Los sacramentos como incorporación real al Cuerpo Místico: una tesis clásica sobre la res et sacramentum

Entre los numerosos intentos del siglo XX por replantear la teología sacramental más allá del mero esquema causalista (ese modelo casi mecánico según el cual los sacramentos “producen gracia” de manera individual), la tesis de Mary Alfreda, S.N.J.M., The Sacraments Are Efficacious in Bringing the Recipient a Special Union with the Mystical Body (University of Ottawa, 1963) ocupa un lugar discretamente significativo. Se trata de un trabajo típicamente preconciliar tardío, pero ya atravesado por una sensibilidad eclesiológica que anticipa muchos de los desarrollos que luego serían consolidados por el Vaticano II.

El eje de la investigación es claro desde el título y desde su introducción programática: los sacramentos no deben comprenderse primariamente como actos aislados de santificación individual, sino como mediaciones objetivas de incorporación al Cuerpo Místico de Cristo. La categoría decisiva que permite sostener esta tesis es la antigua distinción escolástica entre sacramentum tantum, res et sacramentum y res tantum, releída aquí en clave eclesial.

La autora parte de un presupuesto cristológico. Cristo mismo es presentado como el sacramento primordial: el lugar histórico donde lo invisible de Dios se hace visible y eficaz. En esta línea, siguiendo a Schillebeeckx, Mersch y Scheeben, el Verbo encarnado no sólo significa la salvación, sino que la realiza corporalmente. La Iglesia, en continuidad orgánica con esta encarnación, aparece entonces como “sacramento de Cristo”, es decir, como prolongación histórica de su visibilidad y de su eficacia redentora. Desde este marco, los siete sacramentos no son realidades autónomas, sino actos propios del Cuerpo eclesial, gestos mediante los cuales Cristo continúa obrando en su cuerpo histórico.

La contribución específica de la tesis se concentra en la noción de res et sacramentum. Frente a la tendencia manualística que identificaba el efecto principal del sacramento con la gracia santificante considerada individualmente, Mary Alfreda insiste en que el primer efecto no es psicológico ni moral, sino ontológico–eclesial. Cada sacramento produce, antes que nada, una nueva posición objetiva del sujeto dentro del organismo de la Iglesia. La gracia fluye precisamente desde esa inserción. No se trata, por tanto, de que el sacramento “dé gracia” y luego, secundariamente, vincule al creyente con la comunidad, sino de que la gracia se comunica a través de esa vinculación.

Esta tesis se verifica sacramento por sacramento. El Bautismo es presentado como incorporación real al Cuerpo, nuevo nacimiento y agregación al pueblo de Dios; la Confirmación como consolidación de la función profética y apostólica del fiel; el Orden como configuración ontológica con el sacerdocio de Cristo; la Penitencia como restauración del vínculo eclesial roto; la Unción como fortalecimiento dentro del cuerpo sufriente; el Matrimonio como signo eficaz de la unión Cristo–Iglesia; y la Eucaristía, finalmente, como sacramento por excelencia de la unidad, en el cual la res et sacramentum (la presencia real del Señor) constituye simultáneamente el principio de comunión y de cohesión del Cuerpo.

En todos los casos, el acento recae en el carácter social y corporativo de la salvación. La autora retoma con fuerza una intuición patrística y paulina: nadie es salvado aisladamente. La gracia no establece una relación privada entre el alma y Dios, sino que inserta al creyente en una economía visible de comunión. El cristiano participa de la vida divina precisamente en la medida en que es miembro de un cuerpo. En este sentido, la eficacia sacramental no es meramente causal, sino orgánica: los sacramentos actúan como los actos vitales de un organismo que crece, se purifica y se robustece.

Desde el punto de vista histórico-teológico, el trabajo dialoga con figuras como Billot, Scheeben, Leeming y Mersch, y busca superar el reduccionismo jurídico de la “titulación a la gracia” para recuperar una comprensión más realista y mística de la incorporación a Cristo. El resultado es una síntesis que, sin abandonar el aparato conceptual escolástico, se abre claramente a una eclesiología de comunión.

