Cesáreo de Arlés, comentario al Apocalipsis

Hace mas de un años, mi amigo Eduardo me prestó una de sus últimas adquisiciones para su abultada biblioteca: Comentario al Apocalipsis, de Cesáreo de Arlés.1 La edición corresponde a la colección “Biblioteca de patrística”, por Editorial Ciudad Nueva. La introducción, traducción y notas son del teólogo y experto en patrología Eugenio Romero Pose.

Es un libro breve (185 páginas) pero de una profundidad y riqueza que no encontraremos en otros comentarios modernos. Puede leerse de un tirón en una tarde.

Decidí subir el libro en formato PDF completo para que pueda ser descargado, para ello haga click en este enlace y se iniciará la bajada del archivo en formato PDF.

Se trata, como advierte el traductor de una compilación de sermones y homilías. En ellas, Cesáreo apuesta por el sistema de interpretación que hoy llamaríamos historicista, utilizando como fuente de interpretación la misma Escritura y otros comentarios de Apocalipsis, especialmente el trabajo de Ticonio. No deja de ser interesante que este método es el propio de la patrística y que dista mucho de la escolástica tardía barroca: la autoridad es siempre la misma escritura, se busca, en fin en la misma Biblia la interpretación de los pasajes más obscuros y luego se recurre a los demás autores ya considerados canónicos.

Como señala Jiménez Sánchez, Cesáreo de Arlés fue un obispo reformista que tuvo la intención de “crear una verdadera comunidad cristiana, una ciudad de Dios en la tierra” para lo cual promovió entre el clero un estilo de vida ascético, la pobreza y sobre todo la predicación bíblica.2

1 Cesáreo de Arlés, Comentario al Apocalipsis, Madrid, Ciudad Nueva, 1994.

2 Jiménez Sánchez, Juan Antonio, “Cesáreo de Arlés. Un obispo reformista en la Galia del siglo VI”, en Ventura, Francisco Salvador et all (eds), Autoridad y autoridades de la Iglesia Antigua. Homenaje al profesor José Fernández Ubiña, Granada, Universidad de Granada, 2007, p., 446.

La cláusula Filioque: consideraciones sobre su teología y su traducción

Nota: el post original fue revisado y ampliado, convirtiéndolo en un artículo académico (Fuentes ortodoxas, teología y filología, 2002). invito a los lectores a corroboar todas las referencias, citas y comprobar lo que haya o no de erróneo en el mismo. He decidido mantener los comentarios, aún cuando los mismos muchas veces estaban basados en prácticas retóricas insinceras o en un desconocimiento de las fuentes documentales, la historia del conflicto o (lo que debería ser primordial) de las lenguas originales, como el griego y el latín. El texto es accesible desde Academia.edu. A continuación el Abstract y el enlace de lectura y descarga.

Abstract

Las aproximaciones a las diferencias entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa señala siempre, como punto fundamental de conflicto la “cláusula filioque”, es decir, la afirmación en insertada en el Credo Niceno-Constantinopolitano de que el Espíritu Santo procede del padre y del hijo (“…Filioque procedit“). Esta interpolación apareció de forma explícita en el III Concilio de Toledo (589) y no se incorporó al uso litúrgico romano occidental hasta el año 1014, por presión de los teólogos carolingios, aún contra los deseos de los pontífices romanos.

En el presente artículo se explora si la cláusula “Filioque procedit” tiene o no base escriturística en primer lugar o si la misma implica una alteración en las relaciones de intra-trinitarias; se analizará cómo la misma se impuso en occidente, y las razones teológicas para su rechazo en oriente, principalmente a causa de los problemas de traducción al griego de la misma, así como el hecho de que la misma violaba los cánones conciliares de Éfeso.

Para acceder al artículo completo puede hacer click aquí.

La coma joánica ¿Sigue siendo un tema a discutir?

Hoy vi en X (el viejo Twitter) un comentario donde se hacía una referencia a “un pasaje borrado” en las biblias modernas. Me sorprendió de sobre manera la afirmación de esta persona, que sin dudas es alguien bien intencionado, pero que, como muchas personas con buenas intenciones, habla desde el desconocimiento. Habría bastado, quizás una somera investigación sobre el “versículo silenciado” o “quitado”. En realidad el autor de esta publicación citó mal el versículo: no es 1 Jn 5: 7-12, sino un fragmento de 1 Jn 5: 7-8, no todo el versículo.

