La Comunión de los Santos y la Devolución de lo Sagrado

En un mundo que ha aprendido a concebir la realidad como un conjunto de entidades separadas —alma y cuerpo, sagrado y profano, individuo y comunidad, historia y eternidad— la fiesta de Todos los Santos es una interrupción. No una memoria, sino una fisura ontológica en el tiempo secularizado: un recordatorio de que la creación nunca fue abandonada a la autosuficiencia de lo meramente natural.

Los santos no son “excepciones morales” dentro de un orden neutral. Son el signo de que la gracia es más real que la naturaleza tal como la modernidad la concibe. No perfeccionan una autonomía humana: revelan que nunca hubo autonomía, porque toda existencia es participación, don, relación. La santidad no es una categoría ética, sino ontológica: es criatura que vuelve a transparentar la gloria de su Creador.

La Iglesia no los “posee” ni los administra. Más bien, la Iglesia es lo que es porque los santos existen, porque la comunión de los redimidos es la forma concreta en que la humanidad es injertada en la vida del Dios trinitario.Si la Eucaristía es el Cuerpo de Cristo, entonces la Comunión de los Santos es su extensión en la historia y más allá de la historia. No hay Iglesia sin santos, ni santos sin Iglesia: no una institución humana purificada, sino una participación real en el Cristo total.La teología moderna intentó reducir la santidad a virtud privada o a ejemplo moral. La teología liberal la volvió metáfora.Pero la verdadera tradición católica —oriental, occidental, anglicana en su raíz no modernista— sabe que la santidad no es actitud, sino transfiguración: anticipo de la nueva creación.Por eso, cuando confesamos “creo en la comunión de los santos”, no enunciamos una doctrina marginal, sino la refutación radical del individualismo moderno.El santo no es solista espiritual: es persona en el sentido trinitario, es existencia convertida en relación, es “ser-en-comunión”.

En la fiesta de hoy, la Iglesia militante contempla su propia verdad escatológica: no una suma de creyentes, sino una polis litúrgica donde la historia se curva hacia la eternidad y la eternidad se vuelve hospitalaria hacia el tiempo.Allí donde los santos están, la lógica del mundo ya no gobierna: el martirio vence al poder, la virginidad vence al consumo, la oración vence al ruido, la caridad vence al cálculo.Cristo reina, y los santos no están muertos: son más vivos que nosotros.Porque el verdadero realismo no es el secular, sino el eucarístico.Y la verdadera política no es el Estado, sino la comunión de quienes han sido incorporados al Cordero.En ellos vemos lo que fuimos creados para ser: hombres y mujeres cuya existencia es alabanza.

«Sed santos», no como mandato imposible, sino como revelación de vuestro origen.La santidad no nos aleja del mundo: lo devuelve a Dios.Y sólo lo que es devuelto a Dios permanece.

Oremos.

Dios omnipotente y eterno,
que nos has unido en un solo Cuerpo
con aquellos que en la tierra luchan,
aquellos que en el paraíso descansan,
y aquellos que en gloria ya contemplan tu rostro:

concédenos, te rogamos,
perseverar en la carrera que nos has puesto delante,
sostenidos por la intercesión de tus santos,
inflamados por su ejemplo,
y hechos partícipes de la luz que ellos ya poseen.

Para que, al final de nuestra jornada,
seamos hallados dignos de compartir con ellos
la herencia eterna de tu Reino,
donde Cristo vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo,
un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

Desafiando las Creencias Tradicionales: ‘Raising Hell’ y la Reevaluación de la Doctrina del Infierno

Terminé de leer con mucho entusiasmo el libro “Raising Hell” de Julie Ferwerda. Leí el libro de un tirón en su versión en inglés, aunque también hay una versión en español.

