La kenosis en Newman: humildad encarnada y forma eclesial

En el núcleo de la teología de John Henry Newman, profundamente eclesial y matizada, subyace una idea que, aunque rara vez expresada con el lenguaje técnico del cristianismo oriental, se manifiesta con fuerza en su concepción de la santidad, la misión y la verdad de la Iglesia: la kenosis/κένωσις como forma espiritual del cristianismo.​

Para Newman, la fe nunca es un asentimiento abstracto, ni la Iglesia una estructura doctrinal impersonal. Ambas son expresiones históricas de un Misterio que se descendó —ἐκένωσεν— por amor. En su predicación, meditación y visión de la vida cristiana, podemos observar la convicción de que el camino del Verbo encarnado es esencialmente un camino de despojamiento, de obediencia silenciosa y de entrega confiada hasta el extremo. Por ello, la κένωσις es una clave hermenéutica del Evangelio y de la misma Iglesia.​

En su sermón “La cruz de Cristo, medida del mundo” (The Cross of Christ the Measure of the World), predicado el 9 de abril de 1841, Newman reflexiona sobre la crucifixión como la clave para interpretar el mundo y sus valores. Afirma que la cruz de Cristo otorga su verdadero valor a todo lo que vemos, desafiando las nociones mundanas de poder y prestigio. Este sermón destaca cómo la humildad y el sufrimiento de Cristo revelan el verdadero carácter de Dios y sirven de modelo para la vida cristiana. ​

Esta idea resuena de manera especialmente elocuente en su lectura de la historia eclesial. En The Church of the Fathers, Newman contempla con veneración cómo los mártires, santos y doctores de la Iglesia primitiva vivieron la fe no desde el poder, sino desde la marginalidad, la pobreza y el sufrimiento. Lo que confiere autoridad a los Padres (ergo, a la tradición católica) no es su influencia cultural, sino su fidelidad al misterio del Cristo humillado. Por ello, el desarrollo doctrinal legítimo no es el que avanza por acumulación de saber, sino aquel que se purifica en el crisol de la entrega, en la escuela de la Cruz. ​

La κένωσις en Newman, se convierte así en una forma eclesiológica: la verdadera Iglesia es la que participa del despojo de su Señor. Es la Iglesia que no busca triunfar según los criterios del mundo, sino que, como María al pie de la cruz, permanece en silencio, entregada, fecunda desde el abismo. Esta visión se radicaliza aún más en sus Meditaciones y Devociones, especialmente en los textos donde contempla la Pasión de Cristo. Allí, la kenosis no es solo un momento de la economía divina, sino el modelo perfecto del alma que ama. Newman escribe: “Ser ignorado, ser despreciado, ser callado; esta es la vida del siervo de Dios”.

En tiempos de crisis o controversia, Newman siempre vuelve a esta actitud interior de Cristo como criterio de discernimiento. Frente al orgullo de la razón moderna o el autoritarismo religioso, propone la humildad de Cristo como único camino auténtico: una razón creyente que se arrodilla ante el misterio, una autoridad que se entiende como servicio.​

Por ello, aunque Newman no desarrolla una teología formal de la κένωσις al modo de los Padres griegos, su obra entera puede leerse como una espiritualidad kenótica: una llamada a entrar en la verdad por la vía de la humildad. En él la κένωσις deja de ser un concepto teológico para volverse forma de vida. El cristianismo, cuando es verdadero, no busca afirmarse, sino entregarse. Y solo entregándose se revela.