Leída hoy, la tesis conserva un valor particular. No tanto por novedades críticas (su marco sigue siendo el de la neoescolástica), sino por su intuición central: la sacramentalidad es inseparable de la Iglesia como cuerpo vivo. En un tiempo en que la experiencia religiosa tiende a privatizarse, esta perspectiva recuerda que los sacramentos no son “servicios espirituales”, sino actos constitutivos de un pueblo. Son los gestos mediante los cuales Cristo continúa incorporando hombres y mujeres a su propia vida.

En definitiva, el mérito del estudio consiste en haber devuelto a la teología sacramental una dimensión frecuentemente olvidada: su densidad eclesiológica. Los sacramentos no sólo santifican individuos; construyen la Iglesia. Y es precisamente en esa construcción donde acontece la gracia.

Buena lectura.

La validez de las órdenes del Obispo Carlos Duarte Costa

Nota bene: Para acceder a la versión en PDF publicada en Cuadernos de Trabajo de la FTVC, puede hacer click aquí. Recomiendo acceder a esta versión para citar el documento en trabajos académicos, y desestimar las que están circulando en internet.

El movimiento católico independiente está conformado por un grupo heterogéneo de comunidades de fe que presentan una serie de características en común: afirman poseer “sacramentos válidos”, episcopado históricos y no son reconocidos, ni tampoco buscan, por las grandes comunidades históricas (católica romana, anglicana u ortodoxa). Para estos grupos, lo esencial de su catolicismo es el orden sagrado, de allí que las consagraciones episcopales jueguen un rol central en su desarrollo eclesiástico, así como en su identidad.

Si bien es cierto que en Europa, el movimiento se originó con el movimiento veterocatólico, y de allí pasó a Norteamérica, en América Latina cobró vida gracias al obispo brasilero Carlos Duarte-Costa (1888 – 1961) que fundó la Igreja Católica Apostólica Brasileira, y a través de las consagraciones episcopales que realizó para la denominación que él creara, pronto comenzaron a surgir (vía nuevas consagraciones episcopales) un sinnúmero de comunidades de fe que reclaman sucesión apostólica y validez sacramental. Este es un tema que traté en mi monografía de 2019 Un ensayo crítico sobre los estudios del movimiento sacramental independiente” y que pueden acceder haciendo click aquí.

El presente trabajo tiene por objeto preguntarse si, desde el criterio de la teología sacramental, puede considerarse que las órdenes conferidas por el obispo Carlos Duarte-Costa son o no válidas. Para ello he recurrido a utilizar el mismo criterio que empleaban los tribunales romanos: se analizan los hechos (¿era un obispo válido con aptitud canónica? ¿se realizó el ritual de consagración episcopal sobre personas aptas para ello? ¿Qué pruebas existen?), luego se confrontan estos hechos con los criterios para la validez de las órdenes sagradas (¿cuáles son los requisitos exigidos por los tribunales romanos?) y finalmente se llegan a las conclusiones.

Este trabajo cuenta con fotografías de las consagraciones, así como con un aparato crítico y bibliografía que servirán al investigador para corroborar los hechos. Finalmente, se incluyen una serie de preguntas comunes que se me realizaron en varias oportunidades, y que creo, sería conveniente colocarlas también, con las respectivas respuestas.

La importancia de esta investigación proviene por el extraño desconocimiento que, sobre estos temas existe, aún entre el clero romano. En efecto, es común leer sobre presbíteros u obispos católicos romanos que “denuncian” el accionar de ministros ordenados en alguna línea de sucesión de Duarte-Costa, o, como es en el caso de Brasil, de verdaderas persecuciones y difamaciones. Sorprende que un sacerdote (o peor un obispo) católico romano, que se supone estudió teología, no sepa distinguir entre la validez de la licitud de una ordenación.

Finalmente quisiera realizar una pequeña aclaración: El siguiente artículo tiene su propia historia. La primera versión salió en una lista de correos en el año 2007 de la cual participaba y a pedido de un amigo que en aquel entonces militaba en una Iglesia Católica Nacional. Poco después, publiqué una versión corregida, la cual aún está dando vueltas en Internet. Dicha versión circuló sin mi autorización, pero fue traducida al portugués, al francés y al inglés.