Es un libro provocativo que arroja una luz reveladora sobre la doctrina del infierno y cuestiona las creencias tradicionales que han prevalecido durante siglos. Con una mirada crítica y perspicaz, la autora nos invita a cuestionar las aparentes contradicciones y dudas que rodean la idea del tormento eterno y a explorar una visión radicalmente diferente del propósito amoroso de Dios para la humanidad.
Desde el inicio, Ferwerda plantea una serie de preguntas impactantes que han desconcertado a generaciones de creyentes. ¿Es posible que los padres amen más a sus hijos que a Dios? ¿Por qué se nos pide perdonar a nuestros enemigos cuando Dios parece no hacer lo mismo? ¿Es justo ser castigado por toda la eternidad por pecados cometidos en una vida breve? Estas interrogantes, entre otras, forman el punto de partida para una exploración profunda y valiente.
El libro de Ferwerda no se limita a plantear preguntas incisivas, sino que también ofrece un análisis histórico, filosófico y bíblico convincente que desafía la doctrina del tormento eterno. Examina por qué el infierno no se menciona en el Génesis ni en el Antiguo Testamento, y por qué figuras como el apóstol Pablo no abordaron este tema. Además, cuestiona cómo la posición ortodoxa de la Iglesia primitiva evolucionó durante siglos después de Cristo y cómo los teólogos aún debaten si somos salvos por elección o libre albedrío.

“Raising Hell” es una obra que desafía a los lectores a cuestionar sus creencias arraigadas y a considerar una perspectiva más inclusiva y compasiva. Julie Ferwerda abre la puerta a una visión radical de las “Buenas Nuevas” y presenta argumentos sólidos sobre por qué la doctrina del tormento eterno podría ser uno de los engaños más perjudiciales de la Iglesia moderna.
En resumen, “Raising Hell” es un libro valiente que invita a la reflexión y la reevaluación de creencias profundamente arraigadas. A través de preguntas incisivas y un análisis convincente, Julie Ferwerda desafía la doctrina tradicional del infierno y ofrece una perspectiva que busca un Dios compasivo y amoroso para toda la humanidad. Este libro es esencial para aquellos que desean explorar una visión más inclusiva y misericordiosa de la espiritualidad y las creencias religiosas. Una obra que promete abrir los ojos y cambiar la forma en que entendemos el concepto del tormento eterno en la fe cristiana.

El libro se puede descargar de forma gratuita de la página que preparó la autora https://raisinghellbook.com/. Allí el lector encontrará tres versiones: una versión completa en inglés, otra abreviada en el mismo idioma y finalmente una traducción al español realizada por José Soto Puerta y Eva Vigouroux titulada “Controversia infernal”. Recomiendo también a los interesados visitar el canal de Youtube de la autora.

Apokatastasis: justicia y misericordia en la naturaleza de Dios

Hace unas semanas una alumna planteó en clase, sin muchos rodeos, cómo Dios podría soportar el tormento eterno de sus criaturas. La referencia al universalismo, o mejor dicho a la αποκαθιστώ – apokatastasis fue muy poco disimulada, al tiempo que mostraba una importante pericia en alguien tan joven. Podríamos decir, de forma muy sucinta que se trata de la idea de la restauración o renovación final de todas las cosas. Se trata entonces de una narrativa de esperanza y potencialidad abierta en el kosmos teológico. Este concepto desafía las estructuras metafísicas tradicionales al proponer una visión de la realidad como un tejido interconectado de posibilidades y narrativas en constante flujo. Así, el universo es inherentemente dinámico y creativo, y que la redención y la restauración son fuerzas que operan en todos los niveles de la existencia.1

El tema da para largo y la discusión puede ser muy interesante, pero quisiera ahora limitarme sólo a un aspecto: la relación entre justicia y misericordia de Dios. Existen momentos en los que es mejor callarnos, existen momentos en los cuales lo mejor es el silencio, reconociendo que no podemos acceder a toda la verdad, por lo menos no en esta vida, en esta condición en la que nos encontramos ahora. Nuestra inteligencia está limitada y herida por el pecado, la luz que nos permite ver no es plena, sino que está filtrada por nuestra condición. San Pablo alude a esto en 1 Corintios 13: 12:

Porque ahora vemos como en espejo, oscuramente; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como también soy conocido. (BAC)

Decir que Dios es justo y misericordioso es poco, es incompleto, porque en Dios esa dualidad no puede existir: Dios es la Justicia y la Misericordia al mismo tiempo, es la forma pura, es el Ser-en-Si-Mismo, es potencia y acto, es el que existe por sí mismo y en ese mismo sentido, sólo él y en él, esos dos conceptos no son conceptos sino realidad.