El tiempo como imagen móvil de la eternidad. De Platón a San Agustín en “Las Confesiones”

Introducción

La relación entre tiempo y eternidad ha sido uno de los núcleos especulativos fundamentales del pensamiento occidental. La célebre definición platónica del Timeo, según la cual el tiempo es “imagen móvil de la eternidad” (eikōn aiōnos kinētē) marca un punto de partida para una larga tradición que incluye a pensadores tan diversos como Aristóteles, los estoicos, Plotino y, en una síntesis profundamente original, San Agustín. En esta pubicaci{on queremos abordar la forma en que el San Agustín, particularmente en el Libro XI de Las Confesiones, asume y transforma la herencia platónica, desplazando el análisis del plano cosmológico al plano de la interioridad

Platón: el tiempo como imagen del ser eterno

En el Timeo, Platón presenta una cosmología mítica en la que el demiurgo, al contemplar el mundo de las Ideas, crea el cosmos como una copia inteligible de ese modelo eterno. El tiempo, en este contexto, no es eterno ni absoluto, sino que nace con el universo: “el tiempo y el cielo nacieron juntos” (Timeo 38b). Es una imitación del modelo eterno, regulado por el movimiento de los astros: “El tiempo, pues, fue hecho a imagen de la eternidad, que permanece en unidad, y el tiempo imita a la eternidad en su curso periódico” (Timeo 37d).

Esta visión del tiempo como imagen no es simplemente una metáfora, sino una expresión de la jerarquía ontológica entre lo permanente (el εἶδος) y lo cambiante (el mundo sensible). El tiempo es una mediación: un intento del devenir de asemejarse al ser.

San Agustín y el giro interiorista

San Agustín, heredero del neoplatonismo pero profundamente transformado por la experiencia cristiana, retoma la problemática del tiempo en el Libro XI de Las Confesiones. Allí, tras una exégesis del relato de la creación en el Génesis, introduce una de las reflexiones más influyentes y duraderas sobre la naturaleza del tiempo. Su planteamiento no parte del análisis del cosmos ni del movimiento de los astros, como en Platón o Aristóteles, sino de una inquietud profundamente personal y existencial: el tiempo es algo que vivimos antes que algo que podamos medir o definir con precisión.

El pasaje más citado —y, quizás, el más honesto de toda la filosofía antigua— es su confesión de ignorancia:

“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé” (Conf. XI, 14, 17).

Agustín reconoce aquí una distancia entre la experiencia intuitiva del tiempo y la posibilidad de su conceptualización. Esta paradoja lejos de llevarlo al escepticismo, lo conduce a una profundización de la pregunta. En lugar de buscar la respuesta en el mundo físico, Agustín dirige la mirada al alma. En esto consiste su giro interiorista: el tiempo no es una estructura objetiva del mundo, sino una vivencia del sujeto, una tensión del espíritu.

Esa tensión es descrita por Agustín como distentio animi —“distensión del alma”—: una especie de estiramiento existencial que impide a la conciencia permanecer en un punto fijo. El alma se extiende entre el pasado, el presente y el futuro, pero no como si se tratara de tres tiempos reales, sino como tres modos del presente en el que habita:

“Hay en el alma tres tiempos: el presente del pasado, que es la memoria; el presente del presente, que es la atención; y el presente del futuro, que es la expectación” (Conf. XI, 20, 26).

Estas tres dimensiones no son cosas, sino operaciones del alma. No existen fuera de ella, sino en ella. Por lo tanto, el tiempo no es una propiedad del universo, sino una forma del ser humano en su relación con la finitud, el cambio y el deseo.

Esta concepción agustiniana del tiempo tuvo una resonancia extraordinaria, y fue redescubierta y reinterpretada en el siglo XX por Martin Heidegger, especialmente en su obra Ser y tiempo (1927). Heidegger reconoce expresamente su deuda con Agustín, a quien cita en una nota célebre del § 81 como uno de los pocos pensadores antiguos que comprendió que el tiempo debía pensarse a partir de la existencia (Dasein) y no como una categoría externa.

En su obra, Heidegger radicaliza el giro iniciado por Agustín: el tiempo no es la estructura misma del ser del hombre. Para Heidegger, el Dasein (el ser-ahí, el ente que somos nosotros) es temporal en su modo más propio. Su ser es ser-en-el-tiempo. Esta temporalidad no se define por un presente puntual, sino por una estructura extática: el Dasein se proyecta hacia el futuro, comprende su pasado como facticidad y se sitúa en el presente como apertura (Erschlossenheit).