Fue la difusión no autorizada la que me llevó a que en el año 2012, durante una estadía en la ciudad de Vedia, provincia de Buenos Aires procediera a realizar una revisión integral del texto. Esa nueva versión fue, en realidad una re-escritura. Nuevamente se popularizó y hubo varios comentarios, tanto positivos como negativos al artículo.

En el año 2018, mi amigo Eduardo Llorente me propuso que hiciera una nueva versión, la cual fue publicada en Cuadernos de Trabajo de la FTVC, y posteriormente subí a mi perfil de Academia.edu. La nueva y definitiva versión cuenta con un aparato crítico más detallado, fotografías y referencias. El trabajo fue re-estructurado de forma completa, pero sin alterar la hipótesis original, y por lo tanto, tampoco las conclusiones. Lamentablemente, algunas personas, como es el caso del señor José Ramón González Cipitria o el señor Pablo de Rojas, han plagiado el trabajo y tergiversado la información para beneficiarse a ellos y a sus sectas; para colmo de males, el primero aseguró a varias personas (y tengo copias de las comunicaciones que él envió) que yo secundaba sus sofismas y había puesto a disposición de él mi trabajo, lo cual es falso. En virtud de esta mentira publiqué un artículo hace ya más de un año y pronto estará también aquí en línea.

Dos caminos ante la crisis del cristianismo moderno: John Henry Newman y Friedrich Rittelmeyer

El drama religioso del hombre moderno no ha sido la pérdida del sentimiento espiritual, como tantas veces se repite, sino la pérdida de confianza en la historia. Cuando la fe deja de percibirse como algo recibido y transmitido, comienza a ser pensada como algo que debe reinventarse. En ese punto preciso (entre la obediencia a la tradición y la creatividad religiosa) se abren dos caminos: John Henry Newman y Friedrich Rittelmeyer, separados por una generación, encarnan con nitidez esas dos posibilidades.

Ambos partieron de una misma inquietud. Los dos eran pastores protestantes cultos, sensibles, formados en un cristianismo que se había vuelto demasiado racional, demasiado moralista, demasiado seco. Ambos percibieron que el protestantismo liberal había vaciado el misterio: quedaban sermones, quedaban himnos, quedaban valores éticos, pero faltaba la densidad ontológica del cristianismo antiguo, la experiencia de lo sagrado como acontecimiento real y no como mera metáfora. Ambos buscaron, pues, una restauración de la profundidad. Hasta allí, caminan juntos.

Sin embargo, cuando llega el momento decisivo, sus miradas se orientan en direcciones opuestas.

Newman vuelve la vista hacia atrás. No por nostalgia, sino por método. Comprende que, si el cristianismo es verdadero, debe poseer continuidad histórica. Una revelación divina no puede depender de la sensibilidad de cada época ni de la intuición privada de cada creyente; debe haber dejado huellas, instituciones, dogmas, formas visibles que atraviesen el tiempo. La verdad, piensa Newman, no puede empezar de nuevo en cada generación. Debe poder rastrearse.

Por eso se sumerge en los Padres, en los concilios, en la lenta sedimentación doctrinal de los siglos. Y allí descubre algo que lo hiere y lo atrae a la vez: la Iglesia no es una idea, sino un cuerpo histórico. No es una experiencia interior, sino una comunión visible. No es una metáfora espiritual, sino una encarnación prolongada. De esta convicción nace su célebre conclusión: profundizar en la historia es dejar de ser protestante.

El gesto que sigue es decisivo y, en cierto sentido, escandaloso para la mentalidad moderna: Newman se somete. No funda nada. No corrige nada. No diseña una iglesia mejor. Entra en una que ya existe, con sus imperfecciones, los pecados de sus hombres y sus pesos muertos. Acepta recibir en lugar de crear. Acepta obedecer en lugar de reformular. Su conversión fue un acto de humildad. Confía en que la verdad ya está dada, y que su tarea es incorporarse a ella.

