Cultura teológica: hacia una definición

El siguiente texto está tomado de mi tesis “Respublica spiritualis : un estudio de la cultura teológica en el Río de la Plata (siglos XVII-XIX)”, Introducción, 2.c, p., 13-15.

Tratar sobre la cultura teológica implica la necesidad de definirla. En primer lugar, se hace menester aclarar que no es: ni se trata de un estudio sobre la teología científica, ni tampoco abarca la teología de la cultura. La cultura teológica no es el sensus fidelium, la creencia que mantienen todos los fieles de manera universal e infalible a través de la historia que a su vez se puede distinguir en tres niveles: la consciencia sobrenatural de las materias de fe, la creencia de la fe y finalmente el consenso de los fieles sobre las materias de fe. No obstante, el sensus fidelium forma parte de la cultura teológica de un pueblo, de una comunidad de fieles, de una nación, de una coyuntura.1

Definimos por cultura teológica al estado general de los conocimientos teológicos de una época, de las distintas escuelas de pensamiento generadoras de saberes y la hermenéutica de la fe, así como la forma en la cual ese conjunto de ideas circulan, son compartidas y sus conclusiones interpretadas, adoptadas y aplicadas por los fieles. El estudio de la cultura teológica se sirve y recurre a la teología científica y de la cultura.

Por teología científica entendemos “la reflexión metódica y crítica de todo lo que propone el kerigma de la Iglesia y se acepta en el acto de fe, en el cual el hombre se somete a la palabra de Dios“.2 Esta surge y se desarrolla en los claustros académicos y se ha considerado reservada, hasta épocas muy recientes, a un grupo de expertos poseedores de un carisma especial, el llamado “carisma de los doctores”, o διδασκαλία. Ahora ¿Se consideraba esto algo exclusivo del estado clerical? Paradójicamente a lo que ocurrirá en la segunda mitad del siglo XIX y buena parte del siglo XX, la teología no era monopolio de los presbíteros. Clérigos y seglares serán convocados para dirimir quæstiones disputatæ y ambos estados tendrán derecho a la presentación de sus tesis, a la defensa o refutación de los mismas.3 La iglesia era una Respublica spiritualis.

Esta participación de todos aquellos que eran llamados, por sus conocimientos en la Ciencia de Dios nos pide re-significar el término “laico”. El λαός incluye, según la concepción de la Iglesia señalada anteriormente, a toda la comunidad de los bautizados. De ese λαός, algunos poseen la διδασκαλία, reservada a la Iglesia docente, es decir, aquel grupo de bautizados, unidos en unión y verdad con Cristo, facultados para enseñar y exponer la sagrada doctrina.4 La cultura teológica no era uniforme, no estaba centralizada y por sus propias características no estaba monopolizada por un paradigma determinado aún cuando hubiese una tendencia dominante. Entendemos por sistema teológico a un conjunto racional, ordenado e interrelacionado de postulados, ideas y conclusiones sobre la fe y las creencias, el cual posee además un método aplicable a cualesquiera de las partes que componen el sistema. Los sistemas teológicos funcionan como paradigmas, por medio de ellos se puede comprender toda y cada una de las ramas de la teología.

Dentro de la historia del catolicismo, algunos sistemas teológicos fueron condenados como heréticos, mientras que otros fueron censurados por erróneos. Entre los siglos XVII y XVIII el jansenismo fue condenado por Roma como herético, no obstante, quienes adherían a dicho sistema, sostuvieron que el mismo era ortodoxo y reflejaba la doctrina de San Agustín. El galicanismo fue considerado erróneo y próximo a la herejía y al cisma, al igual que el conciliarismo. Existieron en el Río de la Plata una pluralidad de sistemas que periódicamente se enfrentaron, ganando en hegemonía unos en detrimento de otros. Esta heterogeneidad no era considerada ni perjudicial ni extraordinaria. La hegemonía de un sistema particular y la forma en cual su cosmovisión era llevada a la práctica dotaba de identidad a una iglesia particular.


Notas:

1 Tillich, Paul, Theology of Culture, New York, Oxford University Press, 1964; Cfr. Douglas, John, Remembered Voices: Reclaiming the Legacy of “neo-orthodoxy”, Westminster John Knox Press, 1998. Finucane, Daniel, Sensus Fidelium. The Use of a Concept in the Post-Vatican II Era, San Francisco, International Scholars Publishing, 1996; Rush, Ormond. The Eyes of Faith. The Sense of the Faithful and the Church’s Reception of Revelation, Washington, D.C.: CUA Press, 2009, p., 66.

2 Feiner, Johannes, Mysterium salutis: manual de teología como historia de la salvación, Madrid, Cristiandad, 1992, pp. 29.

3 Di Stefano, Roberto, “¿De qué hablamos cuando decimos “Iglesia”?…”, op., cit. Moya, Silvano, “La cultura teológica de las élites letradas. ¿Especulación teórica o pragmatismo en el Tucumán del Siglo XVIII?”, en Hispania Sacra, LXV, 131, enero-junio 2013, pp. 312.

