Estuary, de Robert Rubin

Quiero compartir con todos ustedes este poema de Robert Rubin, autor de Poetry Out Loud y Love Poetry Out Loud.

I’d wait each day for tide to turn
as it released the locks
imprisoning the oyster-boats
moored at the creek’s old docks,


and watch the sand bars disappear
when morning’s current ran,
so knob-kneed piles beneath the pier
across our cove began

to wade in deeper water as
noon’s hour drifted by
and herring gulls upon their posts
abandoned them to fly.

From oysters in the creek’s mud-flats
jets arced in August’s sun
and sawgrass hushed its whispering,
gradually overrun

by inundation of the cove
like milk poured in a glass,
a quiet fullness everywhere
until high tide had passed.

The tide still faithfully returns,
its own lunatic round
predictable as day and night;
and if that creek is drowned

today by swelling seas, its shore
eroded, marsh effaced
and oysters just a memory
of watermen displaced

by new homesites, shellfish disease,
or toxins from upstream,
it is ourselves and not our faith
receding like a dream.

Ten piedad de mí, Dios mío

Quiero compartir este hermoso oratorio del genial Johann Sebastian Bach. He decido comenzar, desde este lunes un periodo de ayuno, de preparación, de meditación, de oración y de penitencia. Es por ello que deseo compartir con todos ustedes esta famosa aria de La Pasión según San Mateo, compuesta durante la Cuaresma de 1727. Su estreno fue en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig, el viernes Santo de aquel año.

En el video podremos apreciar el aria “Erbarme dich, mein Gott” (n°39) traducida a la lengua cervantina como “Apiádate de mi, Dios Mío“. ¿Quién puede negar, que la música, la música Sacra no sea emotiva? ¿Quién puede negar que tan sólo escuchándola no estamos adorando al Único Dios Verdadero? El violín y la orquesta nos arrebatan a un ambiente de recogimiento, pero de soledad, como el de Getsemaní, mientras se inicia la humilde y simple plegaria, en la voz de la hermosa e increíble mezzosoprano Magdalena Kožená.

Soledad, agonía y llanto: los ojos se elevan al Cielo donde el Dios Omnipotente tiende su mano a la vez que hacemos nuestra esta plegaria, reconociendo nuestra miseria. Dios Omnipotente, que sin yo merecerlo por mi te humillaste a la condición de hombre, haciéndote siervo, y siervo de Cruz (Filp 2: 8), ten piedad de mi… Señor Jesús, hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador.

Erbarme dich, mein Gott,
Um meiner Zähren willen.
Schaue hier,
Herz und Auge
Weint vor dir bitterlich.
Erbarme dich!

Ten piedad de mí, Dios mío,
advierte mi llanto.
Mira mi corazón,
mis ojos que lloran
amargamente ante Ti.
¡Ten piedad de mí!

Los vagabundos del Dharma y el silencio que ruge

Hay libros que uno posterga no por desinterés, sino por respeto. The Dharma Bums fue, para mí, uno de esos. Compré una hermosa edición de Anagrama hace más de dos años y la dejé reposar en la biblioteca, esperando quizá no el tiempo oportuno, sino la disposición del alma. Sospechaba que su lectura me interpelaría con una intensidad que no estaba aún en condiciones de recibir. Volver a Kerouac era, en cierto modo, volver a una parte de mí que había quedado en suspenso, disimulada bajo los hábitos del presente.

La primera vez que leí On the Road estaba en la universidad. Me deslumbró. A esa edad, no buscaba todavía una doctrina sino una forma de respirar. Y la encontré en la voz beat, en ese ritmo errante que hacía del deseo una forma legítima de conocimiento. Por entonces me fascinaban Ginsberg, Ferlinghetti, Snyder. Recitábamos versos en voz alta, como quien invoca. Soñaba con subirme a un camión y recorrer mi país de punta a punta.

Volver ahora a The Dharma Bums ha sido, en cambio, una lectura madura, melancólica. Hay algo en ese texto que ya no busca epifanías a la velocidad del motor, sino algo más simple, más íntimo: la amistad, la montaña, la taza de té. Ray Smith, el protagonista, vive escindido entre la vida urbana, festiva y desbordada, y una necesidad de retiro que no es fuga, sino búsqueda. Ese desgarramiento —ese doble llamado de la comunión y la soledad— me resulta hoy profundamente reconocible. Kerouac, sin renunciar al hambre de absoluto, parece haber comprendido que ni la ciudad ni el monte salvarán al hombre, pero ambas pueden consolarlo.

