San Agustín y los pelagianos de hoy

Quisiera presentar a ustedes este fragmento de uno de los trabajo de San Agustín contra los pelagianos. La Réplica a Juliano es uno de los trabajos donde el Máximo Doctor argumenta contra la herejía que sostenía la inexistencia del Pecado Original, negaba la necesidad de bautismo y por lo tanto la eficacia de la Gracia de Dios, colocando como suficiente el accionar del hombre para su salvación. En la Iglesia Conciliar, donde los Jesuitas consiguieron imponer sus tesis molinistas, es decir, neopelagianas, donde el hombre por medio de su fer personal puede llegar a Dios, incluso fuera de la Iglesia Católica y donde se canonizan a personas por sus “buenas acciones”, este texto que retrata la doctrina sobre el pecado original presente en los niños no bautizados.


Sin más, el texto del Santo Doctor de Hipona.

Tomado de San Agustín, Replica a Juliano, Libro III


XII. Crees haber dado prueba de una gran agudeza de ingenio al decir: “Aun cuando fuera el diablo el creador de los hombres, serían malos sin culpa suya, y, en consecuencia,
no serían malos, porque nadie puede existir si no nace, y no es justo exigir a uno lo que
no puede dar”. Este mismo argumento solemos aducir nosotros contra los maniqueos,
que, según sus fábulas, sostienen que la naturaleza humana no fue creada buena en un
principio y luego viciada, sino que desde la eternidad es inmutablemente mala.
La fe católica reconoce, por el contrario, que la naturaleza humana fue creada buena;
pero, viciada por el pecado, es con justicia condenada
. No es ni sorprendente ni injusto
que una raíz mala produzca frutos malvados, y así como en un principio no faltó una mano
creadora, tampoco falta ahora una misericordia redentora, verdad que vosotros rechazáis al decir que los niños no tienen pecado del que puedan ser liberados.
25. Vosotros que con una desafortunada defensa y elogio pernicioso cooperáis a la pérdida irremediable de estos niños desgraciados, decidme: ¿Por qué no admitís en el reino de Dios si no son bautizados, a tantas criaturas inocentes que ningún mal han hecho y que son imágenes del mismo Dios? ¿Han faltado a sus deberes para verse privados del reino y ser condenados a destierro tan triste, si jamás han hecho lo que no pueden hacer? ¿Dónde pones a los que no tienen vida porque no comieron la carne ni bebieron la sangre del Hijo del hombre? Por esto, Pelagio, como queda dicho, en una asamblea eclesiástica condenó, para no ser condenado, a todos aquellos que dicen: “Los niños, aunque no estén
bautizados, tendrán la vida eterna”. Dime, por favor: ¿Es justo que los niños, imágenes de
Dios, sean excluidos del reino de Dios, alejados de la vida de Dios, sin haber nunca transgredido la ley de Dios? ¿No oyes cómo el Apóstol detesta a los excluidos de la vida de
Dios por la ignorancia que en ellos hay y la ceguera de su corazón.

¿Estará en esta sentencia incluido el niño no bautizado o no? Si contestas: “No está incluido”, te ves condenado por la verdad del Evangelio y la sentencia de Pelagio. ¿Dónde encontrar la vida de Dios sino en el reino de Dios, donde no pueden entrar los que no han renacido del agua y del Espíritu?

Y si contestas que el niño no bautizado no está incluido en la sentencia del Apóstol, confesada la pena, decid la culpa; confesado el suplicio, decid cómo lo ha merecido. Nada en vuestro dogma encontraréis que poder aducir. Si hay en vosotros algún sentimiento cristiano, reconoced en los niños alguna falta transmisora de muerte y condenación por la que son con justicia castigados si no son por la gracia de Cristo redimidos. En su redención puedes alabar la misericordia de Dios y en su condenación no
puedes acusar su justicia, porque todos los caminos del Señor son misericordia y verdad.

La fe en las cosas

«Ha pasado la gloria de Israel, porque ha sido capturada el arca de Dios».
I Sam 4, 21

La mejor lectura es la Sagrada Escritura. En ella, Dios nos habla de muchas maneras, y su mensaje es siempre actual. Como dice san Agustín, Doctor de los Doctores:


«Cuantos temen a Dios y, por la piedad, son mansos, buscan en todos estos libros la voluntad de Dios» (De Doctrina Christiana, II, 9).

