Cuando la fe deja de ser trinchera

Mientras escribo estas líneas, el sitio que está leyendo se aproxima a un pequeño descanso. Mañana, 7 de enero, estaré lejos, entregado al ritmo más lento y necesario de las vacaciones. No como huida, sino como pausa. Y en esa pausa (que siempre es también una forma de examen) vuelvo la vista hacia atrás y observo cómo este espacio ha ido tomando forma.

No fue tan malo como temía. Abrir un lugar nuevo nunca es sencillo, y lo es aún menos cuando uno carga con una historia previa, con lecturas acumuladas, con posiciones ya conocidas. A menudo, los intentos por comenzar algo distinto no hacen más que reproducir lo anterior bajo otro nombre: una versión apenas corregida, o apenas distorsionada, de aquello que ya existía. Durante mucho tiempo, cada nuevo proyecto terminaba siendo eso: un eco de mis espacios anteriores, una reescritura —a veces más prolija, a veces más áspera— de Sursum Corda.

No han faltado quienes me preguntaran por qué no continuar allí. Por qué no decir simplemente, en el mismo lugar, que algunas convicciones teológicas muy absolutas han sido reemplazadas por otras más contenidas, más atentas a la tradición antigua, más cuidadosas de la fe como misterio antes que como trinchera. Durante años pensé (como tantos, y con tantos) que la fidelidad se expresaba entrando en todos los espacios con una antorcha encendida. Con el tiempo comprendí que, en realidad, no se trataba de quemar herejías, sino de incendiar personas: a aquellos que el grupo al que pertenecía había decidido colocar fuera del perímetro de los “correctos”.

A esto se suma otra pregunta, formulada con frecuencia y no siempre con mala intención: si mi lectura teológica, si mi escritura sobre estas cuestiones, no es en el fondo un pasatiempo. Hace poco leí un texto luminoso de Bobby Grow, donde responde algo muy parecido. Sus palabras podrían haber sido mías:

“Considero que habitar en las Escrituras es mi vida, no algo vano. Considero la buena teología una extensión de la realidad interior de las Escrituras, que es Jesucristo… mi proyecto de discipulado de toda la vida; mi santificación; todo ello envuelto en un marco doxológico.”

Podría subrayar cada línea. Para mí, la teología no es un adorno intelectual ni una especialidad académica aislada. No porque me reconozca como teólogo en sentido profesional, sino porque estoy convencido de que la teología es madre y maestra de todo conocimiento. No concibo la historia, la política, ni mucho menos el arte, como ámbitos ajenos a ella. Todo nace de una determinada comprensión (o incomprensión) de Dios. Como ha insistido cierta corriente contemporánea que me resulta profundamente afín, no hay esfera “neutral”: toda cultura es, en última instancia, una teología encarnada.

También el viaje que estoy por emprender tiene para mí un trasfondo espiritual muy concreto. Hace dos años estuve allí, y en ese lugar redescubrí aspectos esenciales de la fe que había buscado durante mucho tiempo sin saber nombrarlos. He comenzado a escribir un ensayo personal, demorado, sin urgencias en el que intento dar cuenta de esa experiencia. Tal vez pueda decirse así:

Allí vi algo que durante años había intuido sin lograr formular: una comunidad cristiana donde la fe no era una carga, sino un sostén; donde la gracia no se administraba con cautela, sino que se ofrecía con confianza; donde el perdón no humillaba, sino que restauraba.
Personas que al igual que yo tenían historias quebradas, con vidas lejos de cualquier ideal de corrección externa, no eran tratadas como problemas a resolver, sino como hermanos. No había cristianos de primera ni de segunda. No había “casos”. Había rostros. Había nombres. Había afecto real.

Esto no es pietismo. Es algo más hondo y más exigente. Es una devoción al Λόγος nacida de su propia entrega por nosotros, como si su vida hubiese sido vivida en lugar de la nuestra. No se trata de un repliegue subjetivo ni de un retorno al yo-religioso. Es, por el contrario, un movimiento inmediato hacia Dios, posible solo porque ya hemos sido llevados al corazón mismo del Padre. La existencia cristiana no comienza en la introspección, sino en una comunión recibida. Todo lo demás es respuesta.