No soy budista. Pero hay momentos en que la voz del silencio —esa que él describe como un “rugido misterioso”, un Shhhh primordial— me resulta tan familiar como una oración que uno ha olvidado decir, pero que aún resuena. En un pasaje que subrayé con emoción, escribe:

“El silencio es tan intenso que puedes oír tu propia sangre rugir en tus oídos, pero mucho más fuerte que eso es el rugido misterioso que siempre identifico con el diamante de la sabiduría, el rugido misterioso del silencio mismo, que es un gran Shhhh que te recuerda algo que pareces haber olvidado en el estrés de tus días desde que naciste.” (p. 119)

Durante la lectura, me senté en un banco, en el amplio jardín de la casa que fuera de mis padres, y ahora e smía. Respiré el aire de junio. Nada más. Kerouac me recordó que la vida no exige hazañas, sino atención. Que desear lo efímero —el fuego, el amor, una buena novela que termina— no es una falla, sino un signo de que todavía amamos.

El final del libro deja una pregunta que todavía me acompaña:

¿Somos todos ángeles caídos que no quisieron creer que nada es nada y por eso nacimos para perder a nuestros seres queridos y amigos queridos uno a uno, y finalmente nuestra propia vida, para verlo demostrado? ¿Adónde nos llevaría todo esto sino a una dulce eternidad dorada, para demostrar que todos nos hemos equivocado, para demostrar que demostrarlo en sí mismo era inútil? (p. 183)

Quizás esa dulce eternidad dorada sea, al fin, el verdadero hogar que buscamos en cada viaje.

Del catecismo a los reels: anatomía de una fe sin raíces

Desde la distancia —y desde cierta nostalgia— observo con preocupación la deriva doctrinal de muchos sectores del catolicismo romano, en especial entre quienes se dicen “tradicionalistas” o “conservadores”. Lo hago no como un adversario, sino como un separated brother que aún bebe de las mismas fuentes: la Escritura, los Padres, la Liturgia indivisa.

Y sin embargo, no puedo dejar de ver —con tristeza y cierta exasperación— los perfiles deformados de una fe que alguna vez fue católica en el pleno sentido del término: universal, enraizada, sapiencial. La misma que describía John Henry Newman.

El primero es el canonista doméstico, obsesionado con el Código Pío-Benedictino. En su mundo, toda verdad parece resolverse con un canon. No necesita evangelios ni concilios; basta con citar el parágrafo correcto. Es una Sola Codicis que reemplaza a la Sola Scriptura, un fariseísmo jurídico con ribetes piadosos.

El segundo perfil es el más entrañable y, tal vez, el más vulnerable: el católico de catecismo. Vive aferrado al pequeño volumen de San Pío X, como si allí residiera toda la plenitud de la fe. No lee la Escritura. No conoce a los Padres. No contempla la Liturgia. Repite con fidelidad, pero sin inteligencia. No por mala voluntad, sino porque nadie le enseñó que la Tradición es un río, no una fórmula. Es, paradójicamente, la víctima ideal del modernismo y del emocionalismo protestante. Si se le pide que fundamente un sacramento desde la Escritura, se turba. Si alguien cita a San Agustín o a Orígenes, sospecha de herejía. Su fe es sincera, pero frágil. Pende de un resumen.

Luego está el intelectual mediocre, ese clérigo o laico “formado” que ha leído a los comentaristas de Santo Tomás, pero no a Tomás; a los glosadores de Agustín, pero no La Ciudad de Dios. Cita a Garrigou‑Lagrange como quien invoca un tótem. Habita en una cronología segura: siglo XIX y nada más. Ni demasiado atrás (la patrística da vértigo), ni demasiado adelante (ahí empieza el Concilio). Es prudente hasta la asfixia. Esta figura es común en capillas tradicionalistas: son hombres respetables, piadosos, pero doctrinalmente tímidos. Han aprendido que pensar es peligroso. Por eso enseñan sin riesgo y forman sin profundidad. Y cuando un fiel curioso se atreve a leer a San Ireneo, lo miran con suspicacia.

Finalmente, emerge la nueva figura: el católico de redes sociales. Ya no necesita catecismo, ni código, ni tomismo. Le basta una cuenta en Instagram o Facebook, con placas piadosas y frases descontextualizadas de Papas, santos y gurúes clericales. Confunde visibilidad con verdad, estética con ortodoxia, autoridad con viralidad. Si un sacerdote sonríe en TikTok diciendo una herejía en tono suave, lo considera un maestro. Si otro hace una crítica patrística, lo acusa de divisivo. Este no reza, reacciona. No estudia, comparte. No piensa, repite. Su liturgia es vertical y su teología, algorítmica. Y sin embargo, se cree más ortodoxo que los santos Padres, más fiel que la Iglesia indivisa.

Doctrina Antiquae Romae semper mihi admiranda est. Pero lo que observo hoy es una forma de catolicismo sin raíces: sin Biblia, sin Padres, sin pensamiento. Un catolicismo reducido al mandato, al eslogan, al perfil digital.

Un recordatorio: la fe verdadera exige razón, memoria y belleza. La Tradición no se recita, se vive y la autoridad sin profundidad es tiranía espiritual. Volvamos a las fuentes, que lejos de ser un peligro, son la única posibilidad de renovación.