Rittelmeyer, en cambio, toma el camino inverso.

También él percibe que el protestantismo ha perdido el misterio. También él anhela sacramentos, liturgia, profundidad espiritual. Pero, cuando busca una respuesta, no mira al pasado de la Iglesia sino al futuro del espíritu. En lugar de los Padres, encuentra a Rudolf Steiner. En lugar de la tradición apostólica, la ciencia espiritual. En lugar del dogma, la intuición esotérica.

Donde Newman sospecha que la modernidad ha roto la continuidad de la fe, Rittelmeyer sospecha que el cristianismo histórico ha quedado superado y necesita ser reinterpretado. El problema, para él, no es la falta de autoridad, sino la falta de conciencia espiritual. Así, en vez de regresar a una Iglesia existente, funda una nueva: la Comunidad de Cristianos. Crea liturgias, reinterpreta los sacramentos, reconfigura la cristología en clave cósmica. El cristianismo ya no es una herencia recibida, sino una forma espiritual que debe actualizarse según un conocimiento superior.

Aquí se revela la diferencia más honda entre ambos. Para Newman, la Revelación desciende; para Rittelmeyer, el espíritu asciende. Para el primero, la gracia irrumpe desde fuera de nosotros; para el segundo, el hombre desarrolla órganos interiores para percibir lo divino. Uno confía en la Encarnación histórica; el otro, en la iluminación esotérica. Uno piensa sacramentalmente; el otro, simbólicamente.

Esta divergencia no es sólo doctrinal, sino casi antropológica. Newman desconfía del yo religioso. Sabe que la conciencia puede engañarse, que la experiencia puede ser ilusoria, que el entusiasmo puede disfrazarse de revelación. Por eso necesita algo externo, objetivo, anterior a él. Rittelmeyer, por el contrario, concede a la interioridad un estatuto casi cognoscitivo: el espíritu humano puede acceder directamente a realidades superiores. Allí donde Newman pide tradición, Rittelmeyer pide visión.

Podría decirse que ambos representan dos respuestas típicas a la crisis moderna. Una es la obediencia histórica: recibir la fe como algo que nos precede. La otra es la creatividad espiritual: reconstruir la fe desde la experiencia presente. La primera conduce a la Iglesia; la segunda, a la gnosis.

No es casual que la posteridad de uno y otro sea tan distinta. Newman dejó una obra teológica sólida, insertada en la gran conversación católica, fecunda aún hoy. Rittelmeyer dejó un movimiento piadoso, sugestivo, estéticamente atractivo, pero marginal, incapaz de producir verdadera teología en sentido fuerte. La tradición genera pensamiento; el esoterismo genera círculos.

Al final, la diferencia puede expresarse con una imagen sencilla. Newman entra en una catedral antigua, desgastada por siglos de plegaria, y se arrodilla ante un altar que no ha construido. Rittelmeyer diseña una capilla nueva, luminosa, cuidadosamente simbólica, donde cada gesto ha sido pensado por él mismo. En la primera, la santidad viene de la historia; en la segunda, del diseño.

Entre ambas opciones se juega, todavía hoy, el destino del cristianismo moderno: o aceptar que la verdad nos precede, o pretender producirla. Newman eligió recibir. Rittelmeyer eligió crear. Y en esa elección se revela toda una teología.

La Iglesia como Misterio Vivo: Una lectura desde la Radical Orthodoxy

La Radical Orthodoxy es un movimiento teológico y filosófico postmoderno que surgió a fines del siglo XX y cobró fuerza en el siglo XXI como respuesta a la clara decadencia de la modernidad y el secularismo. En esencia, este movimiento busca recuperar la unidad pre-moderna de la teología y la filosofía, desafiando la bifurcación epistemológica y ontológica que caracteriza el pensamiento moderno. De esta forma, la Radical Orthodoxy aboga por un compromiso teológico integral con todo el espectro del conocimiento humano, afirmando que el cristianismo proporciona un marco sólido para interpretar la realidad, la existencia humana, la sociedad y el mundo.