El texto completo en español es el siguiente:

7 Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. 8 Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan.

En la Vulgata aparece de la siguiente manera:

7 Quoniam tres sunt, qui testimonium dant in caelo: Pater, Verbum, et Spiritus Sanctus: et hi tres unum sunt. 8 Et tres sunt, qui testimonium dant in terra: spiritus, et aqua, et sanguis: et hi tres unum sunt.

Este fragmento es conocido como la “coma joánica” y su inclusión o no en las biblias no es ninguna “novedad” moderna, antes bien, corresponde a un debate muy viejo que data de la época de Erasmo, no porque el problema no fuera conocido, sino porque por primera vez se puso en evidencia el problema respecto a los manuscritos griegos. En efecto, el fragmento que dice “en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno” está ausente de los manuscritos griegos más antiguos, así como en las primeras versiones de la Vulgata de San Jerónimo.1 El fragmento comenzó a aparecer de forma constante en las copias de la Vulgata hacia el 800 y fue adoptado en las versiones griegas recién hacia el siglo XV. Es importante señalar que las versiones antiguas etíopes, arameas, siríacas, eslavas, armenias y árabes del Nuevo Testamento no incluyen el pasaje.

Una de las evidencias más importantes de que el texto es una interpolación posterior está en la cita textual de Clemente de Alejandría de 1 Jn 5:8, que la omite por completo. En el Codex Fuldensis, el manuscrito completo más antiguo de la Vulgata (c. 541) , también se encuentra ausente.2 En varios manuscritos griegos (como el Codex Regis, el Minuscule 177, 636 y el Codex Guelferbytanus) aparece como una nota al margen.

Es interesante señalar que en los Padres Apostólicos y de la Iglesia, hay posibles referencias en las homilías, pero siempre como una conclusión y referencia a al versículo 8. También es interesante que San Agustín, en su tratado Contra Maximinum3 no lo cita, aún cuando hace referencia al versículo 8 en varias oportunidades.4

En la época moderna el debate se reflotó a causa de la elección del tipo de manuscrito que se emplea al momento de realizar la traducción. Cabe hacerse la pregunta, entonces, si la omisión del fragmento “dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno” es señal de alteración del texto, de ocultamiento o deformación doctrinal. La respuesta es negativa: la coma joánica no aparece en los manuscritos más antiguos y está demostrado que es una interpolación, posiblemente derivada de una explicación colocada al margen como un comentario o como referencia a las homilías de los Padres.

En todo caso, el tema de la coma joánica es interesante para estudiar e investigar, pero no para pontificar sobre un programa o complot para “adulterar” las Escrituras. Lo más recomendable es estudiar bien el tema, revisar los manuscritos, proveerse de bibliografía y entender que el traductor de la Biblia se ve obligado muchas veces a elegir entre varios manuscritos. En efecto, Juan Straubinger colocó la coma joánica, pero lo hizo entre corchetes y luego aclaró, en la nota lo siguiente:

Lo que va entre corchetes no está en el antiguo texto griego y falta igualmente en muchos mss. latinos, habiendo sido muy discutida su autenticidad con el nombre de comma johanneum”.5

Es interesante además que el eximio filólogo y teólogo señala que, para algunos autores fue Prisciliano quien agregó el fragmento con el cual fundó la herejía unitaria.

Como podemos apreciar, las buenas intenciones y la piedad no son necesariamente malas, pero deben estar basadas en el estudio, y no en la pasión ciega o en un fideísmo sin base alguna.


NOTAS

1Metzger, Bruce M.; Ehrman, Bart D. (2005). The text of the New Testament: its transmission, corruption, and restoration, New York, Oxford University Press. pp. 146–148.

2Philip B. Payne, “Fuldensis, Sigla for Variants in Vaticanus and 1 Cor 14.34-5”, NTS 41 (1995) 251-262.

3Ver 2.22.3; PL 42.794-95.

4Recomendamos el clásico Porter, John Scott, Principles of Textual Criticism, London, Simms and M’Intyre, 1848.

5Nota a 1 Jn 5: 7, p., 349 del segundo volúmen de la Biblia.