Debemos acercarnos a las Sagradas Escrituras —escritas para la edificación del hombre— con cuidado y respeto, procurando escuchar lo que Dios quiere que escuchemos, y no aquello que deseamos oír. En efecto, el afán de adecuar el mensaje de Dios a las modas y a los tiempos es el origen de todas las herejías. Pelagio, quien fue refutado por el Doctor de Hipona, intentó transformar el cristianismo en una suerte de “filosofía de vida” que resultara agradable a los oídos de sus contemporáneos imbuidos en el estoicismo. Lo mismo hicieron sus sucesores, entre ellos los más modernos.

Hoy me entregué durante varios minutos a la lectura de la Biblia. Me encontré con uno de los pasajes que más me conmueven: la derrota de Israel frente a los filisteos y la captura del Arca. En este relato podemos ver claramente la presencia y la omnipotencia de Dios, así como la ceguera de los hombres. Se cuenta que, tras una primera derrota ante los filisteos, los ancianos de Israel pensaron que podrían obtener la victoria si traían el Arca de la Alianza al campamento. Cuando el Arca llegó, todo el pueblo gritó de júbilo y, con ciega confianza, se lanzaron a la batalla, comandados por los hijos del juez Helí, Ofní y Fineés.

¿Pero en qué tenían fe? Ciertamente no en Dios, no en Yahvé Sebaot, el Dios de los Ejércitos. Su fe estaba puesta en un objeto: en el Arca. Y por eso fueron derrotados y humillados. La esposa de Fineés lo resume con estas palabras:


«Ha pasado la gloria de Israel, porque ha sido capturada el arca de Dios».

Este pasaje merece nuestra reflexión. También nosotros, hoy, depositamos nuestra fe en objetos. Confundimos lo sagrado con El Sagrado. Confundimos lo creado con el Creador. Nos parece lo mismo, porque estamos habituados a ello y no lo razonamos: no nos damos cuenta. Pero así, aun sin querer, violamos el precepto de no cometer idolatría.

¿Cuántas veces depositamos nuestra fe y nuestra confianza en escapularios o rosarios?
¿Cuántas veces decimos: “Mientras tenga el escapulario, no me iré al infierno”?

Eso es burlarse de la justicia de Dios. El escapulario es precioso. Sin embargo, quien lo porta y peca a conciencia, creyéndose a salvo solo por llevarlo, ha cometido sacrilegio. Se burla de lo sagrado y cree que puede engañar a Dios. Lejos de salvarlo, el escapulario se convierte para él en una marca, en un ancla que lo hunde más profundamente en el Abismo.

El Rosario es quizás la devoción más extendida entre los católicos. El Rosario es un tesoro espiritual. Pero, como el Arca de la Alianza, puede ser malinterpretado. ¿Tenemos la fe puesta en el Rosario o en Cristo? ¿A quién rezamos en el Rosario? ¿Oramos a María por ella misma, o elevamos nuestra plegaria a Dios por medio de ella, solicitándolo todo en el el “Nombre que está sobre todo nombre”? Además, ¿portamos con dignidad nuestro Rosario? El Rosario debe estar siempre a mano; no es un adorno ni un objeto de lujo. Vale lo mismo uno de perlas preciosas que uno hecho con una simple cuerda. Ambos tienen igual valor, porque sirven para orar a Nuestro Señor y aplacar su ira, para que su juicio sea benigno con nosotros.

Algunos dicen: “Rezamos con alegría”. ¿Alegría de qué? Así oraba el fariseo: alegre, soberbio, altanero. Así estaban alegres las cinco vírgenes necias que tomaron las lámparas pero no el aceite (Mt 25, 3). Miremos las sonrisas de los “grupos de oración” que se reúnen en los templos usurpados por la Iglesia conciliar: los vemos felices, riendo. En cambio, el cristiano debe rezar con humildad, con pesar, sabiendo que no es digno siquiera de pronunciar el Nombre del Verbo. Y como el publicano, pide compungido:


«Oh Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador».

Vemos fotografías e imágenes de algunas congregaciones que se autodenominan “tradicionalistas”. ¿Qué observamos? Sacerdotes con largos rosarios colgando, que predican su devoción. Pero cabe preguntarse: ¿devoción al Rosario por el Rosario mismo? ¿El Rosario como hábito? ¿Acaso Cristo dijo a sus apóstoles: “Id y predicad el Rosario”? ¡No! Nuestro Señor fue explícito:


«Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).