Quizás este sitio sea, finalmente, eso: un lugar donde esa respuesta pueda ser dicha sin estridencias, sin consignas, sin antorchas. Un lugar propio. Un lugar para quedarse un momento. Para volver, tal vez, después del descanso.

Año nuevo

En la tradición cristiana el tiempo es un recibido. Cada año que comienza nos es confiado como una oportunidad para ordenar la vida, examinar el corazón y volver, sin estridencias, a lo que es verdadero.

No debemos adentramos en un año nuevo como quien huye del pasado, sino más bien como quien ofrece a Dios lo vivido: lo bueno y lo fallido, lo comprendido y lo todavía oscuro. La fe es habitar el tiempo con responsabilidad, paciencia y esperanza. En medio de un mundo fatigado por el ruido y la urgencia, el comienzo de un año es una invitación al recogimiento, a la claridad moral y a la caridad concreta. No para buscar certezas absolutas, levantar banderas, muchas veces apenas comprendidas, sino para vivir con fidelidad lo que nos fue entregado, confiando en que la gracia actúa, principalmente, cuando no la vemos.

Que este año nos encuentre trabajando con diligencia, pensando con honestidad y viviendo con sobriedad de espíritu. Que sepamos discernir lo que edifica, resistir lo que vacía y perseverar en aquello que da fruto.

Y que, al recorrer los días que se abren ante nosotros, aprendamos a caminar humildemente con nuestro Dios (Miq 6:8), sostenidos por la misericordia y guiados por la esperanza.

Feliz Año Nuevo.

La nostalgia y la esperanza cristiana

Las cosas no son como solían ser”.

¿Por qué el mundo se está volviendo tan malo? El crimen está en aumento”.

“Me alegro de no tener que criar a mis hijos en estos días“. 

Pero así es como creo que Qohéleth respondería a las personas que dicen cosas como esta: si crees que estás viviendo en un mundo donde las cosas empeoran todo el tiempo, entonces anímate, al menos estarás muerto antes Las cosas se ponen realmente mal. Después de a muerte de mi padre empecé a pensar de esta manera, no lo voy a negar.

Quizás el pasado fue mejor que el presente (frase inmortalizada por Jorge Manrique). Pero cuando uno no se empieza a preguntar, “¿Por qué fue mejor el pasado?” Estás negando la realidad de la presencia de Dios en el presente. Si crees que las cosas están peor, ¿crees que Dios ya no tiene el control? Entonces ¿Quién lo tenía antes? ¿Crees que Dios no te ha llevado al punto donde estás ahora y que ya no te ama o tiene planes o propósitos para ti? Vayamos a Esclesiastés 7: 10, donde leemos:

Nunca digas: ¿Por qué los tiempos pasados fueron mejores? porque nunca preguntarás esto sabiamente.

¿Alguna duda? Veamos el texto en su lengua original y según la traducción griega:

אל־תאמר מה היה שׁהימים הראשׁנים היו טובים מאלה כי לא מחכמה שׁאלת על־זה׃

μὴ εἴπῃς Τί ἐγένετο ὅτι αἱ ἡμέραι αἱ πρότεραι ἦσαν ἀγαθαὶ ὑπὲρ ταύτας; ὅτι οὐκ ἐν σοφίᾳ ἐπηρώτησας περὶ τούτου.

Creo que no queda duda. A menudo cuando decimos esto somos ciegos ante las cosas buenas del presente. Olvidamos lo que está escrito:

Ahora bien: sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados. Porque a los que de antemano conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también llamó; y a los que llamó, a ésos los justificó; y a los que justificó, a ésos también los glorificó. (Rom 8: 28-30)

No lo olvidemos: la Biblia es infalible. Quienes disminuyen la inspiración en alguno de los pasajes es porque no creen en la Biblia, son modernistas. Hay varias “palabras claves” en este pasaje, palabras muy interesantes para analizar en un escrito fututo, pero no nos desviemos.

La Nostalgia nos engaña
La nostalgia es a menudo una forma de escapismo, es como si tomáramos vacaciones refugiándonos en el pasado en lugar de lidiar con el presente o mirar con fe hacia el futuro.

La nostalgia nos afecta a todos, no solo a las personas mayores que miran con nostalgia a su juventud. Quizás nos ponemos nostálgicos por los edificios o lugares; nos traen nostalgias las fotos en las que vemos personas que amamos sonriendo, sentimos ese dolor que tiene un nombre tan difícil de pronunciar cuando vemos esa silla vacía…

¿Alguna vez te has detenido a pensar en la sensación de nostalgia y en qué es realmente?