La Escritura que juzga toda palabra

Después de un tiempo de silencio, ese silencio fecundo que no es huida sino decantación interior, vuelvo a escribir movido por una pregunta que me ha perseguido en mucho tiempo: ¿qué es lo que realmente tiene autoridad en la fe? No me refiero a la autoridad sociológica, ni a la institucional, ni a la que se sostiene por la repetición acrítica de manuales, decretos o catecismos impresos en tinta que pretende inmortalizar lo que, por su misma naturaleza, debería conducir al Verbo. Me refiero a la autoridad que ilumina, que juzga, que ordena el espíritu. La autoridad que no depende del capricho de un prelado ni de la nostalgia de un movimiento, sino de aquello que la Iglesia antigua llamaba ἡ θεόπνευστος γραφή, la Escritura inspirada.

Durante años vi (y participé en) espacios obsesionados con la preservación de formas, rubros, rúbricas y decretos, convencidos de que la acumulación de documentos, misales y manuales garantizaba la continuidad de la fe. Vi a mucha gente buena, sinceramente devota, gastar pequeñas fortunas en reproducir un mundo que creían seguro: el mundo de los pontífices escolásticos, de los misales tridentinos, de las condenas antimodernistas citadas como mantras. Pero cuando uno preguntaba si habían leído los Evangelios, si conocían la historia de José, si podían explicar el vínculo entre Levítico y Hebreos, o si alguna vez habían recorrido la narración terrible y necesaria de los Jueces de Israel, la respuesta acostumbrada era un silencio incómodo, casi infantil. Los textos que fundan la fe cristiana eran, para muchos, un territorio ajeno. Y en ese vacío, todo lo demás (misales, devocionarios, decretos) se volvía un castillo de niebla.

Fue en este contraste donde descubrí algo que estaba, desde siempre, ahí: la Escritura no es un apéndice de la tradición, sino su fuente. La Palabra no es un ornamento. No es un elemento más del depósito, uno entre varios. Es el corazón mismo. Como decía San Basilio, la Escritura es el “tesoro escondido en el campo”, el lugar donde se revela el designio eterno de Dios. Y como repetía San Agustín en sus Confesiones, Dios ha querido “hablarnos en ese libro para que no dudemos de su voz”.

Todo lo demás (concilios, cánones, costumbres, estructuras) depende de este testimonio primero.

La Iglesia, en su forma más antigua, jamás entendió la tradición como una estructura paralela o compensatoria, sino como παράδοσις en su sentido primigenio: la transmisión viva de aquello que la Escritura atestigua. En ese sentido, los Padres nunca opusieron Escritura y Tradición. Para Orígenes, la Escritura era un océano y la Tradición su corriente profunda. Para San Juan Crisóstomo, la Escritura era el lugar donde Cristo “permanece hablando incluso cuando calla el predicador”. Y para San Ireneo, la regula fidei no era un sistema externo, sino “la clave que permite leer la Escritura como Escritura”.

Por eso, cuando reviso aquellos años en los círculos tradicionalistas, veo ahora con claridad algo que entonces apenas intuía: el apego a las formas se había convertido en sustituto de la Palabra.

Se veneraba la tradición no como παράδοσις sino como catálogo. Se absolutizaban decretos humanos, olvidando que scriptura sui ipsius interpres, que la Escritura se interpreta a sí misma bajo la guía del Espíritu. Se elaboraban doctrinas que no podían encontrarse en la Biblia, pero eran defendidas como si fueran dogmas revelados. Y, sin embargo, a quienes defendían tales posiciones muchas veces les resultaba extraño escuchar que la Escritura juzga incluso aquello que se proclama “tradición”.

Descubrí, con una mezcla de decepción y alivio, que el tradicionalismo romano (tal como hoy existe) no es el guardián de la Palabra, sino su eclipse. No conduce a la vida, sino a la repetición. No abre caminos, sino que los clausura. Uno puede recorrer esmeradamente cada rúbrica de un misal y, aun así, no haber oído la voz del Señor que clama en el Evangelio.

Fue necesario volver a la Escritura para recuperar la libertad interior. Porque cuando uno lee la Biblia sin miedo, sin el filtro del miedo a contradecir un manual o una consigna, experimenta algo que solo puedo describir con el término griego νοῦς: una inteligencia despierta, penetrante, como si el corazón mismo fuera convocado a comprender.

