Cultura teológica y Radical Orthodoxy

El concepto de “cultura teológica”, desde la perspectiva de la escuela llamada “Radical Ortodoxy“, se vuelve central. En efecto, esta escuela de pensamiento busca ir más allá de comprometerse con varias disciplinas, incluidas la filosofía, la política, la literatura y la cultura, desde una perspectiva teológica; por el contrario, la Radical Ortodoxy propone el regreso de la Teología como disciplina rectora.

En esencia, la Teología no debe limitarse a discusiones confinadas dentro de la Iglesia institucional, sino que debe impregnar y dar forma a discursos culturales más amplios. Esta idea desafía la secularización de la cultura moderna y aboga por el “reencantamiento del mundo” a través de un retorno a una comprensión teológica profundamente arraigada.

Es entonces que damos paso a la cultura teológica. Dentro del marco de la Radical Ortodoxy esta implica la integración de ideas, principios y prácticas teológicas en todos los aspectos de la existencia humana. Busca recuperar las dimensiones trascendentes y espirituales de la vida, reconociendo que todas las facetas de la cultura, ya sea arte, política, ciencia o educación, pueden ser enriquecidas y elevadas por la reflexión teológica.

Autores como Graham Ward o Catherine Pickstock señalan rechazan la noción de compartimentar las creencias religiosas en una esfera privada, sino que insiste en la importancia de reconocer la interconexión entre teología y cultura. La teología es vista como el fundamento que da significado y propósito a las actividades humanas y actividades intelectuales. Al infundir a la cultura valores teológicos, la Radical Ortodoxy tiene como objetivo desafiar los supuestos seculares que prevalecen en las sociedades modernas y presentar una visión alternativa para enfrentar los desafíos contemporáneos.

Además, esta corriente critica la marginación de la teología del discurso intelectual y piden una reafirmación del papel de la fe en la formación de valores culturales. La cultura teológica no es una forma de imperialismo intelectual o un retorno a una sociedad teocrática, sino más bien un alegato a favor de una cosmovisión más inclusiva e integrada, que reconozca las importantes contribuciones de las tradiciones religiosas en la formación de la historia y la cultura humanas.

La Iglesia como Misterio Vivo: Una lectura desde la Radical Orthodoxy

La Radical Orthodoxy es un movimiento teológico y filosófico postmoderno que surgió a fines del siglo XX y cobró fuerza en el siglo XXI como respuesta a la clara decadencia de la modernidad y el secularismo. En esencia, este movimiento busca recuperar la unidad pre-moderna de la teología y la filosofía, desafiando la bifurcación epistemológica y ontológica que caracteriza el pensamiento moderno. De esta forma, la Radical Orthodoxy aboga por un compromiso teológico integral con todo el espectro del conocimiento humano, afirmando que el cristianismo proporciona un marco sólido para interpretar la realidad, la existencia humana, la sociedad y el mundo.

Un elemento central de los principios de la Radical Orthodoxy es una crítica profunda de la modernidad, que se considera una ruptura con la conexión orgánica entre la fe y la razón. Según sus defensores, la desintegración de la teología de otras disciplinas académicas, particularmente la filosofía, ha llevado a una cosmovisión fragmentada y desprovista de significado trascendente. Al abogar por la reintegración de la teología y la filosofía, la Radical Orthodoxy busca recuperar la rica herencia intelectual de la tradición cristiana y explorar su relevancia para abordar los desafíos contemporáneos.

Una característica distintiva de la Ortodoxia Radical es su énfasis en la participación y la sacramentalidad. Arraigada en una ontología sacramental, esta perspectiva considera el mundo material como impregnado de la presencia divina, haciendo de los sacramentos un medio transformador de encontrar a Dios. Mientras que para la teología sacramental de la Iglesia Ortodoxa, por ejemplo está profundamente arraigada en el concepto de θέωσις (Theosis) o divinización, y los sacramentos son vistos como misterios (μυστήριον) a través de los cuales los creyentes participan de la naturaleza divina y se unen a Cristo, para la Radical Orthodoxy los sacramentos, si bien poseen una naturaleza transformadora, se subraya el papel de los sacramentos en la impreganción del mundo material con la presencia divina, se enfatiza la inmanencia de lo divino en el Κόσμος (Kosmos). De esta manera se aboga por una comprensión holística de la realidad dónde lo sagrado y lo lugar están entrelazados.

