Después de que, con el Concilio Vaticano II, la Autoridad Católica y la Verdad Católica conformaron emprendimientos substancialmente divergentes, los católicos que se aferraban a la Autoridad han tenido problemas con la Verdad, y los católicos que se aferraban a la Verdad han tenido problemas con la Autoridad Católica. ¿Qué puede ser más lógico? Católicos de ambos lados suspiran por una reunificación; y especialmente entre los católicos conciliares decentes, esto toma la forma concreta del ardiente deseo de que el Papa Benedicto XVI y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X lleguen a un entendimiento.
Muy bien; pero hay un problema: El Vaticano II contradice la Verdad Católica, fuera de la cual —porque su Divino Maestro, Nuestro Señor Jesucristo, es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan XIV, 6)— se disuelve la Autoridad Católica. Para probar la contradicción, léase, por ejemplo, “El Concilio Vaticano II y la Libertad Religiosa”, de Michael Davies, donde el autor muestra que, mientras la Iglesia Católica siempre ha enseñado que ningún hombre tiene un verdadero derecho a que se le permita la propagación de errores, el Concilio Vaticano II (“Dignitatis Humanae”) enseña que cada hombre tiene un verdadero derecho a que no se le impida la difusión de errores (salvo el orden público; véase, en particular, el capítulo XXII de la obra de Davies). La contradicción es directa.
A primera vista puede parecer poco significativo, porque ¿qué importaría si unos pocos alocados dijeran algunos sinsentidos en público? Pero, de hecho, la diferencia entre el derecho y el no derecho a propagar el error, es la diferencia entre un espectáculo cómico de Hollywood y el Señor Dios de los Ejércitos, cuyos truenos y relámpagos conmocionaron de terror los corazones de los israelitas incluso a millas de distancia del humeante Monte Sinaí (Éxodo XX, 18-21).
De hecho, toda acción humana obedece a algún pensamiento. El pensamiento es transmitido entre los hombres, o publicado, sobre todo con las palabras. Así, el ser y la acción de toda la sociedad humana depende de los intercambios de palabras; por lo tanto, o la verdad y el error no tienen importancia para la existencia de toda sociedad y la orientación en uno u otro sentido, o toda sociedad debe controlar las expresiones públicas en su seno, por lo menos en el grado suficiente para comprobar si se transmiten errores significativos.
Ahora el único límite establecido por el Concilio Vaticano II para las expresiones públicas, es que no deben perturbar el “orden público”. Por lo tanto, para el Concilio Vaticano II cualesquiera herejías o blasfemias pueden ser pronunciadas en público, siempre y cuando no sea necesario llamar a la policía, ¡y cualquier deidad que pueda existir debe someterse ante esta “libertad y dignidad de la persona humana”! Por el contrario, el Señor Dios del Sinaí, la Santísima Trinidad, cuya Segunda Persona es Jesucristo, nos dice que deberemos dar cuenta de toda palabra ociosa (Mt. XII, 36), e incluso de pensamientos pecaminosos (Mt.V, 28). Por lo tanto, de conformidad con el Dios de la Verdad (y tanto más cuanto mejor lo haga), controle la sociedad católica que no haya propagación pública de errores contra la fe o la moral.
Muy bien; pero hay un problema: El Vaticano II contradice la Verdad Católica, fuera de la cual —porque su Divino Maestro, Nuestro Señor Jesucristo, es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan XIV, 6)— se disuelve la Autoridad Católica. Para probar la contradicción, léase, por ejemplo, “El Concilio Vaticano II y la Libertad Religiosa”, de Michael Davies, donde el autor muestra que, mientras la Iglesia Católica siempre ha enseñado que ningún hombre tiene un verdadero derecho a que se le permita la propagación de errores, el Concilio Vaticano II (“Dignitatis Humanae”) enseña que cada hombre tiene un verdadero derecho a que no se le impida la difusión de errores (salvo el orden público; véase, en particular, el capítulo XXII de la obra de Davies). La contradicción es directa.
A primera vista puede parecer poco significativo, porque ¿qué importaría si unos pocos alocados dijeran algunos sinsentidos en público? Pero, de hecho, la diferencia entre el derecho y el no derecho a propagar el error, es la diferencia entre un espectáculo cómico de Hollywood y el Señor Dios de los Ejércitos, cuyos truenos y relámpagos conmocionaron de terror los corazones de los israelitas incluso a millas de distancia del humeante Monte Sinaí (Éxodo XX, 18-21).
De hecho, toda acción humana obedece a algún pensamiento. El pensamiento es transmitido entre los hombres, o publicado, sobre todo con las palabras. Así, el ser y la acción de toda la sociedad humana depende de los intercambios de palabras; por lo tanto, o la verdad y el error no tienen importancia para la existencia de toda sociedad y la orientación en uno u otro sentido, o toda sociedad debe controlar las expresiones públicas en su seno, por lo menos en el grado suficiente para comprobar si se transmiten errores significativos.
Ahora el único límite establecido por el Concilio Vaticano II para las expresiones públicas, es que no deben perturbar el “orden público”. Por lo tanto, para el Concilio Vaticano II cualesquiera herejías o blasfemias pueden ser pronunciadas en público, siempre y cuando no sea necesario llamar a la policía, ¡y cualquier deidad que pueda existir debe someterse ante esta “libertad y dignidad de la persona humana”! Por el contrario, el Señor Dios del Sinaí, la Santísima Trinidad, cuya Segunda Persona es Jesucristo, nos dice que deberemos dar cuenta de toda palabra ociosa (Mt. XII, 36), e incluso de pensamientos pecaminosos (Mt.V, 28). Por lo tanto, de conformidad con el Dios de la Verdad (y tanto más cuanto mejor lo haga), controle la sociedad católica que no haya propagación pública de errores contra la fe o la moral.
+Kirie eleison.
Londres Inglaterra.
Obispo Richard Williamson.
Londres Inglaterra.
Obispo Richard Williamson.
Estimado Raul, espero que se encuentre bien…Un abrazo en Nuestro Señor Jesucristo!Patricio