La cláusula Filioque: consideraciones sobre su teología y su traducción

Nota: el post original fue revisado y ampliado, convirtiéndolo en un artículo académico (Fuentes ortodoxas, teología y filología, 2002). invito a los lectores a corroboar todas las referencias, citas y comprobar lo que haya o no de erróneo en el mismo. He decidido mantener los comentarios, aún cuando los mismos muchas veces estaban basados en prácticas retóricas insinceras o en un desconocimiento de las fuentes documentales, la historia del conflicto o (lo que debería ser primordial) de las lenguas originales, como el griego y el latín. El texto es accesible desde Academia.edu. A continuación el Abstract y el enlace de lectura y descarga.

Abstract

Las aproximaciones a las diferencias entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa señala siempre, como punto fundamental de conflicto la “cláusula filioque”, es decir, la afirmación en insertada en el Credo Niceno-Constantinopolitano de que el Espíritu Santo procede del padre y del hijo (“…Filioque procedit“). Esta interpolación apareció de forma explícita en el III Concilio de Toledo (589) y no se incorporó al uso litúrgico romano occidental hasta el año 1014, por presión de los teólogos carolingios, aún contra los deseos de los pontífices romanos.

En el presente artículo se explora si la cláusula “Filioque procedit” tiene o no base escriturística en primer lugar o si la misma implica una alteración en las relaciones de intra-trinitarias; se analizará cómo la misma se impuso en occidente, y las razones teológicas para su rechazo en oriente, principalmente a causa de los problemas de traducción al griego de la misma, así como el hecho de que la misma violaba los cánones conciliares de Éfeso.

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La Trinidad Revelada: De la promesa a la plenitud

En el corpus del Antiguo Testamento (ese tejido de revelaciones y silencios, de teofanías y esperas) se nos presenta Yahvé, el Señor, actuando con majestad y misericordia. Él no se retira al Olimpo de los filósofos, ni se disuelve en la abstracción mística de los sistemas religiosos naturales. No. Se manifiesta en la historia concreta, en alianza con Su pueblo, hablando por medio de Su Verbo y obrando por Su Espíritu. No es esta una dualidad accesoria, sino ya una insinuación trinitaria, velada pero real: el Verbo, que es luz y orden; el Espíritu, que es soplo y vida.

La plenitud de esta economía se revela con esplendor inefable en el misterio de la Encarnación: Et Verbum caro factum est (Jn 1,14). En Jesús de Nazareth, el Hijo unigénito se reviste de nuestra carne, sin perder por ello la gloria que tenía junto al Padre antes de los siglos. “Dios se hizo hombre”, escribía san Atanasio, “para que el hombre pudiera hacerse Dios”, una afirmación que, lejos de ser presunción, es confesión de la condescendencia divina. El Espíritu Santo (que en el Antiguo Testamento flotaba sobre las aguas del caos primigenio) reposa ahora en Cristo, ungiéndolo como el Mesías, el Ungido, y más aún: como el nuevo Adán, en quien comienza la nueva creación.

Este Espíritu, que desciende en forma visible en el Jordán, será derramado sobre toda carne en Pentecostés (cf. Hech 2:17), evidenciando a la Iglesia como comunión trinitaria. Desde entonces, toda oración auténticamente cristiana comienza In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. El cristianismo no es una doctrina sobre Dios, sino participación en la vida de Dios, que es comunión eterna entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es lo que la teología oriental llama περιχώρησις – perichóresis: una danza sin principio ni fin de amor recíproco.

Negar esta dimensión trinitaria es desfigurar tanto la Escritura como la vida de la Iglesia. El testimonio apostólico no puede comprenderse sin la constante referencia a estas tres Personas divinas, distintas pero no separadas. La Iglesia, en su liturgia, en su dogma y en su experiencia mística, no hace sino vivir, celebrar y contemplar este misterio. Y lo hace no como especulación, sino como fuente de vida, como fundamento de toda esperanza y principio de toda comunión verdadera.