Pero estos sacerdotes “tradicionalistas”, de porte tan augusto y severo, nos recuerdan con inquietante fidelidad al fariseo que decía de pie:


«¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres: rapaces, injustos, adúlteros, ni como este publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que poseo» (Lc 18, 11-12).

Como el fariseo, ciertos “sacerdotes tradicionalistas” hacen gala de su barroquismo. Pero como las cinco vírgenes necias, poseen solo las lámparas, más les falta el aceite de la caridad y la fe. Porque su fe, como la de los israelitas derrotados por los filisteos, no está puesta en Dios, sino en sus objetos: en sus sotanas, en sus crucifijos, en sus rosarios y escapularios. Si su fe en Dios fuera tan grande como la que depositan en sus “lámparas”, si fuera tan viva como la que ponen en el “Arca”, entonces predicarían la Verdad con palabras y con el ejemplo. Se acabaría este cisma interno que vive la Resistencia Católica frente a la Iglesia Conciliar, y unidos en Cristo —que es uno solo— podrían marchar en paz contra el enemigo común, que es el modernismo.

Por eso, amigos, quise hoy compartir con ustedes esta reflexión. Confiemos en Dios. Pongamos en Él nuestra fe, y no en los objetos. Recordemos que ni el Rosario ni el Escapulario salvan por sí mismos, porque el único que salva es Jesucristo, Nuestro Señor. Ellos son medios, no fines. Nos acercan a Él, nos recuerdan su Presencia y nuestra sujeción a su Gracia salvadora e invencible. Porque mientras estemos sujetos a Él, nada ni nadie podrá arrebatarnos. Pero si Él aparta su vista de nosotros, por más rosarios, cadenas o escapularios que llevemos, seremos como Israel: derrotados y pereceremos como los hijos de Helí.

La Reconstrucción del Mundo como Sacramento: 5. San Buenaventura y el antagonismo con el nominalismo

Toda la crisis espiritual, intelectual y cultural del mundo moderno puede rastrearse hasta una fractura teológica precisa: el nacimiento del nominalismo.
Esta herejía filosófica —que niega la participación y afirma que los nombres universales son meras etiquetas sin fundamento en el ser— es el veneno que lentamente corrompió la visión sacramental del mundo.

San Buenaventura, aún antes de la explosión nominalista en Occidente, anticipa una refutación radical contra esa lógica, y lo hace desde su visión metafísica de la participación.

El choque entre San Buenaventura y el nominalismo no es solo un debate académico: es la confrontación entre dos mundos irreconciliables.

I. La raíz del nominalismo: El mundo sin participación

El nominalismo afirma que los universales —belleza, bondad, verdad, justicia— no existen en sí mismos. Son solo palabras útiles para clasificar la experiencia. La realidad, según esta visión, está compuesta únicamente de individuos sin ninguna conexión intrínseca entre sí.

En esta lógica, Dios mismo se convierte en pura voluntad arbitraria. No hay más bien intrínseco, solo decisión divina incuestionable. No hay más orden objetivo, solo decreto.

Esto destruye la ontología cristiana clásica. Si las cosas no participan de un orden superior, entonces el mundo ya no es un vestigio, sino un campo de fuerzas ciegas. El conocimiento deja de ser contemplación y deviene cálculo. El poder sustituye al amor.

II. San Buenaventura: el defensor del orden participativo

Contra esta visión destructiva, San Buenaventura afirma con firmeza que todos los seres participan realmente del Ser divino.

“Todo lo que es, es porque participa del Ser primero, que es Dios”
(Breviloquium, II, 11).

En su metafísica, las criaturas no son fragmentos aislados, sino reflejos del Dios trinitario. Cada cosa tiene su lugar en el orden universal porque está relacionada con el Creador como causa, modelo y fin.

Por eso, la creación no es un campo de pura voluntad ni de azar; es un Kosmos, un orden de sentido. La belleza y la bondad no son nombres vacíos, sino realidades objetivas inscritas en el ser.

Esta visión, que para San Buenaventura es obvia, constituye una afrenta total a la mentalidad nominalista, y también a la modernidad tardía, que sigue siendo nominalista en sus raíces más profundas.

III. La voluntad de poder: Fruto venenoso del nominalismo

El nominalismo, al negar la participación, inaugura la era de la voluntad de poder.
Si no hay orden objetivo, entonces la única “verdad” es la fuerza que impone su voluntad.