La Escritura no es un libro muerto. Es Cristo mismo hablándonos. No es un depósito inerte, sino la vox Dei. Por eso Pablo habla de ella como “espada del Espíritu”, y por eso Hebreos afirma:

Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. (Heb 4:12)

No es posible leer la Escritura sin que algo en nosotros sea juzgado, removido, purificado. La Escritura es juicio y es gracia, misericordia y fuego. Y no hay tradición que pueda suplir ese encuentro. No hay magisterio que pueda reemplazar el momento en que el lector, al fin, comprende que Dios le habla.

En ese camino redescubrí también la diversidad hermenéutica de la Iglesia antigua, una diversidad que nunca fue relativismo, sino riqueza. Alejandría, con San Clemente y Orígenes, vio en la Escritura un organismo simbólico, una οἰκονομία (oikonomía) espiritual que revela niveles sucesivos de sentido. Antioquía, con Teodoro de Mopsuestia y San Juan Crisóstomo, insistió en la historia, en el contexto, en el peso real de los acontecimientos. La tradición latina, con San Hilario, San Ambrosio y San Agustín, sostuvo que la Escritura se despliega en la vida del creyente como una “carta del Padre”. Y los Capadocios, especialmente San Gregorio de Nisa, afirmaron que la Escritura es una “escalera infinita”, porque en ella el alma siempre asciende hacia un Dios que es a la vez luz y misterio.

Esa diversidad, lejos de fragmentar, manifestaba la catolicidad genuina: muchas voces, un mismo Espíritu. Por eso me resulta casi irónico que en ambientes que se proclaman defensores de la tradición, reine un univocismo hermenéutico que jamás existió en la Iglesia antigua. La verdadera tradición fue plural, orante, simbólica, contemplativa. No fue un catálogo uniforme, sino una sinfonía. Y esa sinfonía solo puede escucharse cuando uno reconoce que la autoridad no está en la costumbre por la costumbre, sino en la Palabra que juzga todas las costumbres.

Volver a la Escritura implica también recuperar la dimensión espiritual de la lectura. Para los Padres, leer la Biblia era un acto de oración, no de erudición seca. El gran Basilio decía que quien lee sin orar bebe “agua sin espíritu”. El Doctor de a Gracia confesaba que las Escrituras “hablan al corazón antes que a la mente”. Máximo el Confesor afirmaba que la ἀνάκλησις, la elevación de la lectura, solo ocurre cuando el alma está purificada. Y Crisóstomo decía que la Escritura “revela su luz solo al corazón humilde”. Por eso la lectura bíblica no es un ejercicio de soberanía intelectual. Es un ejercicio de rendición. Solo entiende quien ama. Solo ve quien se abre. Solo escucha quien silencia.

En ese silencio (que no vacío sino presencia) resuena la promesa del Señor:

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.(Jn 16,13).

El Paráclito es el único intérprete suficiente. No porque suple la razón, sino porque la ilumina. No porque elimina la tradición, sino porque la vivifica. No porque reemplaza la historia, sino porque la transfigura. La auténtica interpretación bíblica ocurre cuando el Espíritu hace morada en el lector. Y ese momento es irreductible. Ningún obispo puede producirlo. Ningún decreto puede garantizarlo. Ninguna rúbrica puede sustituirlo. Es el encuentro entre la Palabra y el alma. Es Cristo visitando al creyente.

Comprendí entonces que la autoridad de la fe no se sostiene en estructuras externas, sino en la confluencia de tres dones: la παράδοσις viva de los Padres, la razón que investiga y discierne, y la oración que abre el corazón al Espíritu. Las tres son necesarias. Las tres se iluminan entre sí. Pero ninguna de ellas puede existir sin la Escritura, como explicaron Richard Hooker o Lancelot Andrewes. Ella es la fuente. Ella es el canon. Ella es el criterio que juzga toda palabra humana. Y ella es, de manera insondable, la presencia del Dios que habla todavía.