CS Lewis dijo que la nostalgia es la emoción especial del anhelo, y siempre es agridulce. Cuando sentimos nostalgia, experimentamos un sentimiento de algo perdido. Al mismo tiempo, es una hermosa percepción de lo que se ha perdido, por lo que lo anhelamos. La nostalgia a menudo es fugaz, y sin embargo, si hay algún dolor, también hay una especie de anhelo satisfactorio como parte de ello. Ahora, esto es lo que dice Lewis: solo los niños o los inmaduros emocionalmente piensan que lo que anhelan es en realidad lo que anhelan.

El niño piensa que su recuerdo de esa hermosa ladera le da una sensación encantadora, por lo que si pudiera regresar a esa ladera, tendría la sensación encantadora de nuevo y mientras permaneciera allí. No, dice Lewis, eso es simplemente imprudente. Cuando maduras, te das cuenta de que la nostalgia te engaña. Intensifica tus emociones. Cuando creces, te das cuenta de que si pudieras volver a la ladera, podría ser agradable, podría ser encantador, pero también sería normal en algunos aspectos, y simplemente volver a él no reproduciría esa intensidad de sentimiento. ¿No tendrá el tradicionalismo bastante de nostalgia? O peor aún, como dice un cantante popular, de la peor de todas “añorar lo que nunca jamás ocurrió”? ¿Cuantas prácticas tradicionalistas y ritualistas jamás existieron, y provienen en realidad de una forma particular de catolicismo francés, exportado por Monseñor Lefebvre y sus discípulos? Creo que vale la pena pensarlo.

Hace unos años leí el hermoso texto de Lewis The Weight of Glory, and Other Addresses, el cual pueden descargar aquí.

The books or the music in which we thought the beauty was located will betray us if we trust to them; for it was not in them, it only came through them, and what came through them was longing. These things—the beauty, the memory of our own past—are good images of what we really desire; but if they are mistaken for the thing itself, they turn into dumb idols, breaking the hearts of their worshipers. For they are not the thing itself; they are only the scent of a flower we have not found, the echo of a tune we have not heard, news from a far country we have not yet visited.

Cuando experimentas nostalgia, tu corazón anhela una persona más bella de lo que jamás hayas conocido o un lugar más hermoso de lo que jamás hayas conocido. Crees que anhelas el pasado, pero el pasado nunca fue tan bueno como tu mente te dice que fue. Y, dice Lewis, Dios te está dando en ese momento una de las visiones más profundas de la intensidad de la perfección y la belleza que aún no has visto. De hecho, lo que está tirando de las cuerdas de su corazón es el futuro: es el cielo, es su sentido de pertenencia y hogar que acaba de romper la superficie de su vida, por un momento, y luego se ha ido.

La eternidad en nuestros corazones
Esta perspectiva encaja perfectamente con el mensaje de Eclesiastés.  Ahí vemos que Dios ha puesto la aeternitas en nuestros corazones.

Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. (Ecl 3: 11)

Estamos construidos para el hogar, para un lugar que aún no podemos ver; aquel de que habló Jesucristo. De todas las traducciones, me gusta mucho como traduce las palabras la Edición Textual:

No se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si no, os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.  Y cuando me vaya y os prepare lugar, vengo otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde Yo estoy, vosotros también estéis. (Jn 14: 1-3)

Las personas sabias entienden que Dios nos hizo anhelarlo a él y al cielo. Lo dice San Agustín “Inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te” (Conf 1, 1). No miran hacia atrás cuando se vuelven nostálgicos. No son como la esposa de Lot, que salió de Sodoma, Sodoma no salió de ella. Hay que guardar los mandamientos de Dios y tener la fe de Jesús. No pocos confunden la pureza del rito con la pureza del corazón. Pero la verdadera Tradición no se conserva en el formalismo, sino en la obediencia amorosa que mira hacia la Ciudad Celestial.
Nosotros, miremos al cielo. Miremos al hogar, a la verdadera Patria (Filp 3: 20)

Silencio en tiempos de confusión: reflexiones ante el drama en la Comunión Anglicana

Un acontecimiento eclesial reciente me ha llevado a suspender, por un tiempo, la publicación regular de entradas en este sitio y a volver el corazón (y la inteligencia) hacia una reflexión que no admite ligereza. Me refiero a la nominación de la señora Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury y jefa de la Comunión Anglicana. Este hecho, que algunos han querido leer únicamente en clave simbólica o sociopolítica, ha reabierto una herida eclesiológica más antigua: la que sangra cada vez que se trivializa la sucesión apostólica, se disloca el orden sacramental o se relativiza la fidelidad a la Tradición católica, entendida no como costumbre, sino como don recibido, preservado y ofrecido.

