La majestad de Dios y los límites de la mente humana: Teología y Creación

La naturaleza divina, en su esplendor eterno, no puede ser conocida a la perfección por el hombre. Tal es nuestra condición: criaturas caídas, herederas de una inteligencia fragmentada por el ἁμαρτία de nuestros primeros padres. Con la sola luz de nuestra razón no llegamos al conocimiento pleno de Dios; apenas —y esto por gracia— logramos vislumbrar los resplandores de su gloria. Sabemos, por revelación, que Él es omnipotente —παντοκράτωρ— pero no comprendemos lo que eso significa en su totalidad. Sabemos que es sabio, infinitamente sabio —σοφώτατος— pero su saber no puede compararse al nuestro, limitado, fluctuante, sujeto al tiempo y al accidente. Dios, en cambio, no está ni en el tiempo ni en el espacio. Él es. Qui est.

El Λόγος, segunda Persona de la Trinidad, es acción purísima. Por Él —como nos dice San Juan— “todo fue hecho, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” (Jn 1:3). Él no sólo ejecuta la voluntad del Padre, sino que la manifiesta en el tiempo sin estar limitado por él. Preguntamos con torpeza humana: ¿Qué había antes de Dios? Pero esta pregunta yerra en su formulación, porque presupone el tiempo. Dios no tiene un “antes”. Él es anterior a todo antes, porque es anterior al ser creado. Fuera de Dios no hay “algo”: hay nada. Pero, ¿qué es la nada? Aquí tropezamos.

Nos creemos capaces de concebirla, pero estamos en error. La μηδέν, la nada absoluta, no es el vacío que podemos imaginar ni una suerte de oscuridad preexistente. Es aquello que no es. Nuestro universo, con toda su materia y energía, su espacio y sus fuerzas, es contingente. Tiene límites. Y sin embargo, repugna a nuestra mente aceptar que más allá del límite no hay nada. La imaginación se rebela. Como un viajero que camina hacia el borde de un círculo, intentamos mirar más allá, pero sólo podemos volver sobre nuestros pasos. El tiempo y el espacio no sólo condicionan nuestro cuerpo: moldean también nuestro pensamiento. Dios no está constreñido por esos límites.

Los filósofos de la antigüedad —honrados sean en su búsqueda— no llegaron al misterio de la creatio ex nihilo. Platón, en su Timeo, habla del Demiurgo que modela el cosmos a partir de una materia preexistente, en conformidad con las Ideas eternas. Pero aquí no hay creación verdadera: hay ordenación, organización. Esa materia caótica coexiste con el Demiurgo como si fuese su igual. No así en las Escrituras.

La Sacra Pagina, cuyo autor es el mismo Dios vivo, nos enseña otra cosa. El Dios altísimo —ὁ ὢν— por un acto libre, voluntario, amoroso, dijo: “Fiat.” Y fue. El universo no brota de una necesidad divina ni de una lucha de principios, sino del querer soberano de un Dios que no tiene necesidad de nada. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y era bueno en gran manera.” (Gn 1:31).

He aquí el asombro. Dios es distinto de su creación; no se confunde con ella. La trasciende. La determina. El tiempo mismo es criatura suya. Nada le afecta. Nada le limita. Todo lo que ha sido hecho por Él es bueno, y el hombre mismo fue creado en estado de bienaventuranza, colocado en el jardín del Edén, sin dolor, sin pena, sin muerte.

Mas vino la transgresión. El hombre, queriendo ser como Dios, se alejó de Dios. Quiso alcanzar por sí mismo lo que sólo puede recibirse como don. Y, sin embargo, el Señor no lo ignoró. Porque aunque está fuera del tiempo, nada escapa a su Providencia. Como nos enseña el Doctor Angélico, Dios permite el mal sólo porque sabe sacar de él un bien mayor. No por indiferencia, sino por economía salvífica.

Nosotros, débiles y limitados, con el alma sometida a la temporalidad, con la memoria herida por el pecado, ¿podemos entonces comprender la majestad de la Creación? No. Pero en ese no hay una gracia secreta. El reconocer que no comprendemos es ya un acto de humildad, un abrirse a la Sabiduría eterna. Un acto de fe tan grande como aquel que brota, de rodillas, en la Elevación del Cuerpo del Señor: “Señor mío y Dios mío.”

Ahí, entre lo infinitamente grande de su Majestad y lo infinitamente pequeño de nuestra fe, se manifiesta el Misterio. Y el Misterio, cuando se adora, se deja tocar.