Al igual que Agustín, Heidegger rechaza la idea de que el tiempo sea un simple fluir de instantes. En lugar de eso, ambos piensan el tiempo como una estructura de la conciencia, o mejor dicho, como una condición de posibilidad de la existencia misma. En Heidegger, esta estructura recibe el nombre de temporalidad originaria (ursprüngliche Zeitlichkeit), que es anterior a cualquier medición cronológica. La cronología —el tiempo del reloj, el tiempo de la ciencia— es, para él, una derivación del tiempo existencial.

Así, la distentio animi del Doctor de Hipona anticipa lo que Heidegger llama ekstase des Daseins: el hecho de que el ser humano no está fijado en el presente, sino que existe proyectándose hacia adelante (anticipación de la muerte), rememorando lo que ha sido (culpabilidad, facticidad), y decidiendo en el presente su modo de ser.

“La temporalidad no es simplemente un tema entre otros; es el horizonte ontológico desde el cual debe comprenderse el sentido del ser del Dasein” (Ser y tiempo, § 65).

Ambos pensadores coinciden en que el tiempo está íntimamente vinculado al alma o al sujeto, no como un objeto más del mundo, sino como el medio mismo en el que se da la experiencia del mundo. La eternidad —en San Agustín— representa el ser absoluto de Dios, el presente indiviso donde no hay sucesión ni mutabilidad; mientras que para Heidegger, la autenticidad existencial surge cuando el ser humano asume su temporalidad finita y toma posesión de su ser-para-la-muerte.

Esta convergencia no implica una coincidencia plena. Agustín busca salir del tiempo para entrar en Dios, mientras que Heidegger renuncia explícitamente a toda teología en favor de una analítica existencial. Sin embargo, el punto de cruce es innegable: ambos desmontan la concepción lineal, objetiva y externa del tiempo, para pensar su dimensión vivida, interior, estructural.

La distentio animi: el tiempo como experiencia del alma

El momento más original de la reflexión agustiniana es la formulación del tiempo como distensión del alma (distentio animi). San Agustín afirma:

“Hay en el alma tres tiempos: el presente del pasado —que es la memoria—, el presente del presente —que es la atención—, y el presente del futuro —que es la expectación” (Conf. XI, 20, 26).

Aquí, el tiempo ya no es una estructura externa, sino una condición subjetiva. Lo que existe es el presente como acto del alma: recordar, atender, esperar. El pasado y el futuro no existen sino en la conciencia: son actos del alma que evocan lo que fue y anticipan lo que vendrá.

Este giro implica un descentramiento respecto de Platón: el tiempo no es una imagen cósmica de la eternidad, sino un testimonio de la finitud humana. La eternidad sigue siendo el ideal —el ser absoluto de Dios, en quien “no hay pasado ni futuro, sino un eterno presente” (Conf. XI, 13, 16)—, pero el tiempo es vivido como ruptura, como dispersión.

El eco platónico: continuidad y transformación

Pese a la distancia entre ambas concepciones, es claro que Agustín no rompe con Platón, sino que lo transforma. La eternidad sigue siendo el principio ordenador: “Tú eres el ser supremo, y no pasas en el tiempo; en Ti no hay mañana ni ayer, sino sólo un hoy eterno” (Conf. XI, 13, 16). Pero este “hoy eterno” ya no es sólo el modelo inteligible, sino el ser mismo de Dios.

El tiempo, por su parte, ya no imita a la eternidad por su regularidad astronómica, sino por el deseo que despierta en el alma. El alma —imagen de Dios— se sabe hecha para la eternidad, y por eso sufre el tiempo. En esta perspectiva, el tiempo no es tanto imagen fiel de la eternidad como huella de su pérdida. Agustín introduce así una dimensión existencial que Platón no había considerado: el tiempo como nostalgia y espera, como deseo de retorno.