Nosotros vemos la justicia de Dios como limitada por la misericordia, pero en realidad, en Dios ambas se conjugan como parte de su esencia de una manera que para nosotros no es accesible.2 Este Νουμηνικός Θεός es un Ente (el verdadero y el único por definición, mientras que los demás lo somos por participación)3 permanece inaccesible para nosotros, sino sólo a las representaciones y concepciones limitadas.

Por lo tanto, en vez de eirigirnos como hermeneutas autorizados, quizás sería conveniente reconocer nuestra limitación en un mundo caído y como seres que han caído, y que sólo por una restauración de nuestra naturaleza podremos llegar a la Theosis y entonces, sólo entonces Apocalipsis 22: 4 se hará una realidad:

Y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.


Notas

1Remitimos al fundamental Ramelli, Ilaria, The Christian Doctrine of Apokatastasis, Leiden – Boston, Brill, 2013.

2Kant, Immanuel, Crítica de la razón pura. Edición bilingüe. Traducción, estudio preliminar y notas de Mario Caimi. México: FCE, UAM, UNAM; 2009.

3Rodríguez Velasco, Edwin Leonardo, Fundamentos tomistas para una filosofía del hombre, Autoreseditores, 2023.

La inversión de los signos sagrados

Vivimos tiempos en que los signos sagrados son trastocados, en que el lenguaje revelado es violentado y en que las estructuras teológicas más fundamentales —el ser mismo del hombre, el culto divino, la oikonomía de la Gracia— son sometidas a la osadía ideológica. El orden simbólico, que participaba del Logos eterno, ha sido degradado a instrumento de voluntad humana. Entre las ideologías que han profanado el templo del significado, ninguna ha producido una distorsión tan sutil y a la vez tan corrosiva como la ideología de género, ese ginecocentrismo teológico que pretende invertir la jerarquía del ser y disolver la diferencia sacramental en una parodia de igualdad. Lo que antes era signo de comunión se vuelve, ahora, teatro de voluntad. Lo que era símbolo, se convierte en consigna.

El movimiento que hoy se presenta como “liberación” no es sino una revuelta contra el orden querido por Dios. Según su antropología igualitarista, hombres y mujeres serían no sólo iguales en dignidad —como siempre enseñó la Iglesia—, sino idénticos en naturaleza, función y derecho. Pretenden borrar la distancia ontológica que da forma a la comunión, destruyendo la alteridad de la carne que hace posible el misterio del amor. “Masculum et feminam creavit eos” (Gn 1,27): en esa dualidad bendita resplandece la imagen de Dios, no su contradicción.
San Gregorio de Nisa lo expresó con claridad: “Ὁ Θεὸς ἔδειξεν ἐν τῷ ἄρρενι καὶ θήλει τὴν κοινωνίαν τοῦ ὄντος.” —“En el varón y en la mujer, Dios mostró la comunión del ser.” (De hominis opificio, XVIII).

Pero el pensamiento moderno, que ha perdido el sentido del símbolo, ya no reconoce en el sexo una participación en el mysterium Trinitatis, sino una categoría sociológica que puede manipularse. Así nace la hermenéutica de la indiferenciación sexual, que transforma la diferencia en opresión y la complementariedad en rivalidad. Se acusa a la Iglesia de haber construido una estructura patriarcal destinada a domesticar lo femenino, excluyéndolo del altar y del magisterio. Esta es la raíz de la llamada teología de la igualdad de género, que en su pretensión de emancipar, termina destruyendo la forma sacramental de la realidad.

Hace algunos años presenté en un congreso un trabajo titulado “Una aproximación cuantitativa a la cuestión de género: la ordenación de mujeres en el catolicismo independiente”. Intenté demostrar, con datos históricos y análisis doctrinal, que la supuesta “apertura” de estas comunidades a la ordenación femenina no implicó un verdadero cambio de estructuras, sino un recurso retórico. Las mujeres ordenadas en tales ámbitos raramente ocuparon lugares de decisión o autoridad efectiva. El resultado no fue una inversión jerárquica, sino una confusión eclesiológica: la sustitución de la jerarquía ontológica por una gramática del deseo.