Hoy puedo decirlo sin rabia, sin amargura y sin nostalgia: el camino del tradicionalismo romano fue un camino cerrado, un jardín que parecía fértil pero que ocultaba la ausencia de agua viva. No niego la belleza de ciertas formas ni la nobleza de algunas almas que allí conocí. Pero cuando uno deja que la Escritura le hable, descubre que ninguna estética por sí sola puede sostener la fe. Ninguna costumbre puede reemplazar la Palabra. Ningún magisterio puede ocupar el lugar del Espíritu.

Lo que permanece es el Verbo.

Lo que juzga es el Verbo.

Lo que salva es el Verbo.

Y es hacia Él que regreso, no como quien vuelve a un libro, sino como quien vuelve a una voz. La única voz que puede atravesar todos los silencios. La única voz que, en medio de tantas formas, me devolvió la vida.

Silencio en tiempos de confusión: reflexiones ante el drama en la Comunión Anglicana

Un acontecimiento eclesial reciente me ha llevado a suspender, por un tiempo, la publicación regular de entradas en este sitio y a volver el corazón (y la inteligencia) hacia una reflexión que no admite ligereza. Me refiero a la nominación de la señora Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury y jefa de la Comunión Anglicana. Este hecho, que algunos han querido leer únicamente en clave simbólica o sociopolítica, ha reabierto una herida eclesiológica más antigua: la que sangra cada vez que se trivializa la sucesión apostólica, se disloca el orden sacramental o se relativiza la fidelidad a la Tradición católica, entendida no como costumbre, sino como don recibido, preservado y ofrecido.

Este nombramiento ha provocado reacciones diversas: celebraciones entusiastas en sectores que confunden inclusión con revelación, y también un rechazo lúcido en comunidades que, no sin razón, se preocupan por la integridad teológica de sus órdenes y por la continuidad ontológica de la Iglesia. Yo mismo, en este espacio, he procurado trazar algunas líneas de discernimiento. Pero reconozco que este umbral eclesial me impulsa ahora a revisar, en oración y con temblor, muchas de mis convicciones. Porque no todo lo nuevo es evolución, ni toda fidelidad es nostalgia.

A la luz de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia y de la historia viva de la catolicidad, se impone una reflexión que rehúya tanto el dogmatismo vacío como la acomodación al zeitgeist. La teología, si ha de ser verdaderamente católica, no puede pensarse desde la lógica de lo útil o lo aceptable. Ha de pensarse desde el Λόγος ἐνσάρκος, cuya sabiduría desbarata toda pretensión de soberanía secular.

Por respeto a ese μυστήριον he decidido reducir, al menos durante un tiempo, la frecuencia de publicaciones. No por desinterés, sino por reverencia. Porque hay un tiempo para enseñar y otro para callar; un tiempo para emitir juicios, y otro para escuchar lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Apoc 2:7).

El panorama eclesial no es halagüeño. El catolicismo romano, en sus formas más institucionales y en sus expresiones tradicionalistas, parece detenido en una angustia circular, atrapado entre la repetición de viejos gestos y la esterilidad de los nuevos. Las iglesias “continuantes” proclaman fidelidad, pero muchas veces han perdido la frescura de la Tradición viva. Las llamadas Iglesias Nacionales, hijas de la ICAB, han heredado la misma parálisis sacramental de su origen.

Y junto a ellas, no podemos dejar de mencionar a las iglesias protestantes históricas que hoy se precipitan con pasmosa docilidad hacia el absurdo: aceptando toda forma de reingeniería antropológica con tal de no perder el favor del mundo. En su afán de ser contemporáneas, han olvidado que la Iglesia no está llamada a agradar, sino a santificar.

El riesgo es mayúsculo: que la teología se disuelva, que pierda su densidad metafísica, que se convierta en un mero subproducto del consenso cultural. Una teología sin sacramento, sin escatología, sin doxología… es apenas sociología bautizada.

¿Estamos, pues, presenciando el fin del pensamiento teológico serio? ¿O será esta crisis el umbral de una gracia más profunda, que nos llama a redescubrir la fuente verdadera de la teología, escuchado en la Escritura, celebrado en la liturgia, vivido en comunión y contemplado en la oración?

Reducere ad fontes. Volver a las fuentes. A la Palabra que no pasa. A la Tradición que arde sin consumirse. A la oración, que es el único lenguaje donde la teología se vuelve obediencia. Que en medio del estruendo secular, el Señor nos conceda el don del discernimiento.

Domine, dirige nos.