Este nombramiento ha provocado reacciones diversas: celebraciones entusiastas en sectores que confunden inclusión con revelación, y también un rechazo lúcido en comunidades que, no sin razón, se preocupan por la integridad teológica de sus órdenes y por la continuidad ontológica de la Iglesia. Yo mismo, en este espacio, he procurado trazar algunas líneas de discernimiento. Pero reconozco que este umbral eclesial me impulsa ahora a revisar, en oración y con temblor, muchas de mis convicciones. Porque no todo lo nuevo es evolución, ni toda fidelidad es nostalgia.

A la luz de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia y de la historia viva de la catolicidad, se impone una reflexión que rehúya tanto el dogmatismo vacío como la acomodación al zeitgeist. La teología, si ha de ser verdaderamente católica, no puede pensarse desde la lógica de lo útil o lo aceptable. Ha de pensarse desde el Λόγος ἐνσάρκος, cuya sabiduría desbarata toda pretensión de soberanía secular.

Por respeto a ese μυστήριον he decidido reducir, al menos durante un tiempo, la frecuencia de publicaciones. No por desinterés, sino por reverencia. Porque hay un tiempo para enseñar y otro para callar; un tiempo para emitir juicios, y otro para escuchar lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Apoc 2:7).

El panorama eclesial no es halagüeño. El catolicismo romano, en sus formas más institucionales y en sus expresiones tradicionalistas, parece detenido en una angustia circular, atrapado entre la repetición de viejos gestos y la esterilidad de los nuevos. Las iglesias “continuantes” proclaman fidelidad, pero muchas veces han perdido la frescura de la Tradición viva. Las llamadas Iglesias Nacionales, hijas de la ICAB, han heredado la misma parálisis sacramental de su origen.

Y junto a ellas, no podemos dejar de mencionar a las iglesias protestantes históricas que hoy se precipitan con pasmosa docilidad hacia el absurdo: aceptando toda forma de reingeniería antropológica con tal de no perder el favor del mundo. En su afán de ser contemporáneas, han olvidado que la Iglesia no está llamada a agradar, sino a santificar.

El riesgo es mayúsculo: que la teología se disuelva, que pierda su densidad metafísica, que se convierta en un mero subproducto del consenso cultural. Una teología sin sacramento, sin escatología, sin doxología… es apenas sociología bautizada.

¿Estamos, pues, presenciando el fin del pensamiento teológico serio? ¿O será esta crisis el umbral de una gracia más profunda, que nos llama a redescubrir la fuente verdadera de la teología, escuchado en la Escritura, celebrado en la liturgia, vivido en comunión y contemplado en la oración?

Reducere ad fontes. Volver a las fuentes. A la Palabra que no pasa. A la Tradición que arde sin consumirse. A la oración, que es el único lenguaje donde la teología se vuelve obediencia. Que en medio del estruendo secular, el Señor nos conceda el don del discernimiento.

Domine, dirige nos.

Fructus amari: el “acuerdo táctico” con Roma y la dispersión anglocatólica

En los años que siguieron al gran reacomodamiento postconciliar, no fueron pocos los que, seducidos por las sedas púrpuras y el canto suave de la obediencia institucional, abandonaron el antimodernismo para integrarse, con fórmulas diplomáticas y concesiones ambiguas, a las estructuras de la Iglesia Romana. Buscaban y n algunos casos obtuvieron una capilla ritualista en una catedral liberal y progresista. Mediante acuerdos cuya naturaleza era más táctica que doctrinal, numerosos grupos lograron obtener un lugar dentro del aparato diocesano, funcionando con cierta tolerancia canónica, en posiciones periféricas, sin el oprobio del cisma, pero también sin la claridad del testimonio.