4 García, Ramón, Tratado de la Verdadera Religión y de la Verdadera Iglesia, Santiago de Chile, de la Sociedad, 1848, pp. 161.

¿Estamos en una sociedad post-cristiana o pre-cristiana?

Muchas veces me he preguntado si vivimos en una “sociedad post-cristaniana”. Quienes lo afirman sostienen que la sociedad moderna se caracteriza por una disminución importante de la influencia del cristianismo en la vida política, económica, social y cultural; las normas, los valores y las prácticas que se asocian al cristianismo pierden sus preeminencia y pasan a ser irrelevantes, a la vez que ceden terreno a otras filosofías y corrientes culturales, muchas veces, anticristianas.1

Una sociedad post-cristiana no es, necesariamente, una sociedad atea. Al contrario, la inmensa cantidad de grupos y afiliaciones de carácter espiritual, de pensamiento positivo nos demuestran que en realidad vivimos en una de las épocas más religiosas de la historia. La gente busca una “religión”, es decir, una forma de volver a unir lo humano con lo divino bajo la consciencia de que hay una “interferencia”. Llámela como quiera, pero existe un “ruído” una “separación”, una “cuarenta”, para emplear el lenguaje de algunos textos religiosos modernos.2

Esto lleva a los hombres modernos a buscar nuevas prácticas espirituales enfatizando, sobre todo, una espiritualidad de carácter personal e individual, como nunca antes vimos. Mientras que tradicionalmente, la religión era algo social, hoy es algo puramente individual, pero también del desarrollo personal:3 la meditación, el yoga, la visualización, la oración contemplativa, el crecimiento personal, e incluso el “minimalismo” tienden a una espiritualidad holística que pone el acento en el bienestar integral (cuerpo, mente, espíritu) del individuo.4

A veces pienso que no estamos realmente en una sociedad postcristiana, sino en una sociedad pre-cristiana, dónde los valores éticos y morales han regresado a una etapa inmediatamente anterior a la irrupción del cristianismo, eun un imperio corrupto, hedonista, entropocéntrico y moralmente decadente, en una sociedad que se entretenía viendo como dos hombres se mataban, que sabía de la existencia de la esclavitud (laboral, sexual, la que usted imagine) y se aprovechaba de eso. De una sociedad donde los rostros, por más bellos que parecieran reflejaban el estado de las almas: bellezas muertas, ojos inexpresivos.

Creo que esta es la descripción del mundo que vivimos hoy.


NOTAS

1Recomiendo al respecto la lectura de Jones, Michael, Libido dominandi. Liberación sexual y control político, Fidelidad, Bella Vista, 2023; ver también el interesante trabajo de Charles Taylor, A Secular Age, Harvard, Belknap Press, 2007.

2El término “separación” aparece en el contexto de Un curso de milagros (y derivados como Un curso de amor), mientras que el de “cuarentena” en El libro de Urantia.

3Me he preguntado muchas veces si esto no es consecuencia del principio protestante de la “salvación personal”.

4Wilber, Ken, El cuarto giro, Barcelona, Kairós, 2016.

Charity Without Truth Is Sentimentality. Reflexión sobre un tuit de una sacerdotisa de la ACNA

Hace unos días, la reverenda Hanna Miller King, sacerdotisa de la Anglican Church in North America (ACNA), escribió en X (antes Twitter):

“I’m a female priest in the ACNA. I have clergy friends in the REC (more conservative than me) and TEC (more progressive than me). Despite what social media portrays, people are not ideological avatars. They are complex creatures capable of charitable disagreement and friendship.” (Original aquí)

El mensaje, que ha sido ampliamente compartido y muy duramente contestado, refleja la retórica conciliadora típica del sector moderado dentro del anglicanismo norteamericano. En apariencia, es una invitación a la comprensión y a la caridad: una exhortación a ver en los demás algo más que ideas o posturas doctrinales. Pero bajo su tono amable se esconde una ambigüedad peligrosa: la de una caridad desvinculada de la verdad.

Respondí a ese tuit con las siguientes palabras:

“Charity without truth is sentimentality; communion without doctrine is fiction. There is no unity where the divine order of the Church is denied, no matter how gentle the tone.” (aquí)

Y sostengo cada una de ellas. Porque la caridad cristiana, cuando se separa de la verdad revelada, deja de ser virtud teologal para convertirse en mera benevolencia emocional. No hay caridad auténtica sin la luz de la verdad divina, así como no hay comunión sin la unidad de la fe.

El error de muchos sectores del anglicanismo contemporáneo, tanto en la ACNA, como en la Episcopal Church (TEC) o la misma Reformed Episcopal Church (REC), consiste en confundir la cortesía con la comunión. El diálogo puede y debe existir, pero la Iglesia no se edifica sobre la simpatía, sino sobre la doctrina apostólica. Ese es nuestro firme fundamento (2 Tim 2:19). La “amistad” entre quienes niegan y quienes afirman el orden sagrado instituido por Cristo no es una forma de unidad, sino una coexistencia cortesana dentro de la fractura.