En aquel estudio repasé la evolución de estas ideas y los momentos clave en que la ordenación de mujeres fue introducida en comunidades marginales. Observé que no fue sino hasta la década de 1920 cuando comenzaron a surgir formas embrionarias de teología igualitarista, principalmente en ambientes teosóficos y espiritistas. Paradójicamente, los primeros modernistas —incluso algunos de orientación liberal— rechazaron aquellas desviaciones por considerarlas extravagantes y esotéricas. Sólo después del Concilio Vaticano II se abrió el debate de manera pública y sistemática, incluso en círculos cismáticos y disidentes.

Los veterocatólicos de Utrecht, en sus inicios, rechazaron toda posibilidad de ordenar mujeres. El episodio de la Iglesia Mariavita, escisión polaca del movimiento veterocatólico, es paradigmático: cuando ordenaron a la primera sacerdotisa, Utrecht no sólo repudió el acto, sino que expulsó a los Mariavitas de la comunión eclesial. Aquella ruptura produjo una rama conservadora, aferrada a la ortodoxia, y otra rama que acabó abrazando el ginecocentrismo litúrgico. En 1949, la Old Catholic Church de los Estados Unidos repitió la transgresión. La Unión de Utrecht respondió con excomunión. Y el movimiento se fragmentó en centenares de microiglesias autodenominadas “católicas independientes”. No fue sino hasta 1998 cuando Utrecht, presionada por la Comunión Anglicana, aceptó oficialmente la ordenación femenina, no por convicción teológica, sino por capitulación cultural.

Pero sería ingenuo pensar que la ordenación de mujeres es el fin último de esta corriente. El verdadero propósito es más profundo: la reconfiguración del lenguaje litúrgico y teológico, el desplazamiento del Logos por la retórica del yo. La liturgia deja de ser mediación del Ser para convertirse en espejo de las identidades humanas. El Verbo eterno, per quem omnia facta sunt, es sustituido por la voz colectiva del “nosotros inclusivo”.

Su proyecto de una “liturgia inclusiva” no es un simple ajuste verbal: es una reconstrucción ontológica del culto. Pretenden purgar la oración de toda referencia de género, tanto respecto a los fieles como a Dios. Proponen un Dios andrógino, síntesis de masculino y femenino, un absoluto neutro que ya no es Padre, ni Hijo, ni Espíritu Santo, sino una emanación simbólica. Niegan, así, la revelación trinitaria, reduciendo el misterio personal de Dios a una metáfora psicológica.
San Atanasio lo previó: “Ὁ λόγος σαρξ ἐγένετο, ἵνα ἡμᾶς θεοποιήσῃ· ἄνευ τῆς διαφορᾶς ἀναιρείται ἡ θεοποίησις.” —“El Verbo se hizo carne para divinizarnos; sin la diferencia, se anula la divinización.” (De Incarnatione, 54).

Para fundamentar su teología, recurren a interpretaciones esotéricas: el Ruach HaKodesh como figura femenina, la emuná como principio materno de lo divino, o incluso especulaciones cabalísticas. En todas ellas late la misma herejía: proyectar sobre Dios la dialéctica sexual del mundo. Donde los Padres vieron misterio, ellos ven símbolo cultural; donde hubo sacramento, ellos ven construcción social. Así reemplazan el don por la fabricación, la encarnación por la metáfora, el altar por el escenario.

Recuerdo la primera vez que presencié una liturgia de este tipo. Fue en la Iglesia Apostólica Católica Latinoamericana, regida por el obispo Erman Colonia. En sus textos, “El Señor esté con ustedes” se transformaba en “El Señor esté con todas y todos ustedes”; el sacerdote decía “coman todos y todas de él, porque esto es mi cuerpo”. Lo que me perturbó no fue el desdoblamiento lingüístico, sino la alteración ontológica del lenguaje sagrado. La palabra, que debía transparentar el misterio, se volvía opaca; el símbolo, que debía unir, se convertía en ideología.