Conclusión

La célebre fórmula platónica del Timeo, que define el tiempo como “imagen móvil de la eternidad”, encuentra en San Agustín una profunda transformación. El pensamiento del obispo de Hipona asume la jerarquía entre lo eterno y lo temporal, pero desplaza el eje de la reflexión: ya no se trata del orden cósmico, sino de la experiencia interior. La eternidad no es solo un modelo inteligible, sino el ser mismo de Dios; el tiempo, por su parte, no es ya una estructura del universo, sino una huella viva en el alma humana, una tensión que articula memoria, atención y expectación.

De este modo, Agustín no rompe con Platón, pero lo reinterpreta desde una sensibilidad existencial y teológica. Donde Platón piensa el tiempo como mediación ontológica, Agustín lo vive como drama del alma, como distensión que revela tanto nuestra finitud como nuestro anhelo de plenitud. En esta tensión se cifra el dinamismo espiritual del ser humano: hecho para la eternidad, pero arrojado al tiempo.

Este giro interiorista anticipa intuiciones que resonarán siglos más tarde en la filosofía existencial, particularmente en Martin Heidegger, quien reconoce en San Agustín a uno de los pocos pensadores antiguos que comprendió la dimensión temporal de la existencia. Si para Platón el tiempo refleja la eternidad como una copia de su estabilidad, para Agustín es una nostalgia de lo eterno, un signo de que el alma, al experimentar el tiempo, se sabe exiliada de su verdadero hogar.

La Oración Litúrgica: Puente entre lo Divino y la cotidianeidad

La liturgia es oración, y la oración es la base de la vida espiritual. La oración no es meramente repetir palabras, es otra cosa. En su obra After Writing: On the Liturgical Consummation of Philosophy,1 Catherine Pickstock, replantea la oración litúrgica en el contexto de la filosofía contemporánea explorando cómo la liturgia y la oración revelan verdades escenciales del ser humano, de la comunidad de los creyentes y del kosmos2.

En este sentido, la oración (y en particular la oración litúrgica) no es un acto de invocación a la Θεότητα, sino una participación en la misma vida divina. Por medio de la oración, los hombres acceden a una realidad trascendencte que supera la subjetividad individual; en otros términos, se trata de un acceso que es válido de forma intersubjetiva,3 y lo que es más importante, la liturgia (oración superior) es un diálogo transformador con lo divino por medio del cual el orante se une con la comunidad y el kosmos, haciéndose real el pedido de Cristo en su oración:

ἵνα πάντες ἓν ὦσιν, καθὼς σύ, [a]πάτερ, ἐν ἐμοὶ κἀγὼ ἐν σοί, ἵνα καὶ αὐτοὶ ἐν [b]ἡμῖν ὦσιν, ἵνα ὁ κόσμος [c]πιστεύῃ ὅτι σύ με ἀπέστειλας. κἀγὼ τὴν δόξαν ἣν δέδωκάς μοι δέδωκα αὐτοῖς, ἵνα ὦσιν ἓν καθὼς ἡμεῖς [d]ἕν, ἐγὼ ἐν αὐτοῖς καὶ σὺ ἐν ἐμοί, ἵνα ὦσιν τετελειωμένοι εἰς ἕν, [e]ἵνα γινώσκῃ ὁ κόσμος ὅτι σύ με ἀπέστειλας καὶ ἠγάπησας αὐτοὺς καθὼς ἐμὲ ἠγάπησας.

(Jn 17: 21-23 SBL Greek New Testament)

[para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.]