Además, la Ortodoxia Radical postula la radicalidad de Cristo como el núcleo de su marco teológico. La figura de Cristo, que representa la paradoja Dios-hombre, se convierte en el punto de convergencia entre teología y filosofía. El mensaje radical de Cristo desafía los supuestos seculares prevalecientes de la modernidad y critica la hegemonía ideológica de la teología liberal que ha acomodado al cristianismo para encajar dentro de un marco secularizado.

Teniendo en cuenta lo anterior, podemos pasar ahora a la pregunta de qué es la Iglesia o Εκκλησία. Ella es una comunidad sacramental, pero no en el sentido de que en ella se mantienen y resguardan los sacramentos en el sentido tradicional, sino que ella encarna la presencia transformadora de lo divino en el mundo. La Εκκλησία se extiende más allá del ámbito privado y constituye un testimonio contracultural que desafía las tendencias secularizadoras de la sociedad contemporánea. Así, la Εκκλησία ιερό μυστήριο (Iglesia como sacramento) es el lugar o espacio en el cual ocurre el encuentro transformador con lo divino, permitiendo a los creyentes la participación de la vida de Cristo. La Iglesia es una extensión de la Encarnación del Λόγος, en la cual converge el Reino material y espiritual y los sacramentos (Ιερό Μυστήριο) no son simplemente un medio para alcanar una gracia, sino el medio de santificación de los individios y del orden creado o Κόσμος.

La Εκκλησία entonces no es un refugio ante la modernidad, sino un agente transformador del mundo. No es el lugar para escapar y quedarnos refugiados, recreándonos en un onanismo espiritual con prácticas antiguas por el simple hecho de que son antiguas. La Iglesia no es un museo de ceremonias y ropas donde cada cual, entiende más o menos lo que quiere y se erige con el derecho a excomulgar a quien no se ajusta a su sistema de pensamiento, donde cada “guardia” del museo se ve a si mismo como el director de la misma. No, ella no es un depósito de glorias pasadas, ella no es un esqueleto. Ella es la Vida misma.

El origen de la obra de arte: Heidegger y la revelación participada del ser

Durante la última Noche de los Museos, mientras explicaba ante el público un cuadro, una visitante (atenta, quizá algo impaciente) me interrumpió con una pregunta tan antigua como inagotable:

“¿Y qué es el arte?”

El tono fue desafiante, pero la pregunta era legítima. No respondí con una definición técnica ni con un lugar común. Recordé entonces a Martin Heidegger, y dije:

“El arte es el lugar donde acontece la verdad del ser.”

Aquel instante quedó resonando mucho después. No porque mi respuesta fuese suficiente, sino porque revelaba que en cada mirada, en cada obra y en cada intento de nombrar lo bello, sigue latiendo esa búsqueda por el origen. De allí nace este texto: un intento de recuperar, desde la teología radical y la filosofía del misterio, el sentido profundo de El origen de la obra de arte de Heidegger.

Martin Heidegger pronunció su conferencia Der Ursprung des Kunstwerkes en 1935. En ella, el filósofo alemán se pregunta por el origen del arte, y al hacerlo desplaza toda la discusión estética hacia una ontología de la verdad. El arte, dice, no es un objeto ni un producto de la subjetividad: es un acontecimiento donde la verdad del ser se pone en obra.

Pero leído desde la sensibilidad de la Radical Orthodoxy (esa corriente que devuelve la metafísica a su raíz teológica), el pensamiento heideggeriano puede verse como un umbral: un eco secular de la tradición cristiana que entiende el arte como participación en el Ser divino. La obra no “muestra” lo real: lo deja ser, y en ese dejar ser, lo consagra.