Un elemento central de los principios de la Radical Orthodoxy es una crítica profunda de la modernidad, que se considera una ruptura con la conexión orgánica entre la fe y la razón. Según sus defensores, la desintegración de la teología de otras disciplinas académicas, particularmente la filosofía, ha llevado a una cosmovisión fragmentada y desprovista de significado trascendente. Al abogar por la reintegración de la teología y la filosofía, la Radical Orthodoxy busca recuperar la rica herencia intelectual de la tradición cristiana y explorar su relevancia para abordar los desafíos contemporáneos.

Una característica distintiva de la Ortodoxia Radical es su énfasis en la participación y la sacramentalidad. Arraigada en una ontología sacramental, esta perspectiva considera el mundo material como impregnado de la presencia divina, haciendo de los sacramentos un medio transformador de encontrar a Dios. Mientras que para la teología sacramental de la Iglesia Ortodoxa, por ejemplo está profundamente arraigada en el concepto de θέωσις (Theosis) o divinización, y los sacramentos son vistos como misterios (μυστήριον) a través de los cuales los creyentes participan de la naturaleza divina y se unen a Cristo, para la Radical Orthodoxy los sacramentos, si bien poseen una naturaleza transformadora, se subraya el papel de los sacramentos en la impreganción del mundo material con la presencia divina, se enfatiza la inmanencia de lo divino en el Κόσμος (Kosmos). De esta manera se aboga por una comprensión holística de la realidad dónde lo sagrado y lo lugar están entrelazados.

Además, la Ortodoxia Radical postula la radicalidad de Cristo como el núcleo de su marco teológico. La figura de Cristo, que representa la paradoja Dios-hombre, se convierte en el punto de convergencia entre teología y filosofía. El mensaje radical de Cristo desafía los supuestos seculares prevalecientes de la modernidad y critica la hegemonía ideológica de la teología liberal que ha acomodado al cristianismo para encajar dentro de un marco secularizado.

Teniendo en cuenta lo anterior, podemos pasar ahora a la pregunta de qué es la Iglesia o Εκκλησία. Ella es una comunidad sacramental, pero no en el sentido de que en ella se mantienen y resguardan los sacramentos en el sentido tradicional, sino que ella encarna la presencia transformadora de lo divino en el mundo. La Εκκλησία se extiende más allá del ámbito privado y constituye un testimonio contracultural que desafía las tendencias secularizadoras de la sociedad contemporánea. Así, la Εκκλησία ιερό μυστήριο (Iglesia como sacramento) es el lugar o espacio en el cual ocurre el encuentro transformador con lo divino, permitiendo a los creyentes la participación de la vida de Cristo. La Iglesia es una extensión de la Encarnación del Λόγος, en la cual converge el Reino material y espiritual y los sacramentos (Ιερό Μυστήριο) no son simplemente un medio para alcanar una gracia, sino el medio de santificación de los individios y del orden creado o Κόσμος.

La Εκκλησία entonces no es un refugio ante la modernidad, sino un agente transformador del mundo. No es el lugar para escapar y quedarnos refugiados, recreándonos en un onanismo espiritual con prácticas antiguas por el simple hecho de que son antiguas. La Iglesia no es un museo de ceremonias y ropas donde cada cual, entiende más o menos lo que quiere y se erige con el derecho a excomulgar a quien no se ajusta a su sistema de pensamiento, donde cada “guardia” del museo se ve a si mismo como el director de la misma. No, ella no es un depósito de glorias pasadas, ella no es un esqueleto. Ella es la Vida misma.

El origen de la obra de arte: Heidegger y la revelación participada del ser

Durante la última Noche de los Museos, mientras explicaba ante el público un cuadro, una visitante (atenta, quizá algo impaciente) me interrumpió con una pregunta tan antigua como inagotable:

“¿Y qué es el arte?”

El tono fue desafiante, pero la pregunta era legítima. No respondí con una definición técnica ni con un lugar común. Recordé entonces a Martin Heidegger, y dije:

“El arte es el lugar donde acontece la verdad del ser.”