Hildegarda de Bingen: O Ignis Spiritus

Conocida como “La sibila del Rihn”, fue considerada una santa desde pocos años después de su muerte. Quien se aproxima a su figura queda fascinado, ya que se trata de una de las personalidades más influyentes y fascinantes de toda la Baja Edad Media. Ella tiende un puente entre el misticismo occidental y de Oriente, representante, seguramente gracias a la elevación de su inteligencia y alma a un estado cuasi-angélico.

De su increíble obra, en la que trata temas científicos, teológicos, místicos, se destaca también su aporte a la Musica Sacra. Hoy quisiera compartir con todos ustedes O Ignis Spiritus, interpretado por el coro Harpa Dei.

El texto dice:

1a. O ignis Spiritus paracliti,
vita vite omnis creature,
sanctus es vivificando formas.

lb. Sanctus es ungendo periculose
fractos, sanctus es tergendo
fetida vulnera.

2a. O spiraculum sanctitatis,
o ignis caritatis,
o dulcis gustus in pectoribus
et infusio cordium in bono odore virtutum.

2b. O fons purissime,
in quo consideratur
quod Deus alienos
colligit et perditos requirit.

3a. O lorica vite et spes compaginis
membrorum omnium
et o cingulum honestatis: salva beatos.

3b. Custodi eos qui carcerati sunt ab inimico,
et solve ligatos
quos divina vis salvare vult.

4a. O iter fortissimum, quod penetravit
omnia in altissimis et in terrenis
et in omnibus abyssis,
tu omnes componis et colligis.

4b. De te nubes fluunt, ether volat,
lapides humorem habent,
aque rivulos educunt,
et terra viriditatem sudat.

5a. Tu etiam semper educis doctos
per inspirationem Sapientie
letificatos.

5b. Unde laus tibi sit, qui es sonus laudis
et gaudium vite, spes et honor fortissimus,
dans premia lucis.

Estuary, de Robert Rubin

Quiero compartir con todos ustedes este poema de Robert Rubin, autor de Poetry Out Loud y Love Poetry Out Loud.

I’d wait each day for tide to turn
as it released the locks
imprisoning the oyster-boats
moored at the creek’s old docks,


and watch the sand bars disappear
when morning’s current ran,
so knob-kneed piles beneath the pier
across our cove began

to wade in deeper water as
noon’s hour drifted by
and herring gulls upon their posts
abandoned them to fly.

From oysters in the creek’s mud-flats
jets arced in August’s sun
and sawgrass hushed its whispering,
gradually overrun

by inundation of the cove
like milk poured in a glass,
a quiet fullness everywhere
until high tide had passed.

The tide still faithfully returns,
its own lunatic round
predictable as day and night;
and if that creek is drowned

today by swelling seas, its shore
eroded, marsh effaced
and oysters just a memory
of watermen displaced

by new homesites, shellfish disease,
or toxins from upstream,
it is ourselves and not our faith
receding like a dream.

Ten piedad de mí, Dios mío

Quiero compartir este hermoso oratorio del genial Johann Sebastian Bach. He decido comenzar, desde este lunes un periodo de ayuno, de preparación, de meditación, de oración y de penitencia. Es por ello que deseo compartir con todos ustedes esta famosa aria de La Pasión según San Mateo, compuesta durante la Cuaresma de 1727. Su estreno fue en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig, el viernes Santo de aquel año.

En el video podremos apreciar el aria “Erbarme dich, mein Gott” (n°39) traducida a la lengua cervantina como “Apiádate de mi, Dios Mío“. ¿Quién puede negar, que la música, la música Sacra no sea emotiva? ¿Quién puede negar que tan sólo escuchándola no estamos adorando al Único Dios Verdadero? El violín y la orquesta nos arrebatan a un ambiente de recogimiento, pero de soledad, como el de Getsemaní, mientras se inicia la humilde y simple plegaria, en la voz de la hermosa e increíble mezzosoprano Magdalena Kožená.

Soledad, agonía y llanto: los ojos se elevan al Cielo donde el Dios Omnipotente tiende su mano a la vez que hacemos nuestra esta plegaria, reconociendo nuestra miseria. Dios Omnipotente, que sin yo merecerlo por mi te humillaste a la condición de hombre, haciéndote siervo, y siervo de Cruz (Filp 2: 8), ten piedad de mi… Señor Jesús, hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador.

Erbarme dich, mein Gott,
Um meiner Zähren willen.
Schaue hier,
Herz und Auge
Weint vor dir bitterlich.
Erbarme dich!

Ten piedad de mí, Dios mío,
advierte mi llanto.
Mira mi corazón,
mis ojos que lloran
amargamente ante Ti.
¡Ten piedad de mí!