Del ser como desocultamiento al ser como don

En Heidegger, la verdad es aletheia: desocultamiento. En la Radical Orthodoxy, esa aletheia se traduce como gratia: el ser no solo se revela, sino que se entrega. Todo lo que es participa del ser como un don.

Desde esta perspectiva, el arte no es producción, sino participación. La obra de arte se convierte en un lugar de gracia: una materia que se deja habitar por el resplandor. Lo que el artista hace no es crear desde la nada, sino abrir el espacio para que la presencia acontezca.

El gesto creador tiene, en este sentido, una dimensión eucarística: ofrecer la materia y recibir la forma. Allí donde Heidegger ve un acontecimiento ontológico, la Radical Orthodoxy reconoce una liturgia cósmica.

Heidegger habló del enfrentamiento entre mundo y tierra. El mundo es la apertura del sentido; la tierra, el fondo que resiste, el misterio que no se agota. En la obra auténtica, ambos entran en tensión y se necesitan.

Nosotros podemos leer esa relación como la de símbolo y sacramento. El símbolo abre, el sacramento sostiene. El primero interpreta, el segundo consagra. En la obra de arte, ambos coinciden: lo visible remite a lo invisible, pero sin destruir su materialidad.

Así, el arte es una liturgia del ser: no habla del misterio, sino que lo encarna. El templo griego del que hablaba Heidegger no representa a los dioses: los hace presentes. De igual modo, una pintura o una escultura auténtica nos coloca ante lo sagrado, no como espectadores sino como partícipes.

La modernidad secularizó el arte, lo separó del culto y lo convirtió en espectáculo o mercancía. Pero el arte, en su raíz, no busca el aplauso ni la belleza como placer: busca la revelación.

En esa línea, podemos afirmar que toda forma auténtica de arte es una teofanía velada. La materia se vuelve transparente a la gloria; lo bello se torna verdadero porque participa de Dios. La idolatría estética (la fascinación por la forma vacía) es substituida por una estética participativa: el arte como comunión con el misterio.

El artista no es un genio aislado, sino un sacerdote de la forma. Su tarea es custodiar el resplandor. La obra de arte no “representa” el ser: lo devuelve a su fuente. Allí donde la filosofía ve desocultamiento, la teología reconoce gloria: el resplandor de lo invisible en lo visible. Cada obra verdadera (una piedra, un poema, un color, un silencio) nos recuerda que el mundo no es autosuficiente, sino liturgia de la creación.

Volviendo a aquella pregunta de la visitante (“¿qué es el arte?”), comprendo que la respuesta no pertenece solo a la razón, sino al asombro. El arte es ese instante en que lo que es se deja ver, y al hacerlo, nos transforma.

En toda obra verdadera, algo eterno se encarna en la forma y se retira sin desaparecer. Y en ese movimiento, ese resplandor que nunca se apaga del todo, reconocemos lo que los teólogos medievales llamaban gloria y Heidegger, con palabras más sobrias, aletheia: la verdad que acontece.

La inversión de los signos sagrados

Vivimos tiempos en que los signos sagrados son trastocados, en que el lenguaje revelado es violentado y en que las estructuras teológicas más fundamentales —el ser mismo del hombre, el culto divino, la oikonomía de la Gracia— son sometidas a la osadía ideológica. El orden simbólico, que participaba del Logos eterno, ha sido degradado a instrumento de voluntad humana. Entre las ideologías que han profanado el templo del significado, ninguna ha producido una distorsión tan sutil y a la vez tan corrosiva como la ideología de género, ese ginecocentrismo teológico que pretende invertir la jerarquía del ser y disolver la diferencia sacramental en una parodia de igualdad. Lo que antes era signo de comunión se vuelve, ahora, teatro de voluntad. Lo que era símbolo, se convierte en consigna.

