y Schuon, así como con la patrística y la teología medieval. Pero en esa dificultad se encuentra también su riqueza, pues no se trata de un manual académico, sino de un itinerario espiritual trazado por un sacerdote que vivió su fe con radicalidad y profundidad.
Al final, estos dos volúmenes constituyen mucho más que una introducción: son una puerta abierta hacia el redescubrimiento del cristianismo en clave esotérica, como tradición viva y universal. Para quienes buscan un diálogo serio entre la fe cristiana y la metafísica tradicional, el Abbé Henri Stéphane se revela como una figura imprescindible, discreta pero luminosa.
Quisiera destacar un fragmento de uno de los opúsculos reunidos en Introduction à l’Esotérisme Chrétien que trata sobre el tema de la revelación:
La Revelación vino para volver a enseñar al hombre a leer en las cosas y en si mismo el lenguaje divino del Verbo Creador, a reencontrar en ellas y en si su verdadera esencia que es divina. Así Dios es Luz; el Verbo es «la Luz que luce en las tinieblas» y que «ilumina a todo hombre» (Juan I, 5-9); en lenguaje teológico, esta Luz que ilumina la inteligencia del hombre, es la fe, y son también los dones de a Ciencia, de la Inteligencia y de la Sabiduría, siendo esta a la vez Luz y Amor. Bajo la influencia de estos dones, el alma aprende a reencontrar en si y en todas las cosas la verdadera Realidad que es Dios; ella alcanza así la contemplación y todas las cosas le hablan de Dios, de este Verbo que, en cada instante de la eternidad, le confiere la existencia. Ella llega así al conocimiento del misterio, del cual el apóstol afirma que tiene la inteligencia (Ef. III,3): es el misterio del Verbo y de la Creación de todas las cosas en el, el misterio del Verbo Encarnado y de la Restauración de todas las cosas en él: «Reunir todas las cosas en Jesucristo, aquellas que están en los cielos y aquellas que están en la tierra» (Ef. I, 10)
Desde la caída de los primeros padres yace una búsqueda eterna, un anhelo que ha resonado en los corazones de hombres y mujeres a lo largo de las eras: el llamado hacia lo Absoluto, hacia una vida apartada, lejos del bullicio mundano y las convenciones sociales. Este deseo, arraigado en la esencia misma del ser humano, ha dado origen a la vocación eremítica, un sendero de soledad y silencio que trasciende épocas y culturas.
El tiempo de la cuaresma es una clara invitación a reflexionar sobre los testimonios de aquellos que han abrazado esta vida de retiro, apartándose de las multitudes para buscar una comunión más profunda con lo divino. Aquí la figura de Jesús de Nazareth se destaca sobre todos, porque no sólo fue cuarenta días al desierto y ayunó, para ser tentado, sino que en varias oportunidades se retiraba en soledad, a lugares desiertos, para orar (Mateo 4:1-11; Marcos 1:12-13; Lucas 4:1-13; Mateo 14:13; Marcos 6:31; Lucas 5:16; Lucas 6:12; Juan 6:15; Juan 11:54) al Padre. A imitación de él, primero San Pablo, se retiró a lugares alejados a fin de tener un contacto directo con Dios (Gálatas 1:15-18). Este ejemplo fue el que siguieron los eremitas.
Desde los eremitas del antiguo oriente, quienes se adentraban en los bosques y ríos tras cumplir con sus deberes hacia la sociedad, hasta los monjes medievales de Europa, cuya existencia estaba imbuida de una espiritualidad cisterciense y benedictina, el eremitismo ha dejado una huella indeleble en la narrativa humana.
Sin embargo, más allá de las glorias pasadas, se alza una sombra de melancolía sobre el horizonte del eremitismo contemporáneo. En un mundo cada vez más enredado en las redes de la modernidad, el camino del ermitaño se vuelve cada vez más difícil de transitar. La agitación del presente, marcada por el ruido constante y la búsqueda frenética de gratificación instantánea, parece distanciar aún más al buscador solitario de su objetivo último.