Uno de los libros más desafiantes de Catherine Pickstock

Martin Heidegger aborda el tema de la oración cuando se introduce en el lenguaje poético, porque el mismo permite (según el filósofo alemán) habitar en el mundo de una manera auténtica. El hombre habita de forma poética el mundo, no es un giro estético, sino un estar-en-el-mundo; la poesía revela la verdad (alētheia / αλήθεια), es decir, des-vela,4 quita el velo que cubre la escencia misma, como cuando tras la muerte de Cristo “se rasgó en dos” (Mt 27:51).

La oración permite revelar lo sagrado y lo divino, por medio de ella el hombre busca una comunión con lo Trascendente por fuera de la racionalidad ordinaria.

Ahora bien ¿qué ocurre cuando no tenemos acceso a la liturgia? Esto puede deberse a que estamos frente a una serie de rituales que son necesariamente anti-liturgicos porque no existe en ellos lo sagrado, y enl ugar de una comunicación entre ambos mundos que permita a los fieles ingresar al espacio sagrado (“sácate tus sandalias porque el lugar que pisas es tierra sagrada” -Ex 3: 5). No todo ritual es litúrgico, y no todo aquello que parece una liturgia (por más que referencie y copie una liturgia tradicional) es necesariamente “liturgia”, porque esta requiere adorar a Dios “en espíritu y verdad” (Jn 4:23-24).

En ausencia de liturgia (llamese Culto, Misa, Divina Liturgia) los fieles pueden recurrir a la oración contemplativa como un faro en medio de la noche tormentosa. Es en el silencio y la reflexión donde encontramos la verdadera comunión con lo divino. Es un recordatorio de que la presencia de lo sagrado trasciende los límites físicos y se encuentra en todos los lugares y en todos los momentos de nuestra vida.

¿De qué sirve al seglar rezar el Misal si no sabe a quién está orando? ¿De qué sirve si lo hace de manera indigna? ¿De qué sirve meditar la Biblia (que es también orar) si es que antes no nos encomendamos a Dios y solicitamos al Espíritu Santo que nos guíe y nos alumbre? Por eso, los actos de piedad son imprescindibles para que la oración sea efectiva y agradable a Dios. Es fundamental cultivar una conexión genuina con lo divino, nutrida por la devoción y la comprensión de la fe que profesamos.

Vivir cada día como si fuera un día de Semana Santa nos invita a cultivar una fe activa y vibrante, no limitada por el calendario litúrgico, sino arraigada en la realidad cotidiana, es decir el modo en el que el Ser-Ahí se encuentra de manera común y habitual en el mundo.5 Hacer de la Semana Santa nuestra cotidianeidad (Alltäglichkeit)6 es un llamado a buscar la belleza ¿Y qué es la belleza? Una emanación de la belleza divina, porque todo lo que es bello refleja a Dios, su perfección y su bondad y quien la busca, busca a Dios.7 Por lo tanto, es un llamado a buscar la Belleza (a Dios) en la simplicidad, la fuerza en la adversidad, la Gracia en a entrega. Es un compromiso diario dond encontrams el verdadero significado de nuestra Fe, y dónde la luz de la esperanza brilla más intensamente en medio de la obscuridad.


Notas

1Pickstock, Catherine, After Writing: On the Liturgical Consummation of Philosophy, Oxford, Blackwell Publisher, 1998.

2Elijo usar el término “Kosmos” (κόσμος) como lo emplea Ken Willber porque creo que es el mismo sentido en el cual lo utiliza Catherine Pickstock. En efecto, el filósofo americano toma el concepto para significar la totalidad de los niveles de realidad (materia, energía y mente, alma, espíritu), mientras que el concepto moderno se limita a lo físico y obserbable.

3Michel Meslin, Experience humaine du divin: fondements d’une anthropologie religieuse, París, Editions du Cerf, 1988.

4Heidegger, Martin, Hitos, Madrid, Alianza, 2007, p., 159-160.

5Heidegger, Martin, El ser y el tiempo, Buenos Aires, FCE, 1991, p., 77-85.

6Ibid, p., 138.

7San Agustín, Confesiones, Libro X, 27.