El movimiento que hoy se presenta como “liberación” no es sino una revuelta contra el orden querido por Dios. Según su antropología igualitarista, hombres y mujeres serían no sólo iguales en dignidad —como siempre enseñó la Iglesia—, sino idénticos en naturaleza, función y derecho. Pretenden borrar la distancia ontológica que da forma a la comunión, destruyendo la alteridad de la carne que hace posible el misterio del amor. “Masculum et feminam creavit eos” (Gn 1,27): en esa dualidad bendita resplandece la imagen de Dios, no su contradicción.
San Gregorio de Nisa lo expresó con claridad: “Ὁ Θεὸς ἔδειξεν ἐν τῷ ἄρρενι καὶ θήλει τὴν κοινωνίαν τοῦ ὄντος.” —“En el varón y en la mujer, Dios mostró la comunión del ser.” (De hominis opificio, XVIII).

Pero el pensamiento moderno, que ha perdido el sentido del símbolo, ya no reconoce en el sexo una participación en el mysterium Trinitatis, sino una categoría sociológica que puede manipularse. Así nace la hermenéutica de la indiferenciación sexual, que transforma la diferencia en opresión y la complementariedad en rivalidad. Se acusa a la Iglesia de haber construido una estructura patriarcal destinada a domesticar lo femenino, excluyéndolo del altar y del magisterio. Esta es la raíz de la llamada teología de la igualdad de género, que en su pretensión de emancipar, termina destruyendo la forma sacramental de la realidad.

Hace algunos años presenté en un congreso un trabajo titulado “Una aproximación cuantitativa a la cuestión de género: la ordenación de mujeres en el catolicismo independiente”. Intenté demostrar, con datos históricos y análisis doctrinal, que la supuesta “apertura” de estas comunidades a la ordenación femenina no implicó un verdadero cambio de estructuras, sino un recurso retórico. Las mujeres ordenadas en tales ámbitos raramente ocuparon lugares de decisión o autoridad efectiva. El resultado no fue una inversión jerárquica, sino una confusión eclesiológica: la sustitución de la jerarquía ontológica por una gramática del deseo.

En aquel estudio repasé la evolución de estas ideas y los momentos clave en que la ordenación de mujeres fue introducida en comunidades marginales. Observé que no fue sino hasta la década de 1920 cuando comenzaron a surgir formas embrionarias de teología igualitarista, principalmente en ambientes teosóficos y espiritistas. Paradójicamente, los primeros modernistas —incluso algunos de orientación liberal— rechazaron aquellas desviaciones por considerarlas extravagantes y esotéricas. Sólo después del Concilio Vaticano II se abrió el debate de manera pública y sistemática, incluso en círculos cismáticos y disidentes.

Los veterocatólicos de Utrecht, en sus inicios, rechazaron toda posibilidad de ordenar mujeres. El episodio de la Iglesia Mariavita, escisión polaca del movimiento veterocatólico, es paradigmático: cuando ordenaron a la primera sacerdotisa, Utrecht no sólo repudió el acto, sino que expulsó a los Mariavitas de la comunión eclesial. Aquella ruptura produjo una rama conservadora, aferrada a la ortodoxia, y otra rama que acabó abrazando el ginecocentrismo litúrgico. En 1949, la Old Catholic Church de los Estados Unidos repitió la transgresión. La Unión de Utrecht respondió con excomunión. Y el movimiento se fragmentó en centenares de microiglesias autodenominadas “católicas independientes”. No fue sino hasta 1998 cuando Utrecht, presionada por la Comunión Anglicana, aceptó oficialmente la ordenación femenina, no por convicción teológica, sino por capitulación cultural.

Pero sería ingenuo pensar que la ordenación de mujeres es el fin último de esta corriente. El verdadero propósito es más profundo: la reconfiguración del lenguaje litúrgico y teológico, el desplazamiento del Logos por la retórica del yo. La liturgia deja de ser mediación del Ser para convertirse en espejo de las identidades humanas. El Verbo eterno, per quem omnia facta sunt, es sustituido por la voz colectiva del “nosotros inclusivo”.