La unidad eclesial no es una construcción sociológica ni una obra de diplomacia moral; es un don sobrenatural que presupone una sola fe, un solo bautismo, un solo altar. Cuando la verdad se convierte en materia negociable, la caridad degenera en sentimentalismo, y el Evangelio se reduce a una estética del consenso.

“Ser amable” no es un sacramento.
Y ninguna sonrisa, por sincera que sea, puede suplir la integridad de la fe.

Boyaryna Morozova

La imagen que presento es una obra monumental del pintor ruso Vasili Súrikov, titulada “La boyarina Morózova” (Boyarynya Morozova, 1884–1887). Se conserva en la Galería Tretiakov de Moscú, y no es exagerado decir que constituye un hito de la pintura histórica rusa, tanto por su fuerza dramática como por su carga teológica, social y espiritual.

La mujer que alza el brazo en el centro del cuadro (vestida con un severo hábito negro) es Feodosia Prokófievna Morózova, conocida como la boyarina Morózova, una figura real y profundamente trágica del siglo XVII. Pertenecía a la nobleza moscovita y fue una ferviente defensora del Viejo Ritualismo (o Raskol, el cisma de los staroobryadtsy), oponiéndose a las reformas litúrgicas impuestas por el patriarca Nikon bajo el reinado del zar Alejo I.

Morózova fue arrestada, torturada y finalmente conducida al exilio (tal como la muestra esta escena) por negarse a renegar de su fe. El gesto de su mano, con dos dedos alzados, es un acto de confesión silenciosa pero elocuente: la antigua manera de persignarse, y por ende, una declaración pública de lealtad a la tradición litúrgica perseguida.

Súrikov, fiel al realismo histórico, coloca a Morózova en una sencilla carreta de madera, arrastrada por caballos a través de una calle nevada. A su alrededor, una muchedumbre variopinta: algunos se burlan, otros la contemplan con compasión, otros con asombro o temor. En la esquina inferior derecha, un hombre arrodillado parece bendecirla, como si viera en ella a una santa mártir. Observe también (a la derecha) el icono colgado sobre la entrada de una casa, recordándonos que la disputa era, en última instancia, una batalla por el alma del culto.

En el silencio de la nieve, esta escena grita. Grita la fidelidad, la resistencia y el testimonio. La boyarina no porta armas, ni argumenta, ni discute. Se limita a mostrar con su mano lo que su alma sostiene. Y en ese gesto se condensa el drama de toda una Iglesia desgarrada por la tensión entre tradición y reforma.

Hay en ella algo de María al pie de la cruz: callada, firme, inexplicablemente luminosa. Y también algo del profeta Elías: solitaria, imperturbable, extrañamente victoriosa. Porque aunque fuera conducida al martirio físico, su gesto quedó para siempre en la memoria del pueblo.

Fides non quaerit rationem, sed perseverantiam.

La siguiente es una capilla levantada sobre el lugar donde ella, como los cristianos primitivos, vertió su sangre por amor a Cristo.

Hildegarda de Bingen: O Ignis Spiritus

Conocida como “La sibila del Rihn”, fue considerada una santa desde pocos años después de su muerte. Quien se aproxima a su figura queda fascinado, ya que se trata de una de las personalidades más influyentes y fascinantes de toda la Baja Edad Media. Ella tiende un puente entre el misticismo occidental y de Oriente, representante, seguramente gracias a la elevación de su inteligencia y alma a un estado cuasi-angélico.

De su increíble obra, en la que trata temas científicos, teológicos, místicos, se destaca también su aporte a la Musica Sacra. Hoy quisiera compartir con todos ustedes O Ignis Spiritus, interpretado por el coro Harpa Dei.

El texto dice:

1a. O ignis Spiritus paracliti,
vita vite omnis creature,
sanctus es vivificando formas.

lb. Sanctus es ungendo periculose
fractos, sanctus es tergendo
fetida vulnera.

2a. O spiraculum sanctitatis,
o ignis caritatis,
o dulcis gustus in pectoribus
et infusio cordium in bono odore virtutum.

2b. O fons purissime,
in quo consideratur
quod Deus alienos
colligit et perditos requirit.

3a. O lorica vite et spes compaginis
membrorum omnium
et o cingulum honestatis: salva beatos.

3b. Custodi eos qui carcerati sunt ab inimico,
et solve ligatos
quos divina vis salvare vult.

4a. O iter fortissimum, quod penetravit
omnia in altissimis et in terrenis
et in omnibus abyssis,
tu omnes componis et colligis.

4b. De te nubes fluunt, ether volat,
lapides humorem habent,
aque rivulos educunt,
et terra viriditatem sudat.

5a. Tu etiam semper educis doctos
per inspirationem Sapientie
letificatos.

5b. Unde laus tibi sit, qui es sonus laudis
et gaudium vite, spes et honor fortissimus,
dans premia lucis.