Aquel instante quedó resonando mucho después. No porque mi respuesta fuese suficiente, sino porque revelaba que en cada mirada, en cada obra y en cada intento de nombrar lo bello, sigue latiendo esa búsqueda por el origen. De allí nace este texto: un intento de recuperar, desde la teología radical y la filosofía del misterio, el sentido profundo de El origen de la obra de arte de Heidegger.

Martin Heidegger pronunció su conferencia Der Ursprung des Kunstwerkes en 1935. En ella, el filósofo alemán se pregunta por el origen del arte, y al hacerlo desplaza toda la discusión estética hacia una ontología de la verdad. El arte, dice, no es un objeto ni un producto de la subjetividad: es un acontecimiento donde la verdad del ser se pone en obra.

Pero leído desde la sensibilidad de la Radical Orthodoxy (esa corriente que devuelve la metafísica a su raíz teológica), el pensamiento heideggeriano puede verse como un umbral: un eco secular de la tradición cristiana que entiende el arte como participación en el Ser divino. La obra no “muestra” lo real: lo deja ser, y en ese dejar ser, lo consagra.

Del ser como desocultamiento al ser como don

En Heidegger, la verdad es aletheia: desocultamiento. En la Radical Orthodoxy, esa aletheia se traduce como gratia: el ser no solo se revela, sino que se entrega. Todo lo que es participa del ser como un don.

Desde esta perspectiva, el arte no es producción, sino participación. La obra de arte se convierte en un lugar de gracia: una materia que se deja habitar por el resplandor. Lo que el artista hace no es crear desde la nada, sino abrir el espacio para que la presencia acontezca.

El gesto creador tiene, en este sentido, una dimensión eucarística: ofrecer la materia y recibir la forma. Allí donde Heidegger ve un acontecimiento ontológico, la Radical Orthodoxy reconoce una liturgia cósmica.

Heidegger habló del enfrentamiento entre mundo y tierra. El mundo es la apertura del sentido; la tierra, el fondo que resiste, el misterio que no se agota. En la obra auténtica, ambos entran en tensión y se necesitan.

Nosotros podemos leer esa relación como la de símbolo y sacramento. El símbolo abre, el sacramento sostiene. El primero interpreta, el segundo consagra. En la obra de arte, ambos coinciden: lo visible remite a lo invisible, pero sin destruir su materialidad.

Así, el arte es una liturgia del ser: no habla del misterio, sino que lo encarna. El templo griego del que hablaba Heidegger no representa a los dioses: los hace presentes. De igual modo, una pintura o una escultura auténtica nos coloca ante lo sagrado, no como espectadores sino como partícipes.

La modernidad secularizó el arte, lo separó del culto y lo convirtió en espectáculo o mercancía. Pero el arte, en su raíz, no busca el aplauso ni la belleza como placer: busca la revelación.

En esa línea, podemos afirmar que toda forma auténtica de arte es una teofanía velada. La materia se vuelve transparente a la gloria; lo bello se torna verdadero porque participa de Dios. La idolatría estética (la fascinación por la forma vacía) es substituida por una estética participativa: el arte como comunión con el misterio.

El artista no es un genio aislado, sino un sacerdote de la forma. Su tarea es custodiar el resplandor. La obra de arte no “representa” el ser: lo devuelve a su fuente. Allí donde la filosofía ve desocultamiento, la teología reconoce gloria: el resplandor de lo invisible en lo visible. Cada obra verdadera (una piedra, un poema, un color, un silencio) nos recuerda que el mundo no es autosuficiente, sino liturgia de la creación.

Volviendo a aquella pregunta de la visitante (“¿qué es el arte?”), comprendo que la respuesta no pertenece solo a la razón, sino al asombro. El arte es ese instante en que lo que es se deja ver, y al hacerlo, nos transforma.

En toda obra verdadera, algo eterno se encarna en la forma y se retira sin desaparecer. Y en ese movimiento, ese resplandor que nunca se apaga del todo, reconocemos lo que los teólogos medievales llamaban gloria y Heidegger, con palabras más sobrias, aletheia: la verdad que acontece.