De allí deriva toda la modernidad política y tecnológica: el Estado como fuerza soberana sin límite natural; la técnica como dominación sin freno sobre la naturaleza; el individuo como autoconstructor de su identidad sin referencia al orden del ser.

Todo esto es la aplicación histórica del nominalismo. San Buenaventura, al sostener la participación, ofrece la antítesis absoluta:

“El verdadero poder es el que se conforma al orden del Amor, no el que se impone como fuerza ciega”
(Collationes in Hexaëmeron, XVII, 4).

Aquí se juega la batalla última: o la civilización del amor, fundada en la participación y el orden objetivo, o la barbarie de la voluntad de poder, fundada en la arbitrariedad.

IV. Buenaventura como arma contra la tiranía moderna

San Buenaventura ofrece las armas para combatir el nihilismo contemporáneo:

  • Recupera la verdad como participación.
  • Defiende el orden del amor contra la violencia del poder.
  • Restituye al mundo su dimensión sacramental.
  • Desenmascara la idolatría de la autonomía y la técnica.

El combate contra el nominalismo es la lucha más urgente del presente. Quien quiera resistir al totalitarismo moderno —sea político, económico, biotecnológico o espiritual— debe comenzar restaurando la ontología de la participación.

San Buenaventura, Doctor Seráfico, es uno de los grandes maestros para esta restauración.

La Reconstrucción del Mundo como Sacramento: 4. Teología mística de la Cruz y la Gloria en San Buenaventura

Toda la teología de San Buenaventura converge en un único misterio: el Crucificado.
No hay Sabiduría verdadera que no desemboque en la Cruz. No hay Luz auténtica que no pase por el Misterio del dolor redentor.

Esta es la enseñanza central del Itinerarium mentis in Deum y de toda la obra bonaventuriana: la Cruz no es un accidente dentro del itinerario espiritual, sino su punto culminante, su centro ardiente.

Para el Doctor Seráfico, la Cruz es el lugar donde el alma alcanza la contemplación suprema, donde la Gloria se revela de modo definitivo, aunque bajo el velo del sufrimiento.

I. La Cruz como revelación de la Luz suprema

En la tradición cristiana, la Cruz ha sido muchas veces reducida a símbolo de sacrificio o dolor. Pero para San Buenaventura, ella es algo más: es la revelación más alta de la Sabiduría divina.

“La cruz es el árbol de la más alta sabiduría, donde el Verbo encarnado enseña a los hombres el camino de la gloria”
(Collationes in Hexaëmeron, XIX, 8).

El Crucificado es víctima, pero sobre todo Maestro. No es solo Redentor, sino Sabiduría encarnada. Por eso, el itinerarium culmina precisamente allí, ante el Cristo Crucificado, donde la Luz y la Oscuridad se abrazan.

II. El éxtasis de la Cruz: Saber místico y transfiguración

El clímax del Itinerarium mentis in Deum es profundamente escandaloso para la mentalidad moderna: no es la resolución de un problema intelectual, sino la experiencia extática ante la Cruz.

“Nada hables sino a Cristo crucificado; con Él sufras, con Él mueras, para que con Él entres en gloria”
(Itinerarium, VII, 6).

El éxtasis al que conduce San Buenaventura es un desbordamiento ontológico donde el alma es transformada por la Sabiduría crucificada.

Aquí se manifiesta la clave de su teología: la Sabiduría divina brilla con más intensidad en la Pasión, donde se une el Amor absoluto con la Humildad infinita. La Cruz es la puerta estrecha por donde se accede al esplendor trinitario.

III. Redención cósmica y restauración del mundo

San Buenaventura no separa la redención personal de la restauración cósmica. En Cristo, toda la creación es recapitulada y reconciliada con Dios. Por eso, la Cruz no es solo un acto de redención individual, sino la transfiguración del universo entero.

“Toda la creación es reconciliada en la Sangre de la Cruz, y en ella encuentra su paz”
(Breviloquium, VI, 7).

Aquí surge el concepto del Christus totus (Cristo Total), donde la Cabeza y los miembros forman una única realidad mística. La Iglesia, la creación y el alma son asumidas en Cristo, quien reúne todas las cosas en Sí mismo.

La Cruz es así el centro del kosmos: el punto donde toda la historia converge y desde donde todo es renovado.