Su proyecto de una “liturgia inclusiva” no es un simple ajuste verbal: es una reconstrucción ontológica del culto. Pretenden purgar la oración de toda referencia de género, tanto respecto a los fieles como a Dios. Proponen un Dios andrógino, síntesis de masculino y femenino, un absoluto neutro que ya no es Padre, ni Hijo, ni Espíritu Santo, sino una emanación simbólica. Niegan, así, la revelación trinitaria, reduciendo el misterio personal de Dios a una metáfora psicológica.
San Atanasio lo previó: “Ὁ λόγος σαρξ ἐγένετο, ἵνα ἡμᾶς θεοποιήσῃ· ἄνευ τῆς διαφορᾶς ἀναιρείται ἡ θεοποίησις.” —“El Verbo se hizo carne para divinizarnos; sin la diferencia, se anula la divinización.” (De Incarnatione, 54).

Para fundamentar su teología, recurren a interpretaciones esotéricas: el Ruach HaKodesh como figura femenina, la emuná como principio materno de lo divino, o incluso especulaciones cabalísticas. En todas ellas late la misma herejía: proyectar sobre Dios la dialéctica sexual del mundo. Donde los Padres vieron misterio, ellos ven símbolo cultural; donde hubo sacramento, ellos ven construcción social. Así reemplazan el don por la fabricación, la encarnación por la metáfora, el altar por el escenario.

Recuerdo la primera vez que presencié una liturgia de este tipo. Fue en la Iglesia Apostólica Católica Latinoamericana, regida por el obispo Erman Colonia. En sus textos, “El Señor esté con ustedes” se transformaba en “El Señor esté con todas y todos ustedes”; el sacerdote decía “coman todos y todas de él, porque esto es mi cuerpo”. Lo que me perturbó no fue el desdoblamiento lingüístico, sino la alteración ontológica del lenguaje sagrado. La palabra, que debía transparentar el misterio, se volvía opaca; el símbolo, que debía unir, se convertía en ideología.

En la Iglesia Católica Liberal, unida al Young Rite de Van Alpen, la situación es aún más dramática. Allí, la “misa gnóstica” se combina con esta liturgia inclusiva para producir fórmulas abiertamente heréticas. Cito:

  • “En el nombre del Padre, que es Madre; del Hijo e Hija, y del Santo Espíritu.”
  • “Yo confieso ante la Diosa Madre Omnipotente…”
  • “Te alabamos, Sophia.”


Estas expresiones no son simples extravagancias: son la manifestación de una teogonía alternativa, una inversión simbólica del misterio cristiano. San Agustín lo habría reconocido de inmediato: “Ubi non est verbum Dei, ibi non est sacrificium Dei.” —“Donde no está la palabra de Dios, no hay sacrificio de Dios.” (Enarrationes in Psalmos, 85).

Hasta hace poco creí que tales aberraciones pertenecían a los márgenes del cristianismo, pero confieso que ya no es así. En una institución académica donde enseño, asistí recientemente a una celebración del Novus Ordo Missae en la que el celebrante —un sacerdote del rito moderno— sustituyó “con todos ustedes” por “con todas y todos ustedes”, habló de “hijos e hijas” de Dios, y se refirió al Creador como “Padre y Madre omnipotente”. Me estremeció la familiaridad de la escena: era la misma alteración, ahora en el corazón mismo de la Iglesia.

No se trata de una casualidad, sino de una estrategia semiótica: antes de tocar el altar, se altera el lenguaje; antes de subvertir la forma, se corrompe el signo. El enemigo ya no ataca desde fuera, sino desde dentro del discurso. Así se cumple la advertencia de San Ireneo: “Quod per verbum Deus fecit, per verbum falsum hominem pervertit serpens.” —“Aquello que Dios creó por la palabra, por la palabra falsa lo pervierte la serpiente.” (Adversus Haereses, V, 20).