A través de las palabras de sabios y eremitas podemos explorar dimensiones íntimas de esta vida apartada: la aridez del desierto interior, donde el buscador se enfrenta a la ausencia de respuestas y la oscuridad de la noche del alma, donde la presencia divina parece esquivar su mirada. Nos adentramos en el silencio fecundo, donde el ermitaño encuentra su voz más profunda, más allá de las palabras y las publicaciones, en el anonimato de su oración universal.
En este mundo de contradicciones y desafíos, el eremitismo interior emerge como una respuesta posible, una búsqueda de soledad y silencio que trasciende los límites físicos y se sumerge en las profundidades del alma. En un tiempo donde la pereza y el rechazo de la sociedad amenazan con socavar la esencia misma del eremitismo, surge la necesidad de redefinir y preservar este antiguo llamado hacia lo Absoluto.
Así, entre la nostalgia por un pasado dorado y la incertidumbre del presente, nos sumergimos en la esencia misma del eremitismo, un viaje de autodescubrimiento y comunión con lo divino que desafía las convenciones del mundo moderno y nos invita a explorar los rincones más profundos de nuestro ser.
He leído recientemente el breve pero sugestivo folleto Charles de Foucauld, hijo de Dios, soldado de Francia, hermano de Jesús (Ed. Gladius, 2023), en el que se repasa, con tono devoto y militante, la vida y muerte del vizconde francés convertido en ermitaño del desierto. El autor es Bernardino Montejano. Hay en este librito mucho que mueve a la piedad, pero también elementos que invitan a una lectura más matizada, incluso crítica.
Lo primero que me llamó la atención fue la centralidad de la Misa no ya como cumbre de la vida cristiana (lo cual es incuestionable), sino como criterio de misión. El folleto afirma, en efecto, que al fundar su pequeña familia religiosa, Foucauld no exigía la predicación ni la catequesis, sino el ofrecimiento del Santo Sacrificio, la oración y las obras de piedad. Puede parecer extraño a primera vista: ¿cómo pensar la evangelización sin anuncio explícito? ¿Cómo concebir la misión como algo silencioso, casi estático?
Sin embargo, esta concepción encierra una verdad profunda, aunque peligra de ser malinterpretada. En Charles de Foucauld, la liturgia no es decoración ni “espiritualidad” en el sentido moderno del término: es acto real, ontológico, que transforma al oferente en ofrenda. El altar se convierte así en trono y tumba, y el misionero, en hostia. No convence por elocuencia, sino por oblación. Esta es, me atrevo a decir, una teología de la presencia: una “misión eucarística”, donde el alma sacerdotal testimonia con su sola existencia la primacía de Cristo.
No obstante uno debe señalar una tensión importante. El texto sostiene que a los musulmanes no se los puede evangelizar directamente, porque primero hay que civilizarlos, pues los hombres cultos se abren con mayor facilidad a la verdad. Se trata de una afirmación que refleja más el pensamiento colonial del tiempo de de Foucauld que el Evangelio Eterno. El riesgo es evidente: confundir el Reino con Europa, la fe con la cultura, el Cristo con la Cristiandad. El catolicismo ha caído muchas veces en este error.
Finalmente, el folleto trata con veneración su muerte, aunque sin usar expresamente el término martirio. Se nos narra cómo, en medio del pánico, un tuareg lo hiere de muerte creyendo que iban a rescatarlo. No hay odio a la fe, sino miedo, confusión, caos. Y sin embargo, el texto sugiere que hay en esta muerte una forma de martirio, quizás no jurídico, pero sí místico. No lo contradigo: hay martirios que sólo Dios contabiliza, ofrecimientos silenciosos que no caben en la categoría de “odium fidei”, pero que brotan del mismo Amor crucificado.
Como un exiliado de Roma, sin haber renegado nunca del altar, encuentro en Charles de Foucauld una figura muy interesante. Es el tipo del santo silencioso, del testigo que evangeliza desde el tabernáculo interior, del misionero que no impone, sino que se inmola. Quizás allí reside su actualidad: en mostrar que la Misa no es un rito para creyentes, sino una presencia que reclama al mundo entero.