En la Iglesia Católica Liberal, unida al Young Rite de Van Alpen, la situación es aún más dramática. Allí, la “misa gnóstica” se combina con esta liturgia inclusiva para producir fórmulas abiertamente heréticas. Cito:

  • “En el nombre del Padre, que es Madre; del Hijo e Hija, y del Santo Espíritu.”
  • “Yo confieso ante la Diosa Madre Omnipotente…”
  • “Te alabamos, Sophia.”


Estas expresiones no son simples extravagancias: son la manifestación de una teogonía alternativa, una inversión simbólica del misterio cristiano. San Agustín lo habría reconocido de inmediato: “Ubi non est verbum Dei, ibi non est sacrificium Dei.” —“Donde no está la palabra de Dios, no hay sacrificio de Dios.” (Enarrationes in Psalmos, 85).

Hasta hace poco creí que tales aberraciones pertenecían a los márgenes del cristianismo, pero confieso que ya no es así. En una institución académica donde enseño, asistí recientemente a una celebración del Novus Ordo Missae en la que el celebrante —un sacerdote del rito moderno— sustituyó “con todos ustedes” por “con todas y todos ustedes”, habló de “hijos e hijas” de Dios, y se refirió al Creador como “Padre y Madre omnipotente”. Me estremeció la familiaridad de la escena: era la misma alteración, ahora en el corazón mismo de la Iglesia.

No se trata de una casualidad, sino de una estrategia semiótica: antes de tocar el altar, se altera el lenguaje; antes de subvertir la forma, se corrompe el signo. El enemigo ya no ataca desde fuera, sino desde dentro del discurso. Así se cumple la advertencia de San Ireneo: “Quod per verbum Deus fecit, per verbum falsum hominem pervertit serpens.” —“Aquello que Dios creó por la palabra, por la palabra falsa lo pervierte la serpiente.” (Adversus Haereses, V, 20).

Hoy el avance se produce de forma sigilosa, por la vía litúrgica. No se decreta: se insinúa. No se proclama: se permite. La deformación penetra el tejido de la Iglesia sin ser detectada, como una herejía invisible que se disfraza de compasión. Así fue también en las Iglesias episcopalianas, veterocatólicas y liberales: primero el lenguaje, luego el sacramento. Primero la alteración verbal, luego la transgresión ontológica. La historia se repite con precisión casi litúrgica: la lengua se convierte en anticipo de la apostasía.

Cuando llegue el día en que Roma adopte abiertamente la diaconía femenina y luego el sacerdocio de mujeres, el Novus Ordo será doblemente nulo. Nulo por su forma y nulo por su intención. Porque ya no será sacrificio, sino simulacro; ya no será memorial, sino performance. “Sacramenta non fiunt nisi verbo,” escribió Santo Tomás; “y si el verbo se pervierte, el signo se disuelve.”

El cristianismo posmoderno, seducido por la estética de la inclusión, olvida que la diferencia no es dominio, sino don; que el orden no es jerarquía de poder, sino jerarquía de amor. La oikonomía de la Gracia, que distribuye según la sabiduría divina, es sustituida por la administración del consenso. Así se cumple la palabra del Apóstol: “Habentes speciem pietatis, virtutem autem eius abnegantes.” (2 Tim 3,5) —“Tendrán apariencia de piedad, pero negarán su poder.”

Y cuando el rito deje de ser epifanía del Verbo y se vuelva espejo del yo, todo se convertirá en liturgia vacía: forma sine forma, sacramentum sine mysterio. Entonces, el templo quedará habitado por el eco del propio hombre.

Que el lector reflexione, y si aún puede, que rece.

John Shelby Spong: epitafio de una época

Vuelvo a leer la noticia de su muerte (aquella que entonces anoté con prisa y enojo) y noto, no sin cierta sorpresa, que en mí sobrevivió menos el nombre de John Shelby Spong que el eco de una época. Es probable que en su figura yo haya combatido algo más vasto que un hombre: la confianza ciega del modernismo tardío en que toda herencia puede reescribirse sin costo. Sigo creyendo (y no me arrepiento de decirlo) que Spong fue hereje; pero también reconozco que murió como mueren los hombres, en silencio, dejando tras de sí un itinerario intelectual que conviene comprender para no repetir sus extravíos ni ignorar sus advertencias.