Hoy el avance se produce de forma sigilosa, por la vía litúrgica. No se decreta: se insinúa. No se proclama: se permite. La deformación penetra el tejido de la Iglesia sin ser detectada, como una herejía invisible que se disfraza de compasión. Así fue también en las Iglesias episcopalianas, veterocatólicas y liberales: primero el lenguaje, luego el sacramento. Primero la alteración verbal, luego la transgresión ontológica. La historia se repite con precisión casi litúrgica: la lengua se convierte en anticipo de la apostasía.

Cuando llegue el día en que Roma adopte abiertamente la diaconía femenina y luego el sacerdocio de mujeres, el Novus Ordo será doblemente nulo. Nulo por su forma y nulo por su intención. Porque ya no será sacrificio, sino simulacro; ya no será memorial, sino performance. “Sacramenta non fiunt nisi verbo,” escribió Santo Tomás; “y si el verbo se pervierte, el signo se disuelve.”

El cristianismo posmoderno, seducido por la estética de la inclusión, olvida que la diferencia no es dominio, sino don; que el orden no es jerarquía de poder, sino jerarquía de amor. La oikonomía de la Gracia, que distribuye según la sabiduría divina, es sustituida por la administración del consenso. Así se cumple la palabra del Apóstol: “Habentes speciem pietatis, virtutem autem eius abnegantes.” (2 Tim 3,5) —“Tendrán apariencia de piedad, pero negarán su poder.”

Y cuando el rito deje de ser epifanía del Verbo y se vuelva espejo del yo, todo se convertirá en liturgia vacía: forma sine forma, sacramentum sine mysterio. Entonces, el templo quedará habitado por el eco del propio hombre.

Que el lector reflexione, y si aún puede, que rece.

Una meditación crítica ante la obra de Pieter de Grebber

Nota bene: na versión de esta entrada se publicó originalmente el 15 de mayo de 2013. Ha sido corregida y actualizada.

Hace ya algunos años, un lector de mirada contemplativa tuvo a bien enviarme la reproducción de una obra singular: Dios invitando a Cristo a sentarse en el trono a su diestra, atribuida a Pieter de Grebber y fechada en 1645. Desde entonces, la imagen ha circulado con cierta insistencia entre foros devocionales y artísticos, sin dejar de suscitar interrogantes teológicos de no escasa hondura.

En la composición, Dios Padre es presentado como un anciano de barbas augustas, coronado no con la tiara de gloria celeste que evocan los profetas, sino con la tiara pontificia, signo terrestre de autoridad eclesial. Con un gesto de mando, extiende la mano hacia su diestra, invitando al Hijo a ocupar el trono de exaltación. Frente a Él, Jesucristo aparece despojado, envuelto apenas con la clásica capa de escarnio romana; las llagas de la cruz permanecen abiertas, y sus rodillas hincadas manifiestan una actitud de espera reverente. El Espíritu Santo, misterio consustancial de la Trinidad, se halla representado, al menos visiblemente disminuido en la parte superior.

De Grebber, pintor católico en la República Holandesa dominada por la reforma calvinista, fue figura destacada en el arte de los retablos clandestinos, lugares donde la liturgia católica resistía con el recogimiento de las catacumbas. Su obra no es la de un renegado, sino la de un hombre piadoso que respiraba el barroco en su plenitud. Y sin embargo, esta pintura concreta, cargada de dramatismo y conmoción, revela algo más que la intención devocional: revela una inflexión estética que no está exenta de riesgos teológicos.

La escena, si bien conmovedora, sugiere un Hijo que aún no ha sido plenamente glorificado, como si la Ascensión dependiera de un gesto de concesión por parte del Padre. El Cristo de esta imagen no es el Παντοκράτωρ bizantino que reina desde la eternidad, sino un suplicante que aguarda, herido y sumiso. Repito: En la iconografía bizantina, Χριστὸς Παντοκράτωρ (Cristo Pantocrátor) es la imagen por excelencia del Señor resucitado y glorificado, no un suplicante, sino el Juez y Rey eterno, el Logos encarnado entronizado más allá del tiempo. La forma en a que es presentado el Espíritu Santo, así como su posición, consuma esta asimetría, omitiendo el principio trinitario que es fuente de la misma unidad divina.

