Charles de Foucauld y la Misa como misión

He leído recientemente el breve pero sugestivo folleto Charles de Foucauld, hijo de Dios, soldado de Francia, hermano de Jesús (Ed. Gladius, 2023), en el que se repasa, con tono devoto y militante, la vida y muerte del vizconde francés convertido en ermitaño del desierto. El autor es Bernardino Montejano. Hay en este librito mucho que mueve a la piedad, pero también elementos que invitan a una lectura más matizada, incluso crítica.

Lo primero que me llamó la atención fue la centralidad de la Misa no ya como cumbre de la vida cristiana (lo cual es incuestionable), sino como criterio de misión. El folleto afirma, en efecto, que al fundar su pequeña familia religiosa, Foucauld no exigía la predicación ni la catequesis, sino el ofrecimiento del Santo Sacrificio, la oración y las obras de piedad. Puede parecer extraño a primera vista: ¿cómo pensar la evangelización sin anuncio explícito? ¿Cómo concebir la misión como algo silencioso, casi estático?

Sin embargo, esta concepción encierra una verdad profunda, aunque peligra de ser malinterpretada. En Charles de Foucauld, la liturgia no es decoración ni “espiritualidad” en el sentido moderno del término: es acto real, ontológico, que transforma al oferente en ofrenda. El altar se convierte así en trono y tumba, y el misionero, en hostia. No convence por elocuencia, sino por oblación. Esta es, me atrevo a decir, una teología de la presencia: una “misión eucarística”, donde el alma sacerdotal testimonia con su sola existencia la primacía de Cristo.

No obstante uno debe señalar una tensión importante. El texto sostiene que a los musulmanes no se los puede evangelizar directamente, porque primero hay que civilizarlos, pues los hombres cultos se abren con mayor facilidad a la verdad. Se trata de una afirmación que refleja más el pensamiento colonial del tiempo de de Foucauld que el Evangelio Eterno. El riesgo es evidente: confundir el Reino con Europa, la fe con la cultura, el Cristo con la Cristiandad. El catolicismo ha caído muchas veces en este error.

Finalmente, el folleto trata con veneración su muerte, aunque sin usar expresamente el término martirio. Se nos narra cómo, en medio del pánico, un tuareg lo hiere de muerte creyendo que iban a rescatarlo. No hay odio a la fe, sino miedo, confusión, caos. Y sin embargo, el texto sugiere que hay en esta muerte una forma de martirio, quizás no jurídico, pero sí místico. No lo contradigo: hay martirios que sólo Dios contabiliza, ofrecimientos silenciosos que no caben en la categoría de “odium fidei”, pero que brotan del mismo Amor crucificado.

Como un exiliado de Roma, sin haber renegado nunca del altar, encuentro en Charles de Foucauld una figura muy interesante. Es el tipo del santo silencioso, del testigo que evangeliza desde el tabernáculo interior, del misionero que no impone, sino que se inmola. Quizás allí reside su actualidad: en mostrar que la Misa no es un rito para creyentes, sino una presencia que reclama al mundo entero.

Cuando calla la carne, habla la eternidad. Sobre la muerte de Bergoglio

Está establecido que los hombres mueran una sola vez y después, el juicio (Hebreos 9,27)

Jorge Mario Bergoglio ha muerto. Su pontificado, como es sabido, fue objeto de críticas profundas, fundadas y reiteradas. Desde este espacio nunca ocultamos lo que pensamos sobre él y sus seis antecesores.

Bergoglio (alias Francisco) fue el reflejo más agudo de la crisis doctrinal, litúrgica y moral que atraviesa la el cristianismo desde hace casi un siglo.

Nada de eso cambia con su muerte. La historia juzgará lo que corresponda. Y nosotros también… cuando sea el momento, volveremos a hacerlo.

Pero este no es ese momento.

La muerte impone una pausa. No por sentimentalismo, ni por respeto humano mal entendido, sino por una forma básica de justicia y de decoro. No se patea un cadáver. No se celebra la muerte de nadie. Ni aún la del hereje más modernista. No se pierde la humanidad por mostrar en las redes que somos más duros contra Bergoglio, alias Francisco.

Santo Tomás de Aquino lo expresa con claridad: “el hombre está obligado por un cierto deber natural de honestidad a convivir afablemente con los demás, a no ser que por alguna causa sea necesario en ocasiones entristecer a alguno para su bien” (S. Th. II-II, q.114, a.2, ad.1). Hoy no es ese caso.

Quien desee honrar la fe que dice defender, no puede responder a la noticia de una muerte con sarcasmo o ligereza. Ni siquiera la muerte de un heresiarca.

Se reza, se guarda silencio o se calla. Lo otro es profanación.

Habrá tiempo para evaluar, analizar y rendir cuentas. Ahora, sólo cabe pedir por su alma, por pura coherencia con lo que esperamos para la nuestra.

Dios lo juzgará, pero también nos juzgará a nosotros. Hoy más que nunca, es el momento de hacer un profundo examen de conciencia, porque “el que piense que está firme, cuide de no caer“. (1 Cor 10: 12)