John Meyendorff: The Primacy of Peter. Essays in Ecclesiology and the Early Church

En tiempos en que la discusión sobre el primado de Roma suele estar teñida de polémica o de simple recelo, la reedición de este volumen de ensayos constituye un verdadero acontecimiento. The Primacy of Peter, aparecido inicialmente en 1963 y reimpreso en 1992, recoge voces mayores de la teología ortodoxa contemporánea (Meyendorff, Afanassieff, Schmemann, Kesich, Koulomzine) y las pone a dialogar con la tradición bíblica y patrística. El resultado es un libro de sorprendente actualidad: no un panfleto antirromano, sino una búsqueda seria de cómo entender hoy, a la luz de la Iglesia indivisa, el papel de Pedro y de Roma. Me gustaría, además de dejar el libro para su descarga, relizar un repaso por sus capítulos, que etsoy seguro, será de utilidad para los lectores.

El mérito de volver a las fuentes

El volumen abre con Nicholas Koulomzine, quien examina “el lugar de Pedro en la Iglesia primitiva”. Su lectura de los Hechos de los Apóstoles es fina y respetuosa: Pedro es claramente el primero entre los Doce, pero no un monarca. Su primacía está inseparablemente unida a Pentecostés, a la comunidad apostólica y al carácter irrepetible de aquella Iglesia de Jerusalén. Koulomzine subraya lo obvio y lo olvidado: Pedro nunca habla ni actúa aislado, sino siempre en comunión.

Veselin Kesich continúa con un estudio de los textos neotestamentarios y de la tradición antigua. Se percibe aquí la firmeza con que el cristianismo primitivo reconoció en Pedro una voz singular, pero también la ausencia de cualquier noción de jurisdicción universal. Kesich logra un equilibrio admirable: reconoce la centralidad del apóstol sin forzar los textos ni pretender deducir de ellos un modelo posterior.

Bizancio y la memoria petrina

El propio Meyendorff ofrece un ensayo sobre la recepción de Pedro en la teología bizantina. Se aprecia su capacidad de síntesis: Bizancio nunca negó un primado, pero lo entendió como primado de honor, no de dominio. El obispo de Roma, en la visión oriental, debía presidir en la caridad, no gobernar en soledad. Para quienes, vemos muchas veces en Bizancio un espejo más cercano al cristianismo indiviso, este capítulo es de una claridad luminosa.

Afanassieff y la eclesiología eucarística

Uno de los textos más valiosos es, sin duda, el de Nicholas Afanassieff: La Iglesia que preside en el amor. Aquí aparece la célebre noción de eclesiología eucarística, según la cual cada Iglesia local, reunida en torno al obispo y a la Eucaristía, es plena y católica en sí misma. Sin embargo, Afanassieff no se refugia en un localismo autosuficiente: reconoce que puede y debe existir una presidencia de amor que garantice la comunión entre todas. La grandeza de este planteo radica en que permite pensar el primado de manera positiva, no solo como rechazo al papado romano.

Schmemann y los desafíos internos de la Ortodoxía

El ensayo de Alexander Schmemann, La idea de primacía en la eclesiología ortodoxa, es quizás el más profético. Con valentía, denuncia el riesgo de que la ortodoxía, en su reacción al papado, termine cayendo en el nacionalismo eclesiástico y en la fragmentación. La ausencia de un principio de unidad visible, temido por parecer demasiado “romano”, puede convertirse en debilidad mortal. Schmemann reclama una primacía auténticamente ortodoxa, que supere la mera suma de iglesias nacionales y que encarne la catolicidad de la Iglesia en su conjunto.

Un volumen coral, no unánime

La riqueza del libro está precisamente en que no ofrece una “línea oficial”, sino un mosaico de aproximaciones. En todos los casos, sin embargo, late una convicción común: el primado no es un accidente histórico ni una pretensión ilegítima, sino una dimensión intrínseca de la vida eclesial. Lo que se discute es su forma, su ejercicio.

Conclusión

The Primacy of Peter es una llamada a la honestidad teológica y al realismo eclesial. Meyendorff y sus colegas nos recuerdan que el debate sobre Pedro no es un vestigio medieval, sino la clave para toda verdadera unidad cristiana. La alternativa no es entre aceptar sin más el papado romano o resignarse al aislamiento confesional: existe la posibilidad de un primado en el amor, de un servicio a la unidad que no borre la identidad de cada Iglesia.

Para quienes soñamos con una Christianitas reconciliada (ni uniformidad romanista, ni tribalismo eclesial), este volumen es lectura indispensable. No ofrece soluciones fáciles, pero sí abre horizontes. Y, sobre todo, nos enseña que la figura de Pedro, el apóstol que cayó y se levantó, sigue siendo hoy el espejo de la Iglesia entera: frágil, pero llamada a presidir en la verdad y en la caridad.