IV. La Cruz como juicio contra el mundo moderno

Frente a la lógica moderna del poder, la Cruz se presenta como juicio definitivo. En un mundo obsesionado por la eficiencia, el control y el dominio, la Cruz proclama la fuerza de la debilidad, la gloria de la humildad y el triunfo del amor oblativo.

San Buenaventura nos muestra que toda la sabiduría del mundo se convierte en necedad ante la Sabiduría del Crucificado.

La teología moderna —cuando ignora o minimiza la Cruz— cae inevitablemente en la banalidad, en el sentimentalismo o en la ideología.

Por eso el retorno a San Buenaventura implica una restauración del misterio de la Cruz como centro de la metafísica cristiana. No hay luz sin sangre. No hay gloria sin humillación. No hay sabiduría sin Pasión.

La Reconstrucción del Mundo como Sacramento: 3. Crítica bonaventuriana al intelectualismo autónomo

Una de las ilusiones más persistentes de la modernidad es la creencia en la autonomía de la razón. Según esta visión, el entendimiento humano podría alcanzar la verdad por sí mismo, sin depender de ninguna instancia superior, sin necesidad de apertura al Misterio. Esta ficción —heredera de la Ilustración— domina la cultura contemporánea y ha penetrado incluso en la teología.

Frente a este racionalismo orgulloso, San Buenaventura ofrece una crítica radical: toda verdad es participación en la Luz eterna. No existe el conocimiento puro, neutral o autónomo. Pensar es recibir.

I. La razón como receptividad: Todo conocimiento es iluminación

Para San Buenaventura, la razón humana no es un poder cerrado sobre sí mismo, sino una capacidad receptiva, una lámpara que solo puede arder si recibe el fuego del Alto.

En el corazón de su epistemología se encuentra la doctrina de la iluminación:

“Toda verdad es luz; pero ninguna luz es plena sin la participación de la luz eterna que ilumina todo entendimiento”
(Collationes in Hexaëmeron, XII, 14).

Esto implica que incluso las verdades más elementales dependen de la Luz increada. No existe “saber natural” separado de la gracia, porque todo conocer es, en último término, un acto de participación en la Sabiduría divina.

Por eso, San Buenaventura rechaza toda pretensión de una razón autónoma. Para él, la inteligencia no es una torre autosuficiente, sino una ventana abierta hacia la Luz.

II. El intelectualismo como pecado: Orgullo disfrazado de razón

En su crítica al intelectualismo, San Buenaventura no solo señala tanto un error teórico como una enfermedad espiritual: la arrogancia del intelecto. La idolatría del saber, tan común en el mundo moderno, es para él una forma de soberbia disfrazada.

“No basta saber; es necesario amar. No basta ver; es necesario arder”
(Itinerarium mentis in Deum, Prólogo, 4).

Aquí emerge la diferencia decisiva entre la sabiduría cristiana y el intelectualismo moderno:
El verdadero conocimiento no se mide por la acumulación de datos, sino por la transformación del corazón.
Quien no ama la verdad que conoce, aún no ha conocido nada realmente.

III. La Sabiduría como experiencia transformadora

Para San Buenaventura, la Sabiduría es inseparable de la vida interior. Se trata de un camino existencial que implica conversión, purificación y unión con Dios.

El Itinerarium mentis in Deum es entonces un manual de ascenso espiritual. Conocer es caminar. Saber es arder.

Por eso, su teología es profundamente mistagógica: quien estudia sin orar, se queda ciego; quien especula sin amar, termina perdido.

“La Sabiduría verdadera no es la que infla, sino la que enciende el corazón en amor”
(Breviloquium, Prologus, 2).

IV. Contra el academicismo vacío: Urgencia para nuestro tiempo

Hoy más que nunca, esta crítica bonaventuriana es urgente.

El mundo moderno ha producido una inflación de saberes estériles: bibliotecas llenas de libros sin alma, universidades saturadas de discursos sin vida, teologías que no elevan al hombre sino que lo hunden en la desesperación de lo fragmentario.

San Buenaventura señala otro camino: el saber como acto contemplativo, como participación orante, como encuentro transformador con la Luz.

Esto es, en esencia, lo que corrientes como la Radical Orthodoxy propone recuperar: No un regreso al pasado como arqueología, sino una restauración del acto mismo de conocer como participación sacramental.

El hombre moderno no necesita más datos. Necesita volver a arder.