El drama religioso del hombre moderno no ha sido la pérdida del sentimiento espiritual, como tantas veces se repite, sino la pérdida de confianza en la historia. Cuando la fe deja de percibirse como algo recibido y transmitido, comienza a ser pensada como algo que debe reinventarse. En ese punto preciso (entre la obediencia a la tradición y la creatividad religiosa) se abren dos caminos: John Henry Newman y Friedrich Rittelmeyer, separados por una generación, encarnan con nitidez esas dos posibilidades.

Ambos partieron de una misma inquietud. Los dos eran pastores protestantes cultos, sensibles, formados en un cristianismo que se había vuelto demasiado racional, demasiado moralista, demasiado seco. Ambos percibieron que el protestantismo liberal había vaciado el misterio: quedaban sermones, quedaban himnos, quedaban valores éticos, pero faltaba la densidad ontológica del cristianismo antiguo, la experiencia de lo sagrado como acontecimiento real y no como mera metáfora. Ambos buscaron, pues, una restauración de la profundidad. Hasta allí, caminan juntos.

Sin embargo, cuando llega el momento decisivo, sus miradas se orientan en direcciones opuestas.

Newman vuelve la vista hacia atrás. No por nostalgia, sino por método. Comprende que, si el cristianismo es verdadero, debe poseer continuidad histórica. Una revelación divina no puede depender de la sensibilidad de cada época ni de la intuición privada de cada creyente; debe haber dejado huellas, instituciones, dogmas, formas visibles que atraviesen el tiempo. La verdad, piensa Newman, no puede empezar de nuevo en cada generación. Debe poder rastrearse.

Por eso se sumerge en los Padres, en los concilios, en la lenta sedimentación doctrinal de los siglos. Y allí descubre algo que lo hiere y lo atrae a la vez: la Iglesia no es una idea, sino un cuerpo histórico. No es una experiencia interior, sino una comunión visible. No es una metáfora espiritual, sino una encarnación prolongada. De esta convicción nace su célebre conclusión: profundizar en la historia es dejar de ser protestante.

El gesto que sigue es decisivo y, en cierto sentido, escandaloso para la mentalidad moderna: Newman se somete. No funda nada. No corrige nada. No diseña una iglesia mejor. Entra en una que ya existe, con sus imperfecciones, los pecados de sus hombres y sus pesos muertos. Acepta recibir en lugar de crear. Acepta obedecer en lugar de reformular. Su conversión fue un acto de humildad. Confía en que la verdad ya está dada, y que su tarea es incorporarse a ella.

Rittelmeyer, en cambio, toma el camino inverso.

También él percibe que el protestantismo ha perdido el misterio. También él anhela sacramentos, liturgia, profundidad espiritual. Pero, cuando busca una respuesta, no mira al pasado de la Iglesia sino al futuro del espíritu. En lugar de los Padres, encuentra a Rudolf Steiner. En lugar de la tradición apostólica, la ciencia espiritual. En lugar del dogma, la intuición esotérica.

Donde Newman sospecha que la modernidad ha roto la continuidad de la fe, Rittelmeyer sospecha que el cristianismo histórico ha quedado superado y necesita ser reinterpretado. El problema, para él, no es la falta de autoridad, sino la falta de conciencia espiritual. Así, en vez de regresar a una Iglesia existente, funda una nueva: la Comunidad de Cristianos. Crea liturgias, reinterpreta los sacramentos, reconfigura la cristología en clave cósmica. El cristianismo ya no es una herencia recibida, sino una forma espiritual que debe actualizarse según un conocimiento superior.

Aquí se revela la diferencia más honda entre ambos. Para Newman, la Revelación desciende; para Rittelmeyer, el espíritu asciende. Para el primero, la gracia irrumpe desde fuera de nosotros; para el segundo, el hombre desarrolla órganos interiores para percibir lo divino. Uno confía en la Encarnación histórica; el otro, en la iluminación esotérica. Uno piensa sacramentalmente; el otro, simbólicamente.

Esta divergencia no es sólo doctrinal, sino casi antropológica. Newman desconfía del yo religioso. Sabe que la conciencia puede engañarse, que la experiencia puede ser ilusoria, que el entusiasmo puede disfrazarse de revelación. Por eso necesita algo externo, objetivo, anterior a él. Rittelmeyer, por el contrario, concede a la interioridad un estatuto casi cognoscitivo: el espíritu humano puede acceder directamente a realidades superiores. Allí donde Newman pide tradición, Rittelmeyer pide visión.

Podría decirse que ambos representan dos respuestas típicas a la crisis moderna. Una es la obediencia histórica: recibir la fe como algo que nos precede. La otra es la creatividad espiritual: reconstruir la fe desde la experiencia presente. La primera conduce a la Iglesia; la segunda, a la gnosis.

No es casual que la posteridad de uno y otro sea tan distinta. Newman dejó una obra teológica sólida, insertada en la gran conversación católica, fecunda aún hoy. Rittelmeyer dejó un movimiento piadoso, sugestivo, estéticamente atractivo, pero marginal, incapaz de producir verdadera teología en sentido fuerte. La tradición genera pensamiento; el esoterismo genera círculos.

Al final, la diferencia puede expresarse con una imagen sencilla. Newman entra en una catedral antigua, desgastada por siglos de plegaria, y se arrodilla ante un altar que no ha construido. Rittelmeyer diseña una capilla nueva, luminosa, cuidadosamente simbólica, donde cada gesto ha sido pensado por él mismo. En la primera, la santidad viene de la historia; en la segunda, del diseño.

Entre ambas opciones se juega, todavía hoy, el destino del cristianismo moderno: o aceptar que la verdad nos precede, o pretender producirla. Newman eligió recibir. Rittelmeyer eligió crear. Y en esa elección se revela toda una teología.


Discover more from Raúl Amado

Subscribe to get the latest posts sent to your email.