Y aquí el asunto se agrava: el título mismo —”Dios invitando a Cristo” y no “El Padre invitando al Hijo“— sugiere una escisión ontológica. Como si el Hijo no fuese plenamente Dios. Como si él no compartiera la misma naturaleza, gloria y majestad del Padre. Esto no es meramente una licencia artística: es una herida al dogma trinitario. ¿Qué pensaría san Atanasio, cuya pluma afilada forjó el Quicumque vult, al contemplar esta escena? Aquí no se afirma la πίστις καθολική, la fides catholica (y por lo tanto antigua, patrística, tradicional, diría el John Henry Newman), sino que se resbala hacia un arrianismo pictórico, donde el Hijo es inferior, donde la Trinidad se disuelve en una jerarquía de apariciones sucesivas.

El arte sacro, cuando pierde su raíz en el ícono, abraza la μῐμησις (mímesis), es decir, la imitación de la naturaleza sensible. Este término, que proviene de la tradición filosófica griega, fue profundamente explorado por Platón y Aristóteles. En el Libro X de la República, Platón desconfía de la mímesis, pues la considera una copia de la copia, un alejamiento de la realidad inteligible. Aristóteles, por su parte, en la Poética, la defiende como una forma natural del alma humana de aprender: “¡El hombre es el más imitativo de los animales!“, escribe. Pero incluso en su filosofía, la mímesis no es fin en sí misma, sino medio pedagógico.

Cuando el arte cristiano acoge la mímesis como principio rector, deja de ser icono (es decir, participación en el arquetipo divino) y se convierte en escena dramática, en patetismo humano. Y de ahí, como bien ha advertido la Radical Orthodoxy, se desliza hacia una estética desligada de la metafísica de la participación. Como escriben John Milbank y Catherine Pickstock, el problema no es simplemente que el arte moderno sea “más humano”, sino que ha perdido la analogía del ser. Ha dejado de mediar lo invisible para obsesionarse con lo inmediato.

Esta dislocación no se limita al arte. La teología moderna también ha sufrido este giro antropocéntrico. La “teología dialéctica” de Karl Barth, con su radical separación entre Dios y el mundo, reduce la encarnación a un acto paradójico y discontinuo, desarticulando la teología sacramental. Dietrich Bonhoeffer, en su “teología del Cristo para los demás“, contribuye involuntariamente a una piedad horizontal, donde la historia sustituye al Misterio. Incluso Joseph Ratzinger, en su Jesús de Nazareth, si bien ortodoxo en su intención, muestra una tensión entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe, que puede prestarse a equívocos modernistas.

El Segundo Concilio de Nicea lo comprendió con meridiana claridad: el arte sagrado no es decoración, es teología en imagen. Las figuras deben ser veneradas, no porque representen lo bello, sino porque re-presentan lo santo. “El honor tributado a la imagen va dirigido al prototipo“. Y añadía con fuerza: quien niegue esto, que sea excomulgado.

Volvamos entonces a la obra de De Grebber. No con condena precipitada, sino con discernimiento espiritual. Al representar a Cristo como un mendicante de gloria, como un ser desnudo, separado del Padre y carente del Espíritu, se proclama sin palabras una teología errada, una piedad huérfana de dogma. Es, en el fondo, la misma intuición que late en ciertas teologías modernas: un “Jesús de la historia” separado del Cristo de la fe, una humanidad que suplanta la divinidad, una adoración sentimental sin raíz litúrgica.

Contra tales desviaciones, recordemos con San Cirilo: “Nosotros no adoramos a un hombre portador de la divinidad, sino a un Dios hecho hombre“. Y que nuestro arte, como nuestra liturgia, hable siempre con la voz del Icono: no imitando la naturaleza, sino transfigurándola.