Hoy deseo volver la mirada hacia un capítulo menos atendido por los tradicionalistas: el de los anglocatólicos, almas sinceras que desean vivir la plenitud de la fe católica, pero que han sido dispersadas como ovejas sin pastor, atrapadas entre las estrcturas modernas de la Iglesia Católica y su propia tradición litúrgica e intelectual.

Tras la euforia inicial provocada por la constitución Anglicanorum Coetibus —gesto generoso, sí, pero también políticamente calculado—, el desengaño no tardó en manifestarse. Muchos de los que ingresaron en los Ordinariatos personales, una vez pasada la solemnidad del rito de entrada, se encontraron en una situación ambigua, eclesialmente marginal y doctrinalmente tensa. La promesa de integración se convirtió para algunos en un nuevo exilio.

Hace un tiempo, un antiguo miembro de uno de estos Ordinariatos me escribió con una sinceridad que conmueve. En su carta, relataba cómo varios de sus cofrades, ante el desamparo doctrinal y litúrgico, le propusieron recurrir al Patriarcado de Moscú. Él, con dolorosa lucidez, respondió: “No dejé de ser un hereje para ser un cismático, pero tampoco tenemos a dónde ir.

Su angustia es genuina, y sin embargo, incomprendida por muchos en el mundo tradicionalista, quienes, demasiado centrados en sus propias disputas internas, han desatendido a los anglocatólicos que podrían haber sido —y aún podrían ser— una fuerza viva en la defensa de la Tradición en Occidente.

La raíz del abandono de los Ordinariatos es clara: el rechazo frontal del Concilio Vaticano II. La conciencia anglocatólica, forjada en una comprensión católica del anglicanismo no pudo tolerar los desvíos litúrgicos, doctrinales y morales de Canterbury, especialmente tras la ordenación de mujeres por parte de la Iglesia Episcopal. Fue entonces cuando nació el llamado continuismo anglicano, cuyo impulso fue precisamente reafirmar la catolicidad —no protestante— del patrimonio anglicano.

Roma, percibiendo esta orientación, respondió inicialmente con gestos de acogida: permisos individuales para sacerdotes anglocatólicos, autorizaciones para celebrar el venerable Rito de Sarum como forma extraordinaria. Luego vino el salto hacia la incorporación colectiva, pero allí comenzaron las dificultades. Al consolidarse los Ordinariatos, Roma exigió aceptación plena del Concilio Vaticano II y sus reformas. Muchos anglocatólicos, formados al margen de dicho concilio, no pudieron sino chocar con una Iglesia que ya no era, en su experiencia, la misma.

Quienes se negaron a firmar este pacto doctrinal buscaron refugio entre comunidades tradicionalistas. La mayoría no encontró acogida. Entonces, algunos recurrieron a las Iglesias orientales para recibir reconocimiento sacramental. Así nació, silenciosa, dispersa, pero real, una Resistencia Anglocatólica, firmemente enraizada en la Tradición de la Iglesia, fiel a los XX Concilios Ecuménicos, y contraria a las reformas postconciliares. Estos sacerdotes celebran la Misa de San Pío V, o bien el Rito de Sarum, amparados en la Bula Quo Primum, que garantiza la legitimidad de los ritos consagrados por la historia.

No todos siguen una misma línea eclesiológica. Algunos se inspiran en la “prudencia estratégica” de Marcel Lefebvre; otros, con mayor severidad, adoptan el sedevacantismo. Pero muchos cayeron en la trampa de la Anglicanorum Coetibus, un acuerdo en el que lo doctrinal fue dejado de lado por razones tácticas. Abstrahamus doctrinam, pareció decirse. ¿Le suena conocida esta fórmula?

Y los frutos fueron amargos. Fructus amari. Comunidades divididas, sacerdotes arrepentidos que abandonan Roma Conciliar, vocaciones frustradas, fieles escandalizados, estudiantes confundidos. Lo que prometía ser un puente se convirtió en un callejón sin salida. Y sin embargo, los anglocatólicos deben ser considerados con atención: no sólo como víctimas de un experimento eclesiológico, sino como testimonio viviente de lo que ocurre cuando se sacrifica la verdad por la inclusión.

No son una nota al pie. Son un espejo. Una advertencia. Y acaso, también, una esperanza.