El hombre y su tiempo

Spong fue obispo de Newark durante el largo crepúsculo del siglo XX. Su teología está marcada por dos experiencias que, a mi juicio, explican su tono: el desencanto de la cristiandad sociológica en los Estados Unidos urbanos (templos vaciándose, parroquias exhaustas) y el aguijón ético de los años de plomo culturales (derechos civiles, sexualidad, dolor y estigma en torno al VIH/SIDA). No era un académico de biblioteca: fue un obispo de acción pastoral y combativo, que quiso responder a la intemperie con una fórmula radical: si el cristianismo no podía hablarle a la modernidad con su antiguo lenguaje, había que cambiar el lenguaje… y, si hacía falta, cambiar el contenido.

Su lema quedó resonando: “Christianity must change or die.” Reducción eficaz, slogan brillante, y a la vez trampa: porque confunde la paráfrasis con la μετάνοια, la metanoia, y el giro retórico con la conversión de la mente a la Verdad. Con los años (ya llegué a los cuarenta) entiendo mejor su intención pastoral, pero también veo con más nitidez el precio pagado: al desfondar los dogmas, acabó debilitando precisamente aquello que pretendía salvar.

El proyecto teológico: de la fe apostólica al símbolo elástico

Spong se propuso una demitificación total. Allí convergen ecos de Bultmann, Tillich y la teología liberal del siglo XX:

  1. El Dios personal es, para él, una construcción “teísta” inverosímil; prefiere un horizonte difuso, casi funcional, un “Dios” que se aproxima al “fundamento del ser” sin voz, voluntad ni intervención.
  2. Cristo deja de ser el Verbo hecho carne y pasa a leerse como “símbolo de la plenitud humana”: ya no Kyrios redentor, sino emblema inspirador.
  3. La Expiación es rechazada en bloque, sobre todo su forma sustitutiva: no hay deuda, no hay rescate, no hay Agnus Dei que quite el pecado del mundo; la cruz se vuelve ejemplo ético y denuncia política, pero pierde su densidad soteriológica.
  4. El pecado original deja de ser drama y se trivializa como mito pre-darwiniano; la Resurrección se licua en experiencia pascual de la comunidad; los milagros se leen como metáforas de inclusión y sanación social.
  5. La Escritura queda reducida a archivo de experiencias religiosas; la Iglesia, a una asamblea pedagógica; la Liturgia, a celebración de valores.

No es justo caricaturizarlo: Spong no odiaba a Cristo ni a la Iglesia; quería, a su modo, hacerlos creíbles ante quienes, según él, ya no podían creer. Pero su método fue inverso al de la Tradición: donde la Iglesia discierne el depósito recibido para decirlo de nuevo, él disuelve el depósito para hacerlo decible. El resultado no es aggiornamento sino autonegación.

La ética como centro y la intención pastoral

Sería mezquino no ver la motivación humana que lo empujaba. El Rev. Spong creyó que la exclusión moral mataba más que la herejía. Su prioridad fue dar lugar rápido y sin rodeos a quienes se sabían fuera. Por eso su itinerario sobre sexualidad, género y reconocimiento fue frontal. Quiso proteger personas y, en ese afán, consideró sacrificable todo enunciado que oliera a obstáculo: desde la moral tradicional hasta la ontología trinitaria.

Aquí asoma lo que todavía me interroga, ya sin enojo: ¿cuánto de nuestra defensa de la ὀρθοδοξία, ortodoxia es ceguera a heridas reales? Y a la inversa: ¿cuánto del desvelo pastoral del obispo Spong terminó amputando aquello que cura la herida? No niego el imperativo de la misericordia; niego que la misericordia exija negar la verdad. Spong unió ambas cosas y, por eso, su compasión devino programa ideológico.

La retórica y sus sombras

Spong fue un polemista de talento. Pero la retórica hiriente que empleó contra quienes no compartían su agenda dejó cicatrices. Pienso (porque entonces lo escribí y hoy lo matizo) en el episodio de Lambeth 1998, cuando descalificó como “supersticiosos” a obispos africanos. Si antes califiqué aquello de “racismo” y nada más, hoy veo con más claridad algo más profundo: el paternalismo que a menudo acompaña al progresismo teológico occidental, convencido de que guarda la llave de la adultez para todos los demás. El pedido público de disculpas que siguió no borró el gesto. Pero, pasado el tiempo, tampoco deseo hacer de esa torpeza una lápida moral; prefiero verla como síntoma de una retórica que confundió audacia con superioridad.

Frutos eclesiales: la paradoja del éxito institucional y el fracaso espiritual

Durante y después de su episcopado, buena parte de su programa fue adoptado. Se escribieron declaraciones, se reformaron cánones, se celebraron victorias legislativas. Y, sin embargo, los templos no se llenaron. Las estadísticas (y me ahorro aquí los guarismos minuciosos) mostraron lo que vimos con los ojos: cierres de parroquias, envejecimiento de comunidades, vocaciones menguantes, litigios por propiedades, nacimientos de jurisdicciones paralelas. En el plano sociológico, el Reverendísimo Spong ganó; en el plano espiritual, perdió.

No es que el dolor pastoral que él quiso aliviar no existiera; existía y existe. Es que una Iglesia reducida a ética acaba compitiendo en un mercado donde hay organizaciones seculares más eficientes para proveer servicios y causas. Sin misterio, sin sacramento, sin economía de gracia, la Iglesia abdica de su diferencia. Spong apostó por esa renuncia como paso de madurez; los hechos enseñan que fue un desarraigo.

Relectura de sus “doce tesis”: lo que dicen de nosotros

A la distancia, sus tesis funcionan como un espejo. Les dejo aquí un enlace para que puedan acceder a ellas. Estas tesis nos recuerdan la tentación permanente de redefinir a Dios a escala de nuestra época para no sentirnos extraños. Pero el cristianismo siempre fue, y seguirá siendo, un extrañamiento: el Dios que habla, la Palabra que se hace carne, la sangre que redime, el agua que regenera, el pan que alimenta con vida eterna. No son metáforas prescindibles; son el andamiaje de lo real en la economía de la salvación.

Spong quiso salvar al cristianismo de la “incredulidad moderna” vaciándolo de todo aquello que la modernidad rechaza. El problema es que, hecha la operación, lo que queda ya no necesita a Cristo. La Iglesia se vuelve un taller de autoayuda con himnos antiguos. Él lo celebró como victoria de la honestidad intelectual; yo lo veo, años después, como renuncia a la esperanza.

Un epitafio posible

Cuando escribí su obituario, me movía el deseo de poner límites: señalar que hay líneas que, al cruzarse, ya no dejan una fe reconocible. Hoy lo sostengo. Pero añado algo que entonces no supe decir: Spong fue, a su modo, un hombre inquieto que quiso que nadie se quedara fuera. Se equivocó en el diagnóstico de Dios y en la terapia de la Iglesia; pero el dolor que quiso atender era real. No celebro sus tesis ni su programa; sí pido que el Señor vea, más allá de la retórica y del ruido, aquella intención pastoral que a veces asomaba entre líneas.

Si su vida fue el epílogo de un largo siglo liberal, su muerte nos deja a nosotros la tarea menos vistosa. Debemos hacer lo que Elías hizo en el Carmelo: reparar el altar arruinado del Señor, recoger las piedras dispersas, restaurar la unidad de la fe y ofrecer de nuevo, con confianza y humildad, el sacrificio de la verdad (1 Re 18:30). Esa es la verdadera tarea después de Spong y de todos los modernismos: no destruir para reconstruir, sino reparar lo que permanece, porque los cimientos son de Cristo y no han sido removidos. Se trata de volver a confesar al Dios vivo y personal, al Cristo Señor y Redentor, a la Cruz que salva, a la Gracia que convierte, a la Iglesia que enseña, santifica y gobierna. Y hacerlo con una mansedumbre que no tuvimos, ni Spong, ni los modernistas, ni los “tradicionalistas”, cuando nos gritábamos desde trincheras.

Spong está muerto; Cristo, no.

El Kyrie eleison que él despojó de contenido sigue siendo el clamor de la Iglesia y del mundo. Por eso termino con una súplica que entonces no hice:

Que Dios tenga misericordia de él y de nosotros; que nos conserve en la verdad; que